“Pido que los que queden acá me recuerden como el sacerdote de los niños”, Monseñor Gustavo Calle Giraldo

En la mañana del pasado 11 de marzo murió quien fuera reconocido por su trayectoria educativa y su legado en la Institución Salazar y Herrera

Por: Maria Clara Ramírez Upegui
marzo 15, 2018
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“Pido que los que queden acá me recuerden como el sacerdote de los niños”, Monseñor Gustavo Calle Giraldo

La ausencia de salud es uno de los factores que nos alejan de nuestros seres queridos, pero en este caso, la presencia de una profunda tristeza en el alma hoy nos hace lamentar la partida de Monseñor Gustavo; convirtiéndose en la oportunidad perfecta para celebrar un poco de lo que fue su vida.

Solo se escuchaban los pajaritos de la mañana y el timbre de una casa grande, abrió la puerta y dijo: “pasa mi niña, te estaba esperando otra vez, bienvenida”. Su apariencia no era la misma de hace unos meses atrás, tenía tal vez un poco más de canas y sus pasos se veían un poco más cansados, pero la gran diferencia estaba en su mirada, que se notaba perdida en miles de pensamientos. Al entrar a su casa, lo primero que se veía era la sala llena de fotos de niños, las señalaba y decía: “son mis sobrinos”. El comedor tenía una bandeja cargada de medicinas y en el fondo había un inmenso patio por el cual caminaba pensativo Monseñor Gustavo Calle Giraldo, exrector del Liceo Salazar y Herrera, un hombre que le dejó inmensos logros por más de 30 años.

Tuvo muchos sobrinos y aunque no son de sangre, los adoraba con la totalidad de su ser. Aseguraba verse en ellos y ser quienes le daban vida a él. “Ahora hay uno que es el más pequeño y no me trata de padre ni por el nombre sino Tavo, se llama Rafael y tiene cuatro añitos, me tiene loco”, afirmaba Monseñor. No solo su sala, sino la casa en general, estaba llena de todas las fotos de ellos en momentos importantes, sus logros, celebración de sacramentos y fechas especiales.

Residía en el barrio Estadio Norte de Medellín, en una casa grande y silenciosa de dos pisos, dos patios en el primer piso y uno en el segundo con una piscina que nadie usaba, un balcón con vista al parque infantil, cuatro cuartos, biblioteca y una pequeña capilla. Vivía rodeado de más de 150 caballos en todas las presentaciones como cuadros, porcelanas, fotografías, postales, rompecabezas, pinturas y pequeñas esculturas, las cuales afirmaba que eran su mejor pasatiempo, además de tres paredes llenas de reconocimientos y una biblioteca con cientos de libros.

Con él vivía su empleada doméstica, que por recomendación de las religiosas Carmelitas descalzas llegó a su casa hace 13 años, por cariño la llamaba Olguita; a pesar de ser conocido por sus estudiantes y empleados como una persona amorosa, ella dice que era muy seco y que conoció de él muy poco, era una persona reservada, al cual solo veía en hora de almuerzo y que sus temas eran estrictamente laborales o para darle bendiciones.

Monseñor fue partícipe públicamente de diversos temas como escándalos de la iglesia, porque afirmaba que los medios de comunicación estaban empeñados en mostrar solo la parte negativa. Estaba en contra de la concepción machista de la mujer en la actualidad, porque en realidad, debería ser considerada como el alter ego, es decir el otro yo; también habló sobre la unión homosexual que no apoyaba, porque afirmaba que uno de los fines del matrimonio es la procreación de hijos y por lo tanto no puede estar de acuerdo con lo que va en contra de la naturaleza; sin embargo, el tema que lo agobió sus últimos días, fue su retiro del Salazar y Herrera, y del cual muy poco se sabe en el medio.

