Cuando la legitimidad deja de descansar en las instituciones, la democracia entra en riesgo. Una reflexión sobre poder y República

 - ¿Quién decide quien gobierna Colombia? La disputa por la legitimidad del poder

Las elecciones responden una pregunta sencilla: ¿quién gobernará? Pero una democracia necesita responder otra mucho más importante: ¿quién tiene el derecho de reconocer a ese gobierno como legítimo?

En una República esa respuesta no depende del gobernante, de la oposición, de los jueces, de los partidos políticos ni de las multitudes. Depende de las instituciones y de las reglas que todos aceptaron antes de acudir a las urnas. Cuando ese principio empieza a discutirse, la controversia deja de ser electoral y se convierte en un problema de Estado.

Eso es, precisamente, lo que Colombia parece estar viviendo.

Durante las últimas semanas el presidente Gustavo Petro ha cuestionado la legitimidad del gobierno elegido por los ciudadanos, ha sostenido que el verdadero presidente de Colombia es Iván Cepeda, ha respaldado acciones judiciales para controvertir el resultado electoral y ha convocado movilizaciones para el 20 de julio. Al mismo tiempo, Iván Cepeda ha calificado anticipadamente al gobierno entrante como un "Estado paramilitar". Cada una de estas actuaciones admite un análisis propio. Sin embargo, observadas en conjunto producen un efecto institucional que merece atención: trasladan el debate desde las decisiones del próximo gobierno hacia la legitimidad misma del poder que ejercerá.

Conviene detenerse en ese punto. Una democracia puede soportar desacuerdos profundos, oposiciones radicales, protestas e intensas controversias judiciales. Lo que difícilmente puede soportar es que los actores políticos comiencen a disputar quién tiene autoridad para decidir cuándo un gobierno debe ser reconocido como legítimo. En ese momento la discusión deja de girar alrededor de las políticas públicas y empieza a girar alrededor de la autoridad del propio Estado.

Ésta fue la preocupación que llevó a Max Weber a formular una de las ideas más influyentes de la teoría política moderna. Ningún Estado puede sostenerse únicamente sobre la fuerza, el respaldo electoral o el carisma de un dirigente. Su estabilidad depende de una convicción mucho más profunda: que la autoridad nace de un orden jurídico superior a quienes ejercen temporalmente el poder.

Ésa fue la gran conquista del constitucionalismo moderno. Durante siglos la obediencia descansó sobre la figura del monarca, del caudillo o del líder providencial. La democracia cambió esa lógica. El ciudadano ya no obedece porque admire al gobernante; obedece porque reconoce que las instituciones valen más que quienes las administran. La legitimidad dejó de ser patrimonio de las personas para convertirse en patrimonio de la República.

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Vista desde esa perspectiva, la coyuntura colombiana adquiere otro significado. El problema ya no consiste únicamente en el tono de la confrontación política ni en la intensidad de la polarización. El problema aparece cuando el reconocimiento de las instituciones comienza a competir con una legitimidad distinta: aquella que un liderazgo reclama para sí al afirmar que representa de manera más auténtica la voluntad popular.

Hay un momento en que la política deja de discutir cómo debe gobernarse un país y empieza a discutir quién tiene el derecho de decidir qué gobierno merece ser reconocido. Cuando ese desplazamiento ocurre, la controversia deja de ser electoral. Se convierte en una disputa por la legitimidad de la República.

Y ésa, más que cualquier diferencia ideológica, es la pregunta que Colombia debería empezar a responder.

Hasta aquí la discusión pertenece a la teoría del Estado. A partir de este punto pertenece a la condición humana.

Porque el problema del poder nunca ha consistido únicamente en conquistarlo. El verdadero desafío comienza cuando llega el momento de abandonarlo.

Erich Fromm advirtió que el poder produce una transformación silenciosa. Quien lo ejerce durante un tiempo prolongado corre el riesgo de dejar de distinguir entre la responsabilidad que desempeña y la identidad que ha construido alrededor de ella. El gobernante deja de sentirse un administrador temporal de las instituciones y empieza a percibirse como el depositario de una causa histórica. Cuando esa transformación ocurre, la alternancia democrática deja de verse como una regla natural de la República y comienza a experimentarse como una pérdida que debe ser explicada, corregida o incluso resistida.

No es necesario especular sobre las intenciones de nadie para advertir ese fenómeno. Basta observar el debate público colombiano. En pocas semanas la conversación nacional dejó de concentrarse en el programa del gobierno que iniciará el próximo 7 de agosto para girar alrededor de otra cuestión: si ese gobierno merece ser reconocido como plenamente legítimo. Ése es un cambio profundo. La discusión abandona el terreno de las políticas públicas y entra en el de la autoridad institucional.

Esa transformación también fue descrita por Elias Canetti. En Masa y poder observó que el liderazgo no busca únicamente conservar influencia; busca conservar reconocimiento. La multitud cumple entonces una función que trasciende la movilización política: confirma simbólicamente una autoridad que el líder percibe amenazada. Por eso el derecho a la protesta —esencial en cualquier democracia— adquiere una dimensión distinta cuando coincide con un discurso que cuestiona la legitimidad del gobierno llamado a reemplazar al anterior. Ya no se debate únicamente una decisión política; comienza a disputarse la autoridad misma de las instituciones.

