Rappi: pedal, sudor y plata

William, al no conseguir empleo, decidió trabajar como rappitendero. Las jornadas son duras y extensas, pero mientras la necesidad apriete no tiene otra opción

Por: Julián Grandas
octubre 29, 2018
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Rappi: pedal, sudor y plata
Foto: Rappi

William Herrera sube una pendiente o loma, como se le llama popularmente a una calle parada, para llegar a su casa en el barrio Granjas de San Pablo, ubicado en el sur de Bogotá. Es tan parada está calle que ningún carro puede subir por ahí, solo motos de alto cilindraje que se arriesgan y las personas que se desplazan a pie para llegar a sus hogares. Esto lo hace todas las noches casi a las 12:30 de la madrugada o las 11:00 p.m. si el trabajo está malo. William es un rappitendero y siempre sube con su bicicleta y su morral de Rappi.

Tiene 26 años y desde hace un mes, más o menos, trabaja con la plataforma digital de domicilios Rappi. Es tecnólogo en Entrenamiento Físico en el Sena, pero hasta ahora no ha podido conseguir un empleo estable en lo que a él le gusta y estudió. Por eso tomó la decisión de poner a trabajar esa bicicleta que tenía arrumada en su casa y darle un uso productivo. Sin embargo, de unos días para acá dice que el trabajo se ha bajado mucho, esto debido a que muchas personas están interesadas en laborar con esta aplicación. Por ahora y sin importar cuántos pedidos haya, William debe seguir pedaleando y pedaleando.

Esta empresa nació en el 2015 en Bogotá. Los fundadores son tres jóvenes emprendedores que tuvieron una idea de negocio algo parecida a la de Globo en España. La revista Dinero, la más importante en temas de negocios, afirma que: “Rappi luego de consolidarse en las principales ciudades colombianas ha logrado internacionalizarse con su inicio de operaciones en varios países de la región. En el ecosistema del emprendimiento, son consideradas como ‘unicornio‘ aquellas nacientes compañías que logran el valor de los US$1.000 millones durante su proceso de levantamiento de capital”.

Son las 9:00 a.m. y William ya está despierto. Se alista para desayunar algo que Luz, su mamá, le preparó de afán, pues también debe estar pendiente de su nieta Tatiana, una bebé de 2 años. Tatiana es hija de Marcela, la hermana de William que trabaja en un almacén de ropa. Mientras tanto William acaba de desayunar y se está un rato en la casa, juega con su sobrina antes de salir a pedalear y pedalear. A eso de las 10:00 a.m. toma su cicla y se va.

Al ver que la situación laboral está algo apretada William decidió irse a trabajar con Rappi por recomendaciones un amigo, pues el dueño de la casa no da espera para pagar los servicios y el arriendo. “Es fácil, pagan bien y usted es su propio jefe y puede salir a la hora que se le dé la gana a trabajar”, esas fueron las palabras que le dijo su amigo. No obstante, lo que este olvido decirle es que allá no pagan salud ni pensión, tampoco hay vacaciones, ni primas de fin de año. Quizás por eso es que Rappi se ha ido valorando fuertemente en las bolsas de valores internacionales.

William toma la Caracas hacia el norte y emprende su día de trabajo hasta llegar a Chapinero. Ya en el sector su celular empieza recibir mensajes de texto deseándole un buen día de trabajo. Los mensajes nunca faltan, los pedidos a veces sí. Después de estar rodando un rato por Chapinero la pantalla de su teléfono se ilumina y entra su primer pedido. “Este pedido es perfecto para ti” dice la aplicación. Es un domicilio de pizza que debe recoger a unas cuadras y llevar a casi tres kilómetros. Para eso tiene 20 minutos o el cronómetro de la aplicación se pondrá en rojo. Entrega su pedido a tiempo. Esta vez no hay propina. “Muchas veces me cuadro algo extra con las propinas que me dan. A veces me dicen quédese con las vueltas” asegura.