Dejar el Salazar y Herrera en el 2015 para él, era un hecho que se dejaba venir por dos motivos: uno porque el 2 de noviembre del 2014 cumplió 75 años y a esa edad, la iglesia no les permite a los sacerdotes y los obispos seguir trabajando en nada, se deben jubilar, como exige la norma establecida por Pablo VI. Sobre la base del Código de Derecho Canónico, donde dice: “los obispos están obligados a entregar la dimisión del gobierno pastoral de sus diócesis en las manos del Pontífice al cumplir los 75 años de edad”; y en segundo lugar, porque cumplía el límite que pone la ley magistral para jubilarse que son 30 años de servicio docente con aportes.

“Creí que estaba preparado para esto, pero en realidad me dejó una experiencia nefasta, yo entré en una crisis de tristeza tremenda”, inmediatamente después de su retiro cayó en depresión, causa que lo llevó a un tratamiento psiquiátrico. Pasaba las tardes en la casa de su cuñada Regina para no sentirse muy solo, o en su habitación sentado en una silla Reclinomatic mirando hacia afuera y fumándose un cigarrillo marca Royal, vició que ya tenía pero aumentó después de su retiro, y el cual su psiquiatra le permitió porque consideraba por ahora, ser un placebo necesario para él.

Incluso dos años después de dejar el Salazar, afirmaba no ser capaz aún de volver por allá, describía su salud como psíquicamente muy regular y se encontraba en recuperación a causa de un accidente de tránsito que tuvo hace un poco más de 12 meses en el que sufrió fractura de fémur y rodilla, por las cuales lo tuvieron que someter a cirugía casi de manera inmediata. Este procedimiento no fue el único que tuvo luego del accidente, 15 días antes de fallecer, le realizaron otra intervención en su columna, y aunque caminaba con dificultad, lo lograba de manera asistida.

De los 48 años que llevaba de sacerdocio, 45 fueron dedicados a la pastoral educativa que era lo más importante para él, vio la necesidad de extender los conocimientos y crear tecnológicos para propiciar el desarrollo socio-económico y cultural del País, así surgieron la institución universitaria Salazar y Herrera y el politécnico Marco Fidel Suarez en Bello, de las cuales fue fundador. Hoy tiene más de 30.000 bachilleres que ha graduado y profesionales más de 5000.

Empezó en el colegio Jesús de la buena esperanza en Bello, Antioquia, de allí con su experiencia llegó a la decanatura del bachillerato en la UPB donde duró cuatro años, ingresó con un slogan: “renovar conservando”, es decir, hacer los cambios que sean necesarios y conservar los valores que se encuentren. Se dio a la tarea de buscar nuevas experiencias educativas en el medio, y cuando las encontró se dio cuenta que estaban encerrados en sus ideas y que se podían abrir a lo que tenían los otros colegios arquidiocesanos. No solo se preocupaba por los valores y el rendimiento del bachillerato de bolivariana, sino que se metió tanto en la relación con los directivos, que hubo un año en que le permitieron hacer una solicitud al director financiero de subirle el sueldo dos veces en el año al profesorado, que no es algo frecuente pero se lo permitieron.

Buscó integrar todos los colegios arquidiocesanos para hacer un fondo común que les facilitaría mejorar las finanzas y la economía de escala pero también buscaba que hubiera una sola filosofía que hoy se tiene en los 28 colegios arquidiocesanos, la cual es: educar en los valores católicos.

Esa “vena” financiera no se presentó solo cuando empezó a trabajar para los colegios en el aumento de sueldos y fondos comunes, sus familiares reconocen en él que siempre se distinguió en la vida como una persona administradora de recursos financieros. A los 5 años ya vendía prensa en Angostura, Antioquia y se mostraba servicial en los almacenes para hacerles algunas de sus diligencias, recogiendo centavitos y ahorrándolos para más adelante utilizarlos e ingresar al seminario.

Llegó un momento en que le decían que quien mandaba en Bolivariana era él como decano por sus tantos logros, dijo: “hay una anécdota que te quiero contar, cuando estaba en bolivariana el rector me mandó una carta que decía que si yo le estaba moviendo la butaca y yo le tuve que decir que no, que en realidad lo que estaba haciendo era actualizar un bachillerato, que era alma y nervio, que era el semillero de bolivariana”.

