Opinión

Romper el vínculo entre política y armas

Prefiero a las Farc micrófono en mano, esforzándose en convencer, que dilinquiendo. Por más exasperación que causen, es un precio ínfimo por lograr que la política se divorcie de la violencia

Por:
octubre 16, 2016
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Hace dos meses en una de mis columnas invité a reflexionar sobre la cantidad de hechos, sorpresivos, emocionantes, impactantes y estructurales que pasan en este país en cortos lapsos de tiempo.  Los últimos diez días sobrepasan, con creces, cualquier otro periodo del último siglo en cuanto a fenómenos y emociones fuertes se refiere.  Huracán; plebiscito por la terminación del conflicto; resultados de la votación; reencuentro Santos-Uribe; triunfo de la selección en Defensores del Chaco; marchas ciudadanas por el acuerdo; arrebato de honestidad de un gerente de campaña; Nobel de la Paz para el presidente y anuncio de negociaciones con el ELN (con compromiso de liberación de secuestrados).  Hay países en el mundo que no  viven ni siquiera dos de esas situaciones en 200 años de historia.

Empecemos con lo que no fue noticia,  no lo ha sido durante varios meses ya, y, lo más importante, ha permitido y propiciado que se den todos los eventos narrados arriba, salvo, obviamente, el huracán Matthew y el triunfo de la selección.  No es poca cosa y es de lejos una de las mejores “no noticias” del último siglo: los colombianos no nos estamos matando por ideas, proyectos de sociedad o sistemas políticos.  Cero muertes relacionadas con el conflicto armado.  Lo anterior es un presupuesto para el desarrollo y el fortalecimiento de la democracia y, como lo he dicho en diferentes momentos y por diferentes medios, mantener vivo un conflicto armado en pleno siglo XXI es una inmensa vergüenza. Es  claro que por ahora es una situación transitoria, pero el que conoce la historia del país en el último siglo sabe que las armas y su rugido han estado siempre a corta distancia del acontecer nacional y de no pocos procesos políticos.  En mi opinión, esa ausencia de violencia política ha permitido fenómenos interesantes para nuestra democracia.

La discusión previa al  plebiscito, incluso con las reprochables estrategias mentirosas y de manipulación y las expresiones agresivas de algunos,  promovió un debate vigoroso como pocos se han visto en el país en muchos años.  En mi caso, me sorprendí al ver a mucha, mucha gente, que antes nunca encaraba temas políticos, opinar, señalar e incluso promover pública y masivamente sus posiciones.  Personas que jamás se habían preocupado por la justicia hablando de impunidad, jurisdicción y penas.  Personas que no sabían cuantas curules tenía nuestro Congreso ni qué ha hecho su senador, hablar de representación y/o entrega.  Hasta algunos que no se desvelaron nunca por el sistema económico, se aventuraron en  profundas y sesudas críticas al marxismo.  ¡Bienvenidos!  La democracia se hace con este tipo de discusiones, pero no cada 50 años; se debate cada semana y cada mes.  No obstante lo anterior, los resultados del 2 de Octubre, con la mayoría indiscutida de la abstención, nos demuestran que a pesar de un interés inicial para algunos todavía hay un trecho larguísimo entre opinar y votar.

El debate del plebiscito y del posplebiscito, que puede ser una muestra inicial aunque aun incompleta de la democracia que se viene, sirvió también para traer al tablado electoral a algunos que hasta ahora habían estado de manera subrepticia tras bambalinas.  Personalmente siempre he visto el campo de la política en general, y de la política electoral en particular, como un espacio para la dialéctica, la razón, la búsqueda de consensos y los proyectos amplios de sociedad.  Por este motivo y por la gran cantidad de ejemplos históricos teñidos en sangre, desconfío profundamente de la mezcla entre  religión y política.  El campo de la espiritualidad y la trascendencia se mueve fundamentalmente entre la fe y el dogma.  Y cuando estos se trasladan al espacio de la política suelen pasar cosas terribles.  Sin embargo, en una sociedad democrática plural y multicultural deben participar en política  los grupos de interés, los pueblos y las iglesias.

 

 

Una democracia madura y una sociedad
con herramientas para el debate
no se asusta con la participación de las iglesias en política

 

 

Una democracia madura y una sociedad con herramientas para el debate no se asusta con la participación de las iglesias en política.  En una democracia madura cuando se intenta, por ejemplo, meter al diablo en temas electorales, como pasó en este proceso que acabamos de vivir, la mayoría de la gente no siente miedo sino ganas de reír.  Una ciudadanía educada,  con una Constitución y una institucionalidad que proteja derechos y libertades, como las de 1991, sirve de dique contra los arrebatos de fanáticos y doctrinarios.

Prefiero también que cuando una institución, cualquiera sea, quiera incidir en los resultados electorales lo haga desde el escenario principal, con la palabra y ojalá con argumentos.  Ya sabemos lo que pueden hacer las ideologías, las “elites” y las sectas cuando se “defienden” desde la tramoya y por fuera de la democracia y la ley.

Por más pereza y hasta exasperación que me produzca oír al exprocurador y sus fantasiosas teorías o a los miembros de las Farc con sus cátedras de “un país que sepa tratar a sus niños”, los prefiero ahí, en los micrófonos, dando la cara y  esforzándose en convencer y no en otros escenarios abusando de un cargo o delinquiendo.  Mi incomodidad, y la de cualquiera, es un precio ínfimo a pagar por lograr que la política se divorcie para siempre de la violencia.

Acuerdo ya.

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