Opinión

Racismo, mi racismo

Más allá de la liquidación física, el racismo en Colombia se ocupó de liquidar las lenguas, las creencias, los saberes, las culturas y las instituciones de los pueblos ancestrales

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marzo 03, 2021
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Racismo, mi racismo
El autor con un líder indígena del resguardo Puerto Nuevo, sobre el río Apaporis, departamento de Amazonas

Visto a la distancia, me gustaría estar seguro de que cuando niño no tuve una educación racista, segregacionista. Eso creí por mucho tiempo. En especial porque mi mamá era maestra, de profunda formación cristiana, y mi papá era indio. Tal vez por eso el tema del racismo nunca se tocó en mi casa. Ignorarlo formalmente me hizo creer que había sido lo más sano. Ahora tengo dudas.

En 1983, ya formado, le escuché, al que sería después un famoso juez argentino, que uno de los problemas de los militares en su país, en tiempos de dictadura, para capturar a los muchachos Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblos, ERP, era que siempre buscaban a los delincuentes como “cabecitas negras”, aindiados, pero los guerrilleros solían ser “rubiecitos”. Los policías en particular, pero también los militares, habían sido formados para reconocer el fenotipo de los delincuentes comunes, y estos eran muy parecidos a ellos, a los mismos policías y soldados de baja graduación, que también eran, en general, “cabecitas negras”.  Así que “niños bien”, normalmente universitarios y vestidos a la moda, no deberían dejar bombas en los bancos y en las oficinas públicas; no correspondía con lo aprendido en las academias orientadas por emigrantes alemanes de posguerra, la Segunda Guerra Mundial. Por las ideas de ese juez –de apellido italiano cuyo nombre no encuentro ya en mi memoria–, reconocí entonces que también en Colombia, en la base de la pirámide de las Fuerzas Armadas, predominaban mestizos, indios y negros, como yo, que fui soldado del Batallón Juanambú. La diferencia de Colombia con Argentina era que aquí los militares tenían razón, en la guerrilla los fenotipos dominantes sí eran como en la base de las Fuerzas Armadas. En otros términos: los delincuentes políticos en Argentina eran rubios, en Colombia… no tanto.

En los “años del tropel”, en todo caso, aprendimos que la historia la movía la lucha de clases como dijo el viejo Marx, y a eso nos concentramos los colombianos en los años sesenta y setenta y hasta los ochenta, tal vez. A nombre de la lucha de clases se hacía la historia: a defender las instituciones o a resquebrajarlas. Por eso el tema del racismo… pasó de agache. Parecía que era solo problema de los gringos y de historias congeladas.

 

Creación del Crión en 1984. Al frente Aquiles Bolaños, líder indígena korebaju asesinado en 1993

En los tiempos más recientes quedó claro que no solo la lucha de clases movía la historia, sobre todo a partir de la caída del Muro de Berlín. Ahora se han hecho más visibles los conflictos asociados a “choques” de civilizaciones, de culturas y de religiones, en el Oriente Medio, pero también en el World Trade Center de Nueva York. Inclusive se alegó que, con la globalización, en la base de los conflictos estaban los cambios tecnológicos y la resistencia a los mismos. Como lo anticipó Schumpeter: la historia es la historia de los cambios  tecnológicos que imponen cambios sociales. Y más interesante, ahora está claro que el gran conflicto contemporáneo es el modelo de producción y de consumo prevaleciente, que amenaza todas las formas de vida al generar el cambio climático. Todo eso se ha puesto de moda en el pensamiento contemporáneo y en la política. Por eso, desapareció el tema del racismo en la historia.

Parecía, pues, que el racismo no estaba en la agenda de los grandes conflictos de la humanidad y menos en Colombia, una “democracia” bien contemplada. El apartheid en Sudáfrica era ya historia pasada y era Nobel de Paz y Obama era presidente.

Empero, la historia es terca. Trump, y antes el Tea Party, fueron la reacción racista a la llegada de Obama y de los millones de migrantes que dejaba tendidos el modelo neoliberal de globalización, en Estados Unidos y en Europa. También en Colombia.

Según las cuentas que han realizado el Centro Nacional de Memoria Histórica ­–cuando era de Memoria Histórica y no solo Centro­–, la Jurisdicción Especial de Paz y la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, entre las víctimas del conflicto armado ha habido una afectación desproporcionada sobre las poblaciones indígena y afrodescendiente. En concreto sobre los territorios de estos pueblos. Esto es, ha habido una racialización del territorio mediante la violencia en Colombia.

 

La Constitución del 91  reconoció que los pueblos afrodescendientes e indígenas son sujetos de derechos individuales y colectivos. ¡Solo en 1991!

La Constitución Política de 1991, sí, de 1991, reconoció por primera vez que Colombia es un país pluriétnico y pluricultural y que los pueblos afrodescendientes e indígenas son sujetos de derechos individuales y colectivos. Repito, ¡solo en 1991!

En el constructo social y político de la nación colombiana ha sido borrado, escondido, negado, el aporte de los pueblos originarios y afrodescendientes. Más allá de la liquidación física, el racismo en Colombia se ocupó de liquidar las lenguas, las creencias, los saberes, las culturas y las instituciones de los pueblos ancestrales. Negros, indios y mestizos son útiles como mano de obra, no como sujetos sociales. Esa es la otra historia.

El conflicto armado en Colombia se expica por varios factores, aunque no es fácil ordenar su importancia relativa. Cuentan: la lucha de clases y las ideologías que de allí se derivan ­–con ramificaciones nacionales e internacionales–, al menos desde mediados del siglo pasado; los conflictos asociados a las instituciones políticas excluyentes, como el Frente Nacional; los conflictos culturales y religiosos, menos estudiados. Lo que falta por reconocer es que el conflicto armado también ha estado y está asociado al racismo sistémico vigente en Colombia. Sí, porque no solo los actores armados ejercen racismo en medio del conflicto. La sociedad civil, las empresas, las iglesias, la escuela, la familia, también exudan racismo.

Vuelvo a mi historia personal. La historia patria que me enseñaron y que me ha costado tanto desaprender, allá en la Amazonia colombiana, de donde soy, comenzaba con la Independencia y seguía con los presidentes y otras vanalidades. Hacia atrás, me enseñaron más de Moisés y de Alejandro Magno que de los chibchas o de los uitoto. La historia de mi papá no me la contaron en la escuela, ni en mi familia. Mi papá era pijao. Por eso las dudas de ahora.

P. D. Rebuscando, rebuscando, encontré al argentino ilustre, el señor Eugenio Zaffaroni

Fotos: Jorge Pulecio

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