Opinión

¿Realmente queremos combatir el fraude y la corrupción?

Cuando se discute el problema, cifras y declaraciones son extremas; cuando se pasa a la realidad, la unanimidad sobre el combate a la corrupción da paso a la cuidadosa selección de las palabras

Por:
abril 26, 2016
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No me importa que el 85 % de la población del país desapruebe mi gestión, ya que tengo controlado el 70 % del Congreso y con ellos puedo sacar adelante mi agenda. Una vez que la clase politiquera conoció de boca del propio presidente que era su única tabla de salvación, comenzó el espectáculo. El expresidente Gaviria amenaza con ordenarle a su hijo que planee peor el país, si no se le tienen en cuenta a sus recomendados para la terna de fiscal, (puesto que por definición debería ser apolítico). Los ñoños y galanes y verdes amenazan con llevarse sus rebaños de votantes para otra parte, si los órganos de control continúan la amenaza a sus prebendas en materia de contratación.

Las demás fuerzas políticas del pacto de gobernabilidad hacen lo propio, exigiendo más cuotas en los ministerios y altos cargos.

Una vez que el funcionario desciende de la tarima en la cual se ha dado golpes de pecho (en realidad, ocurre con más frecuencia que prefieren golpear el pecho de otros), vuelve a imperar la moral consecuencialista y maquiavélica que hace que todo se justifique en aras de lograr los máximos intereses de la nación, con minúscula. Esa nación pequeña, la de sus feudos, debe ser defendida a toda costa; debe ser alimentada y aumentada, para que una vez grande sirva para mantenerse solita; lo que lleva a que el poder se convierta en un fin en sí mismo, dejando de ser un instrumento para servir y progresar. Una clara muestra de ello se puede apreciar en el siguiente párrafo, traducido del informe sobre la corrupción que se apoderó desde 1860 de la agencia norteamericana para el manejo del conflicto con los aborígenes, que venían siendo exterminados de manera sistemática: “Las pruebas abundan para demostrar que los agentes se han embolsillado los fondos del gobierno, llevando a las comunidades indígenas a la inanición. No cabe duda que las rebeliones indígenas se han originado por esta causa. Durante mucho tiempo, estos oficiales han sido seleccionados de las filas de los partidos en el poder, no tanto teniendo en cuenta su honestidad y cualidades como su devoción a los intereses de su partido y su disposición a aplicar los fondos de los indígenas para promover las egoístas ambiciones de los políticos locales”. ¿Habría que cambiar algo en este párrafo, distinto de la fecha y la ubicación geográfica para que aplicara exactamente a la realidad que se vive en nuestro país?

Cuando se discute el problema del fraude y la corrupción en todos los niveles de nuestra sociedad, las cifras y las declaraciones siempre son extremas; pero, cuando se abandona el terreno del discurso y se camina el pavimento de la realidad, la unanimidad de criterio acerca de la necesidad de combatir la corrupción deja paso a la cuidadosa selección de las palabras y acciones apropiadas para referirse al asunto.

¿Qué puede hacer el gobierno en estos casos? Ante la casi absoluta falta de apoyo popular que de todas maneras desdeña, solo le queda arrodillarse y aceptar las presiones de todos los que lo manosean. Y los ministros que se van a nombrar para conjurar esta crisis no van a ejercer, porque un ministro nombrado en estas circunstancias no manda, solo obedece. Y no a las órdenes del presidente, sino a las del gamonal que le ordenó al presidente que lo nombrara en ese cargo.

Las naciones y las sociedades
solo se salvan cuando se apegan a principios.
Nunca cuando viven de justificaciones

El desaliento conduce a la inacción. El escepticismo, como dijo Kant, es el lugar de descanso de la razón. Las naciones y las sociedades solo se salvan cuando se apegan a principios. Nunca cuando viven de justificaciones. No importa lo que se haga o diga tratando de explicar acciones equivocadas, que eventualmente podrían tener resultados favorables. Estos resultados nunca se sostendrán en el tiempo, ya que se obtuvieron mediante la renuncia a los principios que nos definen como individuos, como sociedad, como Estado. Si el precio de avanzar es socavar los principios fundamentales de nuestra sociedad, el resultado previsible es el derrumbe del edificio que sostiene todo el sistema en el que creemos, y del que dependemos para perdurar.

Para lograr el equilibrio entre civilización y desarrollo, debemos comenzar por entender qué nos hace retroceder, para tener un punto de partida que permita corregir nuestras desviaciones. El individuo debe ejercer su ciudadanía, votando a conciencia. El empresario debe aplicarse a sí mismo las reglas que impone a sus empleados; y el Estado debe comenzar por la mayor de las transformaciones: separar el ejercicio de la política del ejercicio de la burocracia. Cuando los legisladores, jueces y demás funcionarios puedan dedicar su tiempo a realizar sus labores misionales, dejando el tema de nombrar, evaluar y administrar al personal a una entidad del Servicio Civil competente, no solo se reducirá el interés por llegar a las corporaciones públicas a cualquier costo, también se reavivará el interés de aquellas personas que de manera voluntaria o no, han optado por abstenerse de participar en los asuntos públicos para no verse involucrados en las batallas que diariamente se libran para lograr los máximos intereses de la nación, con minúscula.

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