Según William trabajar con Rappi es como un videojuego, se debe ir ascendiendo niveles para ganar más. Son tres niveles en total. En el primero solo se hacen pedidos que se paguen con tarjeta de crédito, un porcentaje de ese dinero será la ganancia del trabajador, al cual se le consigna cada 10 días. Después de haber hecho 15 pedidos exitosamente se entra en el segundo nivel, el cual te da la posibilidad de entregar pedidos que sean pagados en efectivo por los clientes, ese dinero se lo quedan los rappitenderos y es descontado de su cuenta bancaria. Por último, en el tercer nivel se deben comprar los productos para las personas en las tiendas que estén afiliadas a la aplicación. Estos productos van desde comida hasta medicamentos y demás. Estos se deben entregar en la puerta del cliente.

Se acercan las dos de las tarde y William almuerza en la calle algo que le empacó su mamá.

La polémica

Una protesta de trabajadores de Rappi se desarrolló en las oficinas de Chapinero el 19 de octubre. Estos reclamaban que les habían bajado la tarifa de entrega $700 pesos. Las motos y las bicicletas se unieron para hacer el reclamo, todos decidieron desconectarse de la aplicación hasta que se les arreglara la tarifa. Ese día William estaba por esos lados cuando vio pasar la protesta, le dijeron que se uniera, pero él no quiso, ya que asegura que le va bien. “Los primeros días me ganaba por ahí $15.000 pesos diarios, ya después fui cogiendo experiencia y en mi primer pago a los 20 días me hice $500.000”. Estas ganancias fueron a punta de sudor y sacrificio pues trabajó más de 14 horas diarias. Como la empresa dice “ustedes son sus propios jefes”, así que a pedalear y pedalear.

Muchas personas han criticado este modelo de negocio, uno de ellos es Santiago Villa, columnista de El Espectador, quien asegura en una de sus columnas que: “Un negocio como Rappi solo puede prosperar en un país con serias fracturas laborales y económicas, como lo son Colombia —o incluso España, donde se inventó esta idea—. Por supuesto que los creadores del negocio no son responsables de dichas fracturas, ni lo son probablemente la mayoría de sus usuarios —aunque quizás sí unos pocos—, pero hay que ver de qué manera se benefician. Ya no tienen que ir al supermercado ni invertir su valioso tiempo en tareas cotidianas. Alguien cuyo tiempo vale menos, muchísimo menos, lo hará por ellos”.

William no quiere ser siempre rappitendero, dice que él estudió para hacer otra cosa y que este es un trabajo para desvararse de plata, la cual parece desaparecer al mismo tiempo que la recibe. Su celular vuelve a iluminarse, señal de que es hora de trabajar. A pedalear y pedalear. Ahora debe recoger una hamburguesa en la séptima con 45 y llevarla hasta la 63 con Caracas. Otro recorrido largo y esta vez tampoco hay propina. Cada vez se aleja más de casa hasta llegar a la 85, lugar conocido por sus bares y restaurantes. 

Se calcula que la empresa tiene aproximadamente 11.000 rappitenderos, los cuales pueden llegar a ganarse hasta dos millones de pesos mensuales, según dicen sus representantes. El día de trabajo estuvo bueno, $60.000 pesos son una buena recompensa para él. Son casi las 10:30 de la noche y William está cansado, es hora de regresar a casa a descansar. Sin embargo, él nunca se regresa por la misma ruta, ya que la Caracas es muy peligrosa por los lados del centro, entonces prefiere hacer un gran desvío hasta la 30 y meterse entre calles. “Es mucho más seguro y ya me conozco el camino”, así que a pedalear y pedalear para llegar a dormir.

Cuando llega a las calles de su barrio se tiene que bajar de la bicicleta, ya que se encuentra de frente con esa loma parada. Está cansado, fue un largo día de trabajo. La subida es dura, más con la cicla y ese morral enorme color naranja. Él hace el esfuerzo y sube, sube y sube, sube tanto como las acciones de Rappi en Wall Street en Nueva York.

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