¿Qué fue lo que hicimos tan mal?

Como nación tenemos un vicio que no hemos sabido dejar atrás: tropezamos una y otra vez con la misma piedra, sin hacer nada para que no se repita más

Por: Jorge Alberto Eslava Vargas
abril 24, 2020
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¿Qué fue lo que hicimos tan mal?
Foto: Leonel Cordero

Todo pasado afecta al presente, perogrullada de alto calibre, pero para nadie es un secreto que años y años de políticas públicas deficientes, mediocres, y abusivas, dificultan (aún más) el manejo de la crisis provocada por el COVID- 19. Sin embargo, es fundamental puntualizar cuáles son los elementos en los cuales hemos venido fallando reiteradamente, para a futuro, si supuestamente somos Homo sapiens, no caer en el mismo vicio que nos constituye como nación: caer una y mil veces con la misma piedra.

- Un sistema de salud digno del siglo XVIII: el abuso constante hacia las instituciones de salud, el robo diario de sus preciados recursos, la naturalización de la enfermedad, de la muerte y de la tutela como mecanismo para proteger los derechos y la vida de aquellos que deben forzar al sistema para obtener un trato digno; es el legado de más de veinte años de políticas ineficientes. ¿Por qué el sistema de salud no tiene recursos para afrontar una crisis de tamañas proporciones? ¿Por qué no existen más hospitales, médicos, ambulancias? ¿Por qué no existen un porcentaje de UCIS adecuado para que la población colombiana sea atendida?

Solo existen una respuesta y es simple: porque a través de estos años las EPS han desangrado nuestro sistema de salud. Nuestro espíritu: tranquilote, alegre y fiestero, jamás se imaginó que los recursos de la salud deben preservarse para situaciones como las que estamos afrontando. Nuestra falta de previsión debe encontrarse en un verso extra en el himno nacional porque encarna la forma de vivir en el mundo del colombiano promedio y de nuestra clase dirigente.

- Una educación perfecta para los orígenes de la civilización industrial. Si la salud es digna del siglo XVIII, nuestra educación no se queda atrás, compite mano a mano, para evidenciar cual se encuentra en peor estado. ¿Culpa de la educación? No, sin recursos es muy difícil que nuestro sistema educativo haga algo más de lo que puede hacer. Normalizar la mediocridad, normalizar la falta de capacidad, normalizar la falta de iniciativa, ha sido política de Estado en los últimos años (no es accidental un manejo pésimo de la educación), como también lo es, cortar las alas de miles de muchachos que han pasado por las aulas y que, por ausencia de recursos, deben ver como lo que desean para su futuro es un privilegio de unos pocos.

Y ¿cómo una mala educación se relaciona con la crisis? Preguntarán algunos ingenuos. Evidentemente la dificultad en el manejo de la crisis que vivimos se debe, parcialmente, a que no tenemos el personal calificado para brindar, desde diversos frentes, ayudas para el manejo de la enfermedad; bien sea porque no tenemos la cantidad de profesionales suficiente o porque muchos no están preparados para el reto. Ingenieros, médicos, biólogos, profesores, artistas; carecemos de profesionales de alto nivel por dos razones:

Primera, los mejores salen corriendo de este moridero al ver que no existen alternativas reales.

Segunda, la educación universitaria es un negocio, la ecuación es simple: tienes dinero, tienes un cartón profesional asegurado.

Es evidente que hace falta un símbolo dentro de nuestra bandera y es el emblema de la mediocridad, camino al que nos llevan, con esfuerzo y dedicación, nuestros “amables” próceres de la patria.

- Los índices de medición de pobreza están construidos para esconder la pobreza no para evidenciarla. Nuestro amigo el “gomelo”, que muy diligente ha trabajado para ocultar la mediocridad del duque y su combo, tiene una responsabilidad muy grande en torno a la situación de miles de familias que no han recibido subsidios. Cuando dices que un pobre deja de serlo con doscientos cincuenta mil pesos (doscientos cincuenta mil pesos, ¡hágame el favor!) solo evidencias que no conoces Ciudad Bolívar, el Tunal, Usme, entre otros, o simplemente no te importa porque lo valioso es ayudar tu amigo “el presi”. Ese tipo de afirmaciones solo son pruebas de la mezquindad y la indiferencia que existe en las cabezas de la clase que dirige este país.

Lo que es importante resaltar es que si la alcaldesa y el gobierno no han podido distribuir todas las ayudas necesarias se debe en parte, solo en parte, al desconocimiento real que tenían las autoridades en torno a los índices de informalidad y de pobreza (del resto se encargan las hienas que se están robando las ayudas). En Colombia los índices de pobreza eran mucho más altos de lo que informaban a diario y esa cifra les estalló en la cara. Lo único que puedo decir es “amigo “gomelo” te mereces una zurra por no saber contar y por no contar lo que se debe contar (te mereces dos)”, ¿si ven por qué necesitamos profesionales que no compren el diploma?

- Destrucción de la industria nacional, del campo. Desafortunadamente no puedo decir que tengamos una industria o un agro del siglo XVIII, porque para eso debería existir industria y agro previamente. Desde hace veinte años, los próceres se han encargado de dejarnos sin industria propia, sin agro propio. Su empecinamiento contra las clases desfavorecidas ha sido tal que, en estos momentos, dependemos totalmente del exterior (afortunadamente algunos campesinos intentan solventar parte de la situación en la que nos han dejado los buitres que nos desangran). ¿Será que el duque y su combo seguirán cantando, bailando, jugando con la pelota, en vez de parecer un presidente y unos ministros? ¿Será mucho pedir?

Los cuatro errores (y muchos otros más porque si hay una tradición, en nuestra olvidada nación, son los errores) simplemente tienen un factores comunes: sigamos votando por los mismos, sigamos creyendo que la política no es asunto nuestro, sigamos creyendo que el fútbol es lo único importante, y esos cuatro errores que se han constituido a lo largo de los últimos años, serán la única herencia que le quedaran a aquellos que vienen después de nosotros. En el fondo valdría la pena hacernos una pregunta: ¿qué fue lo que hicimos para que la realidad nos esté pasando factura?

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