Reflexión de una docente: a veces su hijo no es lo que usted quiere ver

"Es menester ver al niño o adolescente como lo que es, un ser imperfecto ávido de acompañamiento, amor y dirección"

Por: Gina Paola Herrera Ramírez
julio 02, 2020
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Reflexión de una docente: a veces su hijo no es lo que usted quiere ver
Foto: Pixabay

La sinergia entre educadores, estudiantes, padres de familia e instrucciones educativas es muy importante para desarrollar un proceso formativo exitoso, por ello considero trascendental empezar a fomentar actitudes empáticas entre todos los involucrados. Nuestro sistema educativo está completamente intoxicado con culpas y señalamientos que poco aportan a la superación de las dificultades con las cuales hoy lidiamos, aprietos que en equipo debemos comenzar a superar, motivo por el cual resulta imperativo reconocer que, en lo que refiere a educación, todos ostentamos una cuota de responsabilidad en el éxito o fracaso de los educandos; deficiencias que efectivamente tienen lugar a causa de la débil gestión del Estado colombiano, pero que también son la consecuencia de las concepciones erróneas que se han gestado acerca del rol docente y del desacertado manejo de conflictos en los hogares.

Aquí pongo sobre la mesa dos cuestiones que, desde mi experiencia como educadora, estimo oportuno que los padres de familia deberían conocer; temas que abordan las distintas circunstancias que trastocan nuestra praxis en las que ellos, los progenitores, también son protagonistas. Con ello espero incitar a la reflexión y el debate de un tema espinoso, pero necesario en el que no debe haber víctimas ni villanos, sino responsables.

Los estudiantes pueden tener dos caras, una para el colegio y otra para la casa

Al menos una vez en su vida profesional, todo docente que labore en los primeros niveles educativos tendrá que mediar en situaciones en las cuales los padres de familia no dan crédito a lo que se les dice o reporta de sus hijos. Hemos de escuchar frases como: ¿mi hijo?, tan raro, él en la casa es super tranquilo, lo que pasa es que la profesora no lo quiere o, peor, se la tiene montada.

Un par de años atrás fui testigo de una disputa entre un padre de familia y un profesor de inglés, debido a que el acudiente consideraba una total falta de respeto que el maestro calificara de fraude el trabajo entregado por su hijo, al que en adelante llamaremos Alejandro. Según mi colega, este trabajo era el resultado de copiar y pegar un artículo de internet que el joven tradujo y entregó como propio; además, con soportes en mano, pudo comprobar que esta era una práctica recurrente del menor. Como respuesta el padre se jugó la carta de: “usted se la tiene montada a mi hijo”, “Alejandro me dice que a usted nadie lo quiere en ese salón”, “nosotros somos cristianos” y la cereza del pastel “yo conozco a mi hijo y él no es así”.

Del bochornoso asunto quedó un padre de familia ofendido con el docente y la institución educativa, y la credibilidad de un maestro puesta en entredicho. Meses después un suceso muy vergonzoso involucró el nombre del colegio y, como ya pudieron inferir, el protagonista era Alejandrito. En compañía de dos individuos que resultaron ser sus primos y portando el uniforme institucional, el estudiante ingresó a un popular almacén de cadena con el fin de hurtar algunos implementos cuya naturaleza desconozco. El almacén se comunicó con el colegio y este último con los padres del joven, quienes no daban mucho crédito a las circunstancias hasta que se les mostró el vídeo del intento de robo. Desconozco que sucedió después, aunque puedo imaginar la vergüenza de los acudientes, especialmente del papá (quien nunca volvió a poner la cara en una entrega de boletines), además del “fresquito” que debió sentir el profesor de inglés.

Su hijo es importante, pero no es el más importante

Todos los docentes nos hemos topado con padres de familia con una mentalidad hijo-céntrica; a estos se les dificulta comprender que en un salón en el que convergen entre 30 y 45 estudiantes, su hijo es una pieza de engranaje importante, pero no más importante que las demás.

Una compañera docente me comentaba que en una oportunidad una mamá le había solicitado, por no decir ordenado, calentar primero el almuerzo de su hija en el microondas, pues la niña le había explicado que ella siempre la dejaba en último lugar en el turno para utilizar los electrodomésticos y por eso todos los días llegaba con el almuerzo intacto a la casa, ya sea por la demora o por no querer comer frío. La madre remató su “pedido” recordándole que ella hacia parte del comité de padres de familia de la institución y que siempre pagaba su pensión muy puntual. Resultó que la niña de 15 años llegaba todos los días con su comida sin tocar simplemente porque no le gustaba lo que su mamá le empacaba, por lo cual optó por culpar a la profesora quien de hecho no era responsable de asignar “turnos de uso de microondas”; eso no existía y a la fecha sigue sin existir, dice mi colega. Aquí lo llamativo no es la mentira de la estudiante, sino la actitud de su madre quien, en vez pedir más atención o control a la educadora, decidió ordenarle lo que debía hacer sin contemplar que hay otras versiones e intereses involucrados.

En una ocasión escuché a la abuela de un niño que estaba presentando problemas de conducta y convivencia pedirle a la directora de grupo dejar que su nieto saliera primero al descanso o al baño durante los momentos de receso porque el tener que hacer las filas de la cafetería, o esperar su turno para usar el sanitario le estaba causando un enorme estrés al menor que desencadenaba una serie de comportamientos abusivos hacia los compañeros que no le permitían utilizar el sanitario o comprar antes que ellos. La maestra preguntó a la abuela si algo fuera de lo común corría en casa que pudiera estar causando tales conductas, a lo que la mujer contestó que nada anómalo acontecía. Como el niño tampoco tenía antecedentes de alguna enfermedad o condición que ameritara realizar tales concesiones, la docente resolvió que la solución no era permitir que el niño estuviera siempre en primer lugar, sino que junto al apoyo familiar se entablara un dialogo y pautas de conducta. Ignoro cómo terminó el asunto, solo sé que la respuesta dada no fue del agrado de la abuela.

Si recibiéramos mil pesos colombianos por cada vez que un padre de familia nos solicita ubicar a su hijo al frente del escritorio del profesor o al lado de la ventana para que no se acalore, o que dejemos a la criatura ir primero al baño o comer en clase sin justificación alguna, o los conflictos que tenemos con algunos acudientes cada vez que debemos efectuar llamados de atención o hacer respetar a otros niños o jóvenes que están siendo vulnerados a manos de los que se creen espacialitos porque en sus hogares son alfa y omega; en este momento tendríamos una buena suma de dinero acumulada en nuestras cuentas bancarias.

Es importante aclarar que los precedentes escenarios no representan a la mayoría de los padres de familia; de hecho, en general ellos son capaces de ver a sus retoños tal cual son; con sus virtudes, defectos y errores, sin entronizarlos o caer en defensas intransigentes que a largo plazo solo perjudican al menor. En la escuela es licito, es más, es necesario que los jóvenes se equivoquen, para que, junto a los acudientes, los docentes podamos intervenir y contribuir en su formación, pero para ello precisamos que se entienda que al hablar de los errores o aspectos a mejorar de los muchachos los educadores no estamos poniendo en entredicho la crianza o los valores que se han tratado de inculcar en el hogar; simplemente es menester ver al niño o adolescente como lo que es, un ser imperfecto ávido de acompañamiento, amor y dirección.

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