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Rulfo

El prodigio de Sayula, Juan Rulfo, vertió al mundo las tribulaciones de un pueblo que desconfió del hilo solidario de su Revolución

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Mayo 19, 2017
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Rulfo
El pasado martes 16 se conmemoró el centenario del natalicio de Juan Rulfo, cuya idiosincrasia y lenguaje perdurarían en el campesino literato que amó su condición y murió con ella

Si hubo un período interesante y polémico en la historia política mexicana fue el conocido como porfiriato (1884-1911), el de la larga dictadura de Porfirio Díaz, autor de realizaciones encomiables pero responsable también de episodios que los sectores medio y popular de su nación repudiaron y contra los cuales se alzaron revolucionariamente, puesto que pretendían modificar estructuras injustas como la de la propiedad agraria. Las condiciones estaban dadas para una transformación que no tuvo, al fin, los resultados que sus promotores hubieran deseado en el México republicano.

Los historiadores se exultaron analizando los antecedentes y consecuencias de la sacudida popular. Casi todos ellos, nacidos entre 1914 y 1925, y otros de la generación posterior, tomaron como un desafío intelectual ese punto de inflexión que representó una oportunidad para darle vacaciones a un autoritarismo que llegó al colmo de importar un emperador Un documentado libro de Enrique Krauze, Biografía del poder, que se sumó al Laberinto de la soledad, de Octavio Paz, entre otros tantos de calidad similar, aportó elementos de convicción mejor investigados que los de la historiografía anterior sobre la dimensión de lo ocurrido de 1910 en adelante, y por décadas enteras.

La literatura no podía quedar excluida del torneo de hombres superiores desafiados por la Revolución El pasado martes 16 se conmemoró el centenario del natalicio de Juan Rulfo, el prodigio de Sayula, estado de Jalisco, cuya idiosincrasia y lenguaje perdurarían en el  campesino literato que amó su condición y murió con ella. La Revolución Mexicana y la Revuelta de los Cristeros, aquella pugna despiadada entre católicos fanáticos del México rural y postrevolucionario, y unas autoridades civiles dispuestas a defender la Constitución de 1917, que fue el acta de divorcio entre el Estado y la Iglesia, incubaron su obra.

 

Pedro Páramo y El llano en llamas sellaron un tránsito vital
que rezumaba el drama social que el autor padeció
con su racimo de impulsos y corolarios.

 

Esos tres cuadros, el de costumbres y las dos guerras, fueron los insumos con los cuales el dotado narrador remontó las cabeceras de una historia de dos conflictos propicios para la novela y el cuento. Pedro Páramo y El llano en llamas sellaron un tránsito vital que rezumaba el drama social que el autor padeció con su racimo de impulsos y corolarios. No necesitó más, ni lo quiso, porque tuvo la conciencia de haber descrito un México a la vez traumatizado y rico que le dio a su familia fortuna y ruina por el cobro de injusticias con violencia, en el límite de dos siglos tormentosos.

La lacónica y tajante definición que uno de los hijos de Pedro Páramo hizo de éste a otro hijo desconocido para él, en el camino a Comala, el pueblo de los fantasmas que se devolvían del infierno a buscar sus cobijas, asombra, decepciona y enseña a quien topa con sus cuatro palabras: “Es un rencor vivo”. Como si no hubiese sido suficiente, el mismo rencoroso se había encargado de reforzar el juicio filial: “Me cruzaré de brazos, gritaba en vida, y Comala se morirá de hambre”. Así resumió su atoramiento de fracasado.

En ese desasosiego halló Rulfo el reto que se impuso al elegir una trama compleja y repleta de suspensos, pero familiar a la fantasía que los mexicanos rasos recreaban en sus mentes primitivas e ingeniosas cuando referían sueños y vivencias de su raza y avatares. Rulfo unía, con perspicacia y fe, gente y tierra a ver si le resultaba el mundo que se “había formado alrededor de la esperanza”.

La de Rulfo fue una prosa reluciente que no cansa y que estimula la relectura de su narrativa y la familiaridad con los diálogos de sus personajes. Pese al panorama siniestro e invariable de Comala, rígido y desesperante, el duro de Sayula no coloreó su método con los desvaríos de la pasión ideológica. Esos dominios eran harina de otras vocaciones que tienen sus sabios y sus plumíferos.

Arte y técnica auparon, en cambio, ese juego de inspiración y belleza con que Rulfo vertió al mundo las tribulaciones de un pueblo que desconfió del hilo solidario de su Revolución

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