Bertrand de Jouvenel llevó esa reflexión aún más lejos. El poder —escribió— posee una inclinación natural a expandirse. No porque todos los gobernantes sean autoritarios, sino porque todo poder tiende a convencerse de que su continuidad resulta necesaria para el bien común. Ésa es precisamente la razón por la cual las constituciones existen: no para limitar a una ideología determinada, sino para recordar que ninguna mayoría, ningún dirigente y ningún proyecto político pueden situarse por encima de las reglas que hicieron posible su llegada al gobierno.

Vista desde esa perspectiva, la coyuntura colombiana adquiere una dimensión diferente. Las declaraciones del presidente Gustavo Petro cuestionando la legitimidad del gobierno electo, su afirmación de que Iván Cepeda representa la verdadera autoridad política y la descalificación del gobierno entrante como un "Estado paramilitar" formulada por el propio Cepeda pueden ser objeto de legítimo debate político. Sin embargo, consideradas en conjunto producen un efecto institucional que merece atención: desplazan la discusión desde la evaluación de un gobierno hacia el reconocimiento de la autoridad del Estado.

Y allí aparece una advertencia que Colombia no debería ignorar.

El primer territorio que conquista el poder no es el Estado. Es el significado de la legitimidad.

Cuando una sociedad comienza a aceptar que la autoridad de las instituciones depende del juicio que hagan sobre ellas los dirigentes políticos, el centro de gravedad de la República empieza a desplazarse. Las instituciones dejan de ser el árbitro común y corren el riesgo de convertirse en un actor más de la confrontación.

Ése es el punto donde la teoría política deja de ser un ejercicio académico para convertirse en una advertencia profundamente republicana. Porque cuando el poder deja de preguntarse cómo gobernar dentro de las instituciones y empieza a preguntarse quién tiene derecho a decidir qué instituciones merecen ser obedecidas, la democracia entra en un terreno donde las diferencias ideológicas pasan a un segundo plano. Lo que comienza a discutirse ya no es un programa de gobierno.

Es la autoridad misma de la República.

La República no pertenece a los vencedores

Hannah Arendt comprendió que el verdadero poder nunca depende únicamente de quien gobierna. Depende de la existencia de un espacio común donde adversarios políticos aceptan unas mismas reglas, incluso cuando los resultados les son desfavorables. Cuando ese reconocimiento desaparece, la política deja de ser una competencia democrática y comienza a convertirse en una disputa permanente por la legitimidad del Estado.

Ésa es la advertencia que hoy debería ocupar a Colombia. No porque nuestras instituciones hayan dejado de funcionar, sino porque el lenguaje político empieza a trasladar la confrontación desde las decisiones de un gobierno hacia el derecho mismo de ese gobierno a ser reconocido como autoridad legítima. Cuando ocurre ese desplazamiento, el adversario deja de ser un contradictor para convertirse en alguien cuya autoridad puede desconocerse. Y ése es un terreno particularmente peligroso para cualquier democracia.

Mainwaring y Levitsky formularon una advertencia que Colombia haría bien en escuchar: las democracias empiezan a perder estabilidad cuando sus dirigentes dejan de competir por el poder y comienzan a disputar la legitimidad del adversario. A partir de ese momento, las elecciones ya no cierran las controversias políticas; apenas inauguran la siguiente. La alternancia deja de entenderse como una regla de la República y empieza a vivirse como una anomalía que debe ser corregida. Cuando eso ocurre, el problema ya no es quién ganó las elecciones, sino quién pretende decidir si ese triunfo merece ser reconocido.

La salida no consiste en silenciar el conflicto. Como recordaba Jürgen Habermas, una democracia necesita deliberación, oposición y crítica. Lo que no puede perder es la convicción de que ninguna causa política, ningún liderazgo y ninguna mayoría poseen una legitimidad superior a la Constitución. Ésa es la diferencia entre una República y un proyecto político.

Las elecciones de 2026 ya terminaron. Las de 2030 comenzaron ese mismo día. No porque haya iniciado una nueva campaña, sino porque desde ahora empieza una tarea mucho más importante: reconstruir la confianza en las instituciones y recuperar una cultura republicana donde el poder vuelva a entenderse como un mandato temporal y no como un patrimonio personal.

Las urnas eligen gobernantes. La Constitución fija sus límites. Pero sólo una ciudadanía que respeta las reglas comunes puede preservar la República. Ésa será la verdadera prueba de la democracia colombiana.

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Por Germán Alberto Bermúdez Ordoñez

Soy escritor, educador y veterano de guerra colombiano. Mi trayectoria integra liderazgo militar, pedagogía humanista y reflexión filosófica, orientada a comprender y transformar los procesos humanos y sociales en contextos de conflicto, posconflicto y construcción de paz.