Los logros se ven hoy reflejados en todos los colegios arquidiocesanos, “cuando yo estaba feliz allí, recibí una llamada del señor cardenal, arzobispo de Medellín, y me dice que fui nombrado el rector del Salazar y Herrera, que tenía dos horas para que me posesionara, me obligó en esa forma y tuve que dejar la decanatura, no tuve tiempo de avisarle al rector de bolivariana que salía, obedecí y logré estar 30 años en lo más lindo que tiene el mundo que es el Salazar y Herrera”, terminó estas palabras con una inmensa sonrisa en su rostro, cerró los ojos y respiró profundo.

Fue el tercero entre 10 hijos ,de ellos, solo tiene una hermana, Sonia, y por ser la única mujer siempre ha sido la consentida, está casada con un alemán y vive en Miami desde hace 40 años, es la que más lo visita, casi siempre en diciembre y se queda por más de un mes, por su parte, Monseñor la visita con muy poca frecuencia pero le encanta, “ a mí me gusta todo lo que sea orden, disciplina, legislación, presentación, un modus vivendi natural y donde la gente es culta, veo esos valores en Estados Unidos”

Para sus hermanos es curioso que nadie lo conociera como Gustavo de Jesús, sino como Gustavo Calle, hablando de una persona que todo su recorrido de vida ha sido en el camino de Jesús, pero para eso solo hay una explicación y es que en su época, los años 50 hacia atrás, los papás que eran muy creyentes utilizaban un segundo nombre que significara María, Jesús o la Trinidad; pero para presentarse en público no consideran necesario presentarse con el doble nombre, sino con el simple y el que está avalado para muchas representaciones legales, así que el nombre de Jesús quedaba limitado ahora estrictamente a la cédula.

Juan Bautista y Margarita sus padres, siempre apoyaron el llamado que él sintió de Dios, pero nadie le inculcó el sacerdocio, dice mientras asiente con la cabeza y se da la bendición: “es una bondad de Dios de la vocación, porque yo no lo escogí, el señor me escogió a mí”; empezó en Angostura como acólito, cuando llegó a Medellín siguió vendiendo periódicos y continuó como acólito en la parroquia del Parque Berrío, desde ese momento, su mentalidad era seguir por el camino de Dios y seguir ahorrando para poder lograrlo. Con su propio dinero logró entrar al colegio Fray Rafael de la Serna donde el mismo año se ganó una beca por excelente rendimiento académico y disciplinario, allí lo prepararon muy bien para su ingreso al seminario, al cual también entró con sus propios recursos.

En ese entonces, existía el primer tranvía, a las 5 de la mañana recogía los periódicos, luego iba a la parroquia de La Candelaria y ayudaba, de allí salía a venderlos y después se iba al colegio a estudiar, “así pude autofinanciarme mi entrada al seminario, eso es una anécdota que yo quiero mucho porque fue algo importante” entre risas y recuerdos me decía: “ojalá se publicara porque es algo muy lindo”, y acá está hoy, puesto en letras lo que él ya no puede expresar en palabras.

Después de llegar a Medellín a los 9 años, tras el desplazamiento que sufrió su familia debido a que su padre dirigía un sector político minoritario y el mayoritario se encargó que se fueran del pueblo, sus visitas a Angostura Antioquia el lugar donde nació, fueron muy poco frecuentes. Al principio trataba de ir a visitar los pocos familiares que le quedaban allá, pero la última visita fue cuando la Congregación para la Causa de los Santos declararon al padre Marianito como Venerable, como siervo de Dios en marzo de 1990.

Desde entonces Medellín fue su casa y el Salazar su hogar. Para él, la razón de retirarse del Salazar antes de que termine el año escolar era una muy buena pregunta, Monseñor tenía pensado que fuera a mediados de noviembre o en diciembre, no finalizando septiembre, y no le encontraba completamente la lógica al adelanto de fecha, pero el Arzobispo de Medellín quien es su superior, consideró que debía entregar en ese momento.

