El populismo de derecha en Colombia

"Hoy nuestro país comparte dos rasgos de la Alemania populista en el periodo entre guerras: un proceso de paz y un año poco prometedor para la economía"

Por: William Alexander Aguirre Antolínez
enero 23, 2016
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El populismo de derecha en Colombia

Los periodos posteriores a las guerras no son sencillos, además de ser relativos a la prolongación e intensidad de ésta. Por ello, la construcción de la paz es una labor sumamente ardua que de no ser realizada de manera acertada, puede en lugar de dar soluciones a los orígenes de la confrontación, profundizar las causas de la misma. Son muchas las anécdotas sobre la dura situación que atravesó Alemania durante periodo entre guerras: estas hablan de personas abasteciéndose de alimentos con carretillas en donde las últimas, no eran usadas para llevar los abarrotes, sino para cargar con los billetes necesarios para comprar unos cuantos panes que mitigaran el hambre. Todo ello ocurría mientras los ojos de los obreros alemanes de la época observaban a los franceses llevarse todo el carbón y las riquezas de su país.

En este contexto de crisis se fortalece el populismo de derecha, que cargado de un discurso violento y guerrerista irrumpe en el escenario político, en este caso el nazismo se había tomado el cuerpo y el alma de una nación en crisis que ante la paz de los vencidos había elaborado un nuevo discurso, la guerra de los vencedores. Fueron las urnas las que llevaron en su momento a ese partido al parlamento, fue ese parlamento el que aprobó lo que luego sería una vergüenza para la historia humana.

Hoy nuestro país comparte –guardando las proporciones y teniendo en cuenta las particularidades- dos de los rasgos de aquella Alemania entre guerras, por un lado un proceso de paz que pretende dar fin a una guerra prolongada e intensa que ya supera el medio siglo de fuego, y por otro, un inicio de año poco prometedor para la economía del país; los más pesimistas hablan de los primeros síntomas de crisis económica, los optimistas prefieren hablar de “austeridad inteligente”.

Es difícil precisar si los problemas de la economía colombiana, que se palpan con más cotidianidad de la que creen los expertos del ministerio de hacienda, han tenido una mayor resonancia este año por la pauperización de las condiciones de vida de los trabajadores del país, o por la ausencia del sonido estridente de los fusiles que ahogaban en su ruido a un sinnúmero de problemas que resultan pan de cada día de las familias.

Este año el incremento del salario mínimo fue 45 mil pesos, un absurdo si tenemos en cuenta que la inflación cerro en 6,77%, y que se anuncia una reforma tributaria que posiblemente refleje un incremento generalizado de los impuestos y de la base gravable, esto sumado al alza de los precios de transporte público en diversas ciudades del país y al aumento de la gasolina, que parece no dar tregua, a pesar de la caída internacional del precio del petróleo (otro factor de la posible crisis). A lo cual se suma la polémica desatada por la venta de Isagen hace pocos días.

Sin embargo, en 2015 el salario mínimo incremento $28.300 nada más (17 mil pesos menos que este año), los precios del transporte público también se incrementaron  en diferentes partes del país de la mano con la gasolina, entre otras cosas que incrementaban generalizadamente su valor, evidentemente, en 2015 tampoco alcanzaba el salario.

Pese ello los diarios y cadenas de televisión no buscaban allí las noticias, por aquellos días los economistas y politólogos tenían su mirada puesta sobre las conductas “inmorales” del gobierno vecino en materia económica y de gobierno –al mejor estilo de algunas señoras de barrio que ven la paja en el ojo ajeno, en lugar de la viga en el propio- Los columnistas de opinión se dedicaban a ponerle plazos y a pronosticar el fin del fin de los diálogos de paz, entre otras costumbres amarillistas que han perfeccionado desgraciadamente muchos de nuestros canales de información.

En este nuevo año  y sobre este caldo de cultivo pretende levantarse, como en aquella Alemania de los años 30, una voz que de manera populista –con estirpe de derecha- ubica en la paz el origen de nuestras desgracias, para de esta manera alimentar el deseo de sangre y el odio contra toda expresión de progreso en el país. Nos es casual que en diversos medios de comunicación voceros de partidos como el Centro Democrático afirmen que de la refrendación de los acuerdos de paz depende la reforma tributaria que el gobierno propone. La propaganda de la guerra pretende asociar el golpe al bolsillo de los colombianos con los costos de la paz, de tal manera que sea más fácil vender la idea de que la guerra resulta más rentable y prospera.

Quizás lo sea, para quienes viven de los contratos que firma a diario el ministerio de defensa para la compra de munición, alimentos y uniformes para la tropa, o para aquellos que han visto crecer sus fincas con cada combate y han logrado correr la cerca con cada masacre. Sin embargo, como hemos visto, con confrontación armada o sin ella el salario mínimo sigue sin alcanzar y los precios no paran de subir.

Es evidente que el verdadero efecto de la paz no es otro que el de hacer evidente los problemas más concretos y reales de la mayoría de los colombianos, por esta razón, es entendible que se levanten voces de indignación en redes sociales que planteen salir a las calles con más rabia que conciencia, cansados de no sentirse identificados con los políticos que ellos mismos eligen cada  cuatrienio. Lo que no se puede permitir es que este fenómeno sea manipulado por el odio populista y las intenciones de prolongar la guerra de manera más intensa y aguda. Esperemos que de la crisis saltemos a la paz y no a la guerra, que de la indignación saltemos a la alternativa.

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