Policía 'tulueña nazi', una criolla banalidad de mal

Lo sucedido en Tulua es un ejemplo tropical de la banalidad del mal interiorizada en las fuerzas armadas gracias a la doctrina de la seguridad nacional

Por: Leandro Felipe Solarte Nates
noviembre 24, 2021
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Policía 'tulueña nazi', una criolla banalidad de mal
Foto: Pixabay

El reportaje de Ricardo Calderón emitido por el noticiero de Caracol Televisión sobre la participación de un capitán del Ejército en el asesinato de jóvenes engañados con promesas de trabajo para alejarlos de sus pueblos y presentarlos ante los medios de comunicación como “bajas en combate”, me recuerda el concepto “de la banalidad del mal” desarrollado por la filósofa alemana Hannah Arendt, después que, como periodista, en 1961 asistió en Nuremberg, Alemania, al juicio a Adolf Eichmann, oficial del ejército nazi, diseñador de los campos de concentración que los alemanes crearon después de los traumas que en sus soldados causaban los exterminios en masa que debían ejecutar a punta de bala.

Arendt, mostraba su asombro ante la naturalidad de Eichmann en sus declaraciones ante los jueces, mostrándose como simple funcionario de un engranaje, que después de desayunar opíparamente, despedirse de beso de su esposa y sanos hijos, madrugaba a marcar tarjeta y, cual administrador de un matadero, desempeñaba con eficiencia la agenda asignada por sus jefes: mantener funcionales, limpios y organizados los corrales para recibir las reses, sacrificarlas y disponer de sus cuerpo abrirlos en canal, destajar sus carnes y desechar los residuos…

El simplemente cumplía órdenes y administraba los miles de judíos que a diario en trenes llegaban al campo de concentración para ser seleccionados entre niños, jóvenes, hombres y mujeres en edad productiva, y apartarlos, unos como esclavos de las grandes corporaciones industriales alemanas que se enriquecieron apoyando a Hitler, mientras los ancianos y enfermos eran engañados llevándolos a las “duchas” por las que fluía gas de cianuro en vez de agua para después ser despojados de sus dientes de oro, cabellos y hasta de sus pieles para curtirlas y forrar lámparas y muebles, en una cadena de producción en la que los restos iban a los hornos crematorios, donde hasta su grasa era separada para fabricar jabones y otros productos.

A ese estado de inmunización ante el mal llegaron, después que la ideología inculcada desde el kínder por el nazismo había deshumanizado a los judíos, comunistas, socialistas, intelectuales y científicos críticos, gitanos, homosexuales, discapacitados, etc, para justificar la negación de su trato como personas, su esclavización, rapiña de sus bienes y la “solución final”: primero fusilados y después para ahorrar balas, envenenados en las cámaras de gases.

Pero al mismo tiempo no eran sólo los nazis los que cometían crímenes de lesa humanidad: desde las antípodas ideológicas, a nombre del comunismo, en el congelador de Siberia, Stalin organizó su versión de los campos de concentración, conocidos como “Gulags”, a los que llevó sometidos a trabajos forzados y a morirse de frío, enfermedades o fusilados, a partidarios del zarismo, a miles de disidentes de izquierda, (mencheviques, socialistas troskistas y anarquistas) que en su paranoia veía como enemigos de su caudillismo absolutista y a miles de profesionales, científicos, campesinos, judíos, que también se oponían a sus políticas.

En el informe de Caracol Televisión, en uno de los audios se escucha: “tengo uno”. En lenguaje cifrado y cínico, le informa telefónicamente el capitán a su socio paramilitar, que le faltaba “el aparato: una metra en buen estado”, ponérsela en las manos y después vestirlo como guerrillero, para en comunicado de prensa, presentarlo como “baja en combate” o falso positivo.

Pero estos colombianos no eran tan meticulosos y eficientes como los nazis y les pusieron ropa sobrada de talla, botas nuevas y de repeso ¡al revés! lo que los delató.

El creerse religiosa, política o moralmente superior al otro y apropiarse de la “verdad revelada” llevó a que los nazis, comunistas estalinistas, maoístas de la “revolución cultural china”, Pol Pot en Camboya, Pinochet y los dictadores militares del continente y del resto del mundo, los paramilitares colombianos, políticos, oficiales de las Fuerzas Armadas y empresarios que los apoyaron, las guerrillas de las FARC, que a los secuestrados encerraron y humillaron en campamentos alambrados en las selvas, todos dispusieran de la vida de los diferentes a quienes consideraban como enemigos a muerte.

Se sintieron como dioses ubicados por encima del bien y del mal, y en sus conciencias y ante los demás, vieron a sus crímenes como simples pilatunas o rutinas justificadas por “la causa”, tal como lo evidencia el capitán de marras, cumpliendo los bien recompensados trabajos sucios asignados por sus comandantes urgidos de ascensos y riquezas.

El informe de Ricardo Calderón, actual investigador estrella de Caracol TV, que renunció a la revista Semana cuando Vicky Dávila y los Gilinski la convirtieron en un pasquín arrodillado al servicio del fhurerbismo, me recuerda a la “banalidad del mal” de Hannah Arendt, sobreviviente del “Holocausto” nazi, que acabó con casi toda su familia.

Posdata: lo sucedido en la escuela de Policía de Tulua es un ejemplo tropical de la banalidad del mal interiorizada en las fuerzas armadas gracias a la doctrina de la seguridad nacional y la formación fascista que les inculcaron, pues terminada la II Guerra Mundial, los gringos no sólo se llevaron a los científicos y pioneros de la era aeroespacial como Von Braun… También se llevaron a expertos torturadores de la temible S.S. y la Gestapo para aprenderles.

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