Su relación con el Dr. Jorge Iván Ramírez Aguirre, el nuevo rector del Salazar, la describía como excelente, aunque no se pudo despedir de él ni de nadie personalmente por falta de tiempo y porque no se sentía capaz cuando le avisaron de su salida. Por esta razón decidió hacerlo a través de un video y de cartas que realizó ya en medio de la actual enfermedad que padecía. En ellas le decía a todos que lo recibieran con amor y con cariño porque así reflejaría lo que es el Salazar y Herrera, una familia, además de manifestarles a todos que era un amigo personal y consideraba que es una persona mucho más preparada que él para poder seguir con su legado y más, “él está más preparado que un kumis”, se rio de su expresión y finalizó afirmando que le agradaba mucho su reemplazo.

Caminábamos por un parque cercano a su casa, veía correr los niños y sonreía diciendo que ellos eran los que le daban vida, aseguraba en los últimos días tener una frase que repetía constantemente: “a mi vida le quitaron la vida”. Dijo que había llorado mucho entre todos los recuerdos de sus niños que hasta el día de hoy, le mandan cartas diciéndole que lo extrañaban. En ese momento pasó un vendedor ofreciendo sus servicios, él lo miró y me preguntó: ¿sabes yo qué le digo a mi doctor?, “doctor es que yo no necesitaba venir donde usted, para qué si por la calle pasan todos los días los señores gritando se arregla la de-presión” y se ríe a carcajadas de su chiste.

“Estoy viviendo una experiencia en la que puedo decir que el día más feliz mío fue cuando me ordenaron sacerdote y el más duro fue cuando el obispo me pidió que entregara el Salazar y Herrera, estaba entregando mi vida, entregando mis niños”

Con respecto a su salud los últimos meses, se puede decir que no fue la mejor. En diciembre se vio mal por una complicación cerebro vascular, pero salió de ella y volvió a casa, ya se encontraba delicado para valerse por sí solo y por eso tenía una enfermera para su cuidado de día y otra de noche; sin embargo, seguía aquí de manera consciente todo el tiempo, incluso el sábado 10 de marzo, un día antes de fallecer, su corazón sentía una presión extraña, una necesidad de saber cómo se encontraban sus seres queridos, entre ellos estaba Maria José, la sobrina en la cual se reflejaba su calma, en la cual encontraba regocijo.

Ese día la llamó en tres ocasiones, y aunque eran muy cercanos y se comunicaban con mucha frecuencia, no era tan común recibir varios llamados en un mismo día, y menos teniendo en cuenta que al otro día almorzarían juntos, como lo hacían todos los domingos. En esas llamadas él solo expresaba no estar teniendo un buen día, se sentía decaído, pero realmente, su motivación era preguntarle a ella, una y otra vez cómo se sentía en ese día.

Se pueden decir muchas cosas, tratar de buscar una explicación médica para su partida, pero la realidad es que llegó el domingo, y aunque recibía mucho amor, era un día más de tristeza, desolación y depresión para él, y simplemente no despertó. Aunque seguía respirando con sonidos fuertes, eso era lo único que reflejaba vida, el resto de sus signos vitales eran poco perceptibles, lo llevaron al Hospital Pablo Tobón Uribe, donde entró en un estado de Coma y donde el diagnóstico lanzaba como única posible esperanza, una vida artificial, pocos minutos después, y frente a los ojos de su adorada sobrina en quien encontraba paz, decidió desprenderse de este mundo.

Hoy, después de ver todo su legado, podemos decir todos los que lo conocimos, que el amor de él por los niños era innegable, y solo quedan retumbando las palabras de la razón que lo hizo decaer lentamente: “ahora que salí del Salazar y me está dando tan duro esto, le estoy pidiendo a mi Dios que cuando me lleve para el cielo, me deje formar un preescolar allá porque me veo demasiado en los niños y también le pido que los que queden acá me recuerden como el sacerdote de los niños”

Sin duda alguna, en este momento está proyectando su preescolar en las alturas, y acá, con el corazón en la mano, todos lo recordamos como él quería: ¡el sacerdote de los niños!

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