Opinión

¿Por qué los mamertos nos creemos más que los demás?

A la hora de marchar ahí vamos con el pañuelito blanco, la flor, la vela, tenemos de chivo expiatorio a Uribe, y ahora nos quedan las marchas para constatar que no estamos muertos

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octubre 13, 2016
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Perdimos el plebiscito por prepotentes, por altivos, por andar con esa jerga asquerosa que nos ha alejado históricamente de las grandes masas. No entendemos al otro simplemente porque no nos importa. Lloramos al escuchar los acordes de la guitarra de Víctor Jara pero es una sensibilidad mentirosa porque nuestro dolor se ahoga en las categorías de siempre: Conflicto, Desescalamiento, Víctima, Desplazamiento. Y en las poses de pierna cruzada y pipa en la mano y, por supuesto en las citas de todos los libros que no hemos leído

Y a la hora de marchar pues ahí vamos con el pañuelito blanco, la flor, la vela, el silencio y todas las gastadas arengas. Llegamos a la Plaza de Bolívar en nubes de marihuana con ganas de encontrarnos con el parche y planear una bebeta — hasta las cinco— en Café Cinema y luego subir las fotos al Facebook para que le quede claro a esa indiamenta que votó por él No que nosotros somos el Pueblo, la Masa y la Puta Que los Parió.

Claro, y tenemos de chivo expiatorio a Uribe. El líder del Centro Democrático entendió, como nadie, que al colombiano se le llega con un lenguaje directo y, por qué no, con sofismas y la promesa de sembrar nuevas guerras. Esa desconexión con la realidad era la que avivaba una esperanza de que el pueblo iba a votar Sí que nunca tuvo un asidero real. Por eso gritábamos “Es que en la Nacional el 87 por ciento de los pelados va a votar por el Sí” “Es que en mi Facebook nadie va por el No” “Es que el análisis equisimétrico de la globalidad edulcurante del Ser marca una clara tendencia al Sí”. Desconectados e ilusos nos tapábamos los oídos cuando el taxista de turno daba su opinión sobre su voto “Yo voy a votar porque no quiero que nos gobierne un marica” “Con mi voto voy a decirle No a una nueva revolución bolivariana en Colombia: “Yo vi el rayo homosexualizador, va a empezar a disparar desde Teatrón”. Nos cubríamos con una ruana al constatar la indiferencia en Transmilenio: “Creo que el domingo votan es porque no suban los impuestos, por eso es mejor no votar o darle el votico al No”. Y le creímos a Datexto, a Daniel Coronell, a León Valencia, a Alfredo Molano, voces ilustres que solo tienen repercusión en nuestro nicho, en nuestra fucking burbuja porque sí mi hermano, vivimos encerrados en nuestras ideas, en lo que dicen los 500 contactos comunistas que tenemos en Twiter.

 

 

Los que van a la marcha son los jóvenes que,
con la sabiduría que no tuvimos,
no creen en organizaciones, ideologías o partidos

 

Y ahora nos quedan las marchas para constatar que no estamos muertos y creernos la mentira que somos nosotros los que convocamos, que es una marcha de la izquierda, que Silvio y que Caaambia, todo cambia. Nada de esto es verdad. Los que van a la marcha son los jóvenes que, con la sabiduría que no tuvimos, no creen en organizaciones, ideologías o partidos. Jóvenes que lo único que los mueve es el deseo de liberarse de la maldición que arrastra un país que vomitaba al año 35 000 muertos. Las ganas de enterrar a todos los pastores cristianos, a los obispos godos, a las señoras prejuiciosas de los Grupos de Oración, a los agitadores de plaza, a los Timochenko, a los Santos, a los Ordóñez. Los comunistas no pueden atribuirse el éxito de estas movilizaciones. Son los indígenas del Cauca, los de la Sierra Nevada, son los gais cansados de estar guardados en el clóset, los marihuanos ahogados de tanto tragarse el humo. Son las ganas de dejar atrás una élite que le entregó el país a las multinacionales y al Sagrado Corazón. Son los vientos modernizantes los que arrastran a estas multitudes.

No solo sobre el uribismo caerá la mancha de haberle dicho No a la paz. Con nuestra prepotencia y lenguaje farragoso, las ganas de figurar y de levantar a las niñas — “porque soy el más bohemio, el más revolucionario” —, espantamos a los votantes que recayeron en las siempre invencibles —y subestimadas— huestes uribistas.

Algo bueno trajo nuestro nuevo fracaso: le abrimos la puerta a los cientos de miles de jóvenes que, sin tener afinidad por ningún partido político, salieron desaforados a tomarse las calles. ¡Y lo están haciendo!

 

 

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