Opinión

¿Qué será lo que quiere Ingrid?

No sé si subyace a su conmovedor discurso —escrito con esa lucidez especial que adquieren quienes aceptan, procesan y superan el dolor— la gana de ser canciller, negociadora o candidata

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mayo 12, 2016
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Para mí, Ingrid Betancourt, toda ella —la imagen pública que proyecta, la privada no la conozco—, es una gran incógnita.

Desde que supe de su existencia hace unos años, cuando siendo congresista realizó una huelga de hambre en compañía de un señor Lucio (Lucio de apellido, el de Viviane talvez) y por un motivo que no recuerdo, me ha generado más preguntas que respuestas.

Igual de despistada a la de la canción aquella que se pregunta: Mama, ¿qué será lo que quiere el negro?, yo me pregunto: ¿Qué será lo que quiere Ingrid?, luego de cada golpe mediático. Porque excelente publicista sí que ha sido.

Entre santa y bruja me ha parecido de todo: hábil política, pésima candidata, niña caprichosa, convincente oradora, colombiana de ocasión, buena escritora, manipuladora, imprudente, protagónica hasta la obsesión, posuda…, en fin.

Alguien frente a quien uno —hablo por mí y por unos cuantos con quienes he compartido idéntica inquietud— no sabe a qué atenerse.

Casi bruja de verruga y bebedizo, por ejemplo, en la historia truculenta del divorcio o en la demanda que interpuso para que el Estado le otorgara 15.000 millones y medio de pesos, por los 2.320 días que había permanecido secuestrada por las Farc y que se vio obligada a retirar por cuenta de la oleada de rechazo que levantó.

Desagradecida fue lo menos que le dijeron; ella se declaró incomprendida, primero y arrepentida, después. Pero para el imaginario colectivo tal iniciativa, inoportuna en todo caso, quedó grabada en piedra. No es sino que dé tiro, para que en las redes sociales y en los foros de los lectores, que suelen ser tan iracundos, se la saquen en cara.

Casi santa de mantilla y veladora, por ejemplo, en la carta que dirigió a su familia desde el cautiverio, junto con una foto que se convirtió en la imagen viva de la infamia. Un relato desgarrador de alguien que con la dignidad intacta reconocía estar vencida por las circunstancias.

Juana de Arco fue lo menos que le dijeron; ella no lo supo, mas con ese íntimo testimonio logró lo que las noticias periódicas no lograban: sacar de la modorra la conciencia acostumbrada de millones de colombianos.

Ahora, Sainte-Ingrid otra vez.

Estuvo en Bogotá para apoyar, cómo no,
el proceso de paz con las Farc y por ahí derecho
intentar alguna mejorita en la crisis de popularidad que padece Juan Manuel

Estuvo cuatro días en Bogotá, invitada por la Fundación Buen Gobierno —la que heredó de su papá, el presidente, Martín Santos—, para participar en el foro “La reconciliación más que realismo mágico” y para apoyar, cómo no, el proceso de paz con las Farc y por ahí derecho intentar alguna mejorita en la crisis de popularidad que padece Juan Manuel.

Una entrevista aquí, un abrazo allí, un reencuentro allá, unas palabras memorables y al quinto día, otra vez sentada en el avión de regreso a casa, a la France, un parte de victoria. Cual Julio César ante el senado romano, se diría satisfecha y en voz alta: Veni, vidi, vici.

Y así fue. Después de ocho años, vino, vio y venció.

Pronunció un discurso que no tiene desperdicio. Escrito con esa lucidez especial que adquieren las personas cuando aceptan, procesan y superan el dolor. Sin rencores, sin inmediatez, sin aspavientos. Con cuidado, con calidad literaria, con una decisión de perdonar que trasciende la mera emotividad y enaltece la condición humana; de manera reposada y, aunque no han faltado las voces que la tildan de ilusa, a mi juicio, realista.

(La reconciliación —de la que tanto se habla y tan poco se dimensiona— no puede seguir siendo un juego de ilusionismo para que se firme la paz en La Habana, sino que tiene que ser una apuesta decidida para que el posconflicto sea el punto de partida de una convivencia respetuosa que nunca será fácil y que no significa que todos abrazados entonaremos Las mañanitas; amigos no tenemos por qué ser).

Dice Ingrid: “No hay nada más fuerte que el perdón para detener la deshumanización. Es por eso que el perdón es algo que se da sin necesidad de que sea solicitado. Es, si se quiere, una estrategia individual de sobrevivencia… Pero solicitar ser perdonado, es algo espiritualmente superior. Algo mucho más valioso que perdonar porque tiene efectos rehumanizantes tanto sobre el agresor como sobre el agredido. Se abre entonces un espacio para sanar y reaprender a confiar en el otro. Esa etapa es la que llamamos reconciliación”.

Y, ¿quién le discute? Después de casi siete años en la selva, autoridad moral en este tema la tiene toda. C´est comme ca.

COPETE DE CREMA: Ingrid, como otros Santos, tampoco ha sido de mi devoción. Y no sé si subyace a su conmovedor discurso la gana de ser canciller, negociadora o candidata. (Ya se verá). Lo que sí sé es que a los “manoduristas” a ultranza los dejó mudos. Y al presidente le dio un buen aventón.

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