Petro y una señora bien

"¿Mamá, izquierdosa? ¿Mi mamá? ¿Qué le estaba pasando?"

Por: Darío García
marzo 23, 2018
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Petro y una señora bien

En los estratos altos se supone que no debemos ni escuchar lo que pueda decir Petro. Hace poco fui a almorzar a la casa de mi mamá y llegué un poco temprano. Nos saludamos y me pidió que nos sentáramos en el computador. Me dijo que estaba buscando discursos de Petro en internet para escucharlo “con sus propios oídos”. ¿Discursos de Petro? ¿Mi mamá? Le pregunté el porqué. “Porque Darío Arizmendi le tiene mucha tirria”. Yo nunca escucho radio, así que tuve que indagar más. “Darío Arizmendi es un lobo con media piel de cordero,” me dijo. “Lo de los Papeles de Panamá lo ha despojado de la otra mitad, aunque no se sepa bien qué es lo que esconde.” Yo tampoco sabía lo de los Papeles de Panamá. “Y esa vinculación con el Opus Dei. Él y sus hermanos, uno al menos, totalmente camandulero, como mamá Tatica.”

Mientras empezábamos la sopa, mamá ya estaba disfrutando de ese privilegio tan común entre los ancianos: sumirse íntegramente en sus propias imágenes interiores. Me di cuenta de que ella pensaba en voz alta, enlazando piezas de un rompecabezas que sólo ella veía. La verdad, me daba pereza meterme más en el tema de Darío Arizmendi. Nunca le he prestado atención. Para mí es solo un señor con bigote. “Arizmendi es la hipocresía hecha carne. La trama de sus empresitas incluye una compañía con sede en una de las repúblicas bálticas, no recuerdo cuál. De un pueblo como Yarumal a una empresa oscura en Estonia o Lituania… ¡Le rindió lo que aprendió con el Opus en España! Ya sabes, mijo, el que peca y reza empata.”

Su mente se fue a un episodio que ella vivió hace muchos años, durante una de las inundaciones de Patio Bonito, en compañía de otras señoras, entre ellas una voluntaria con vínculos estrechos con el Opus Dei. La historia se la había escuchado varias veces en la vida, pero a mí no me molesta cuando las repite. Más bien lo contrario.

Me contó que la dama (sic) voluntaria tenía poder y prestigio dentro de la organización a la que pertenecía. En esos tiempos, mi mamá daba sus primeros pasos en su carrera como voluntaria, que fue corta precisamente por este episodio de Patio Bonito. Un país europeo había mandado, entre otras cosas, cobijas y quesos para los damnificados de ese año. La dama (sic) los cambió por cobijas y quesos nacionales para repartir entre esas personas, y conservó los extranjeros. Mi mamá no recordaba qué destino final les daría la dama (sic) a los ‘tesoros’ rapiñados. Pero dónde aún le ardía el alma, como si todo hubiera sido ayer, era en la parte en que rememoraba la justificación que le dio la dama (sic) a su engaño. “Esa gentecita no sabe apreciar lo fino”. Las otras señoras parecían estar de acuerdo con el diagnóstico de la dama (sic). Mi mamá pronto se retiró en silencio de ese voluntariado. Empecé a entender su interés en YouTube.

Mi mamá sospechaba que el consagrado periodista del bigote les metía a sus oyentes el mismo gato por liebre que la dama (sic) voluntaria. No buscaba pruebas, que sabía que no iba a encontrar. Su empeño estaba puesto en cerciorarse de que Petro era, o no era, lo que Arizmendi, y otros, decían que es. “¿Te acuerdas cuando Petro habló de construir unas viviendas por aquí cerquita para ‘esa gentecita’, creo que en su mayoría desplazados? Todo el mundo puso el grito en el cielo. Petro nos iba a dañar el vecindario. De intento.” Me acordaba, sin pormenores, pero me acordaba. “¿Recuerdas las razones de Petro?” Puse cara de no recordarlo. “No te preocupes, yo tampoco lo recuerdo. Para eso hicieron la bulla, para que el episodio lo recordáramos como una agresión a nosotros. Por eso lo que sí no se nos olvida es el ‘atropello’, la ‘locura’, el ‘odio de clases’ de Petro contra gente como nosotros, ¿verdad? Pues eso es lo que comprendí esta mañana temprano, mientras hacía roña antes de bañarme y le oía el tracatraca a Darío Arizmendi en internet. La gente como nosotros no presta atención a alguien como Petro, sólo sabemos que toca tenerle miedo.”

¿Mamá, izquierdosa? ¿Mi mamá? ¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba conmocionada por los hechos de Petro en Cúcuta? ¿Temerosa de la que se puede armar? Terminado el almuerzo, empezamos a ver un video de un discurso del candidato en una capital regional. A finales de los años noventa, ella había empezado a dominar el computador y ahora, ya octogenaria, está completamente cómoda encontrando en internet lo que se le ocurra buscar. Internet la mantiene vinculada a la vida y le ayuda a conservar clara la cabeza.

Lo que saqué en claro del video de YouTube es que el candidato habló de trabajo, no de subsidios, para todos. Habló de facilitárselo por nuevos caminos a más colombianos. De dejar atrás la economía extractivista, a la que le quedan pocos años, y empezar a desarrollar otra basada en la producción y el conocimiento. No habló de cerrar o expropiar bancos privados, ni a nadie, sino de fomentar el crédito público para el emprendedor que nunca logra levantar del piso su proyecto con créditos privados. Logró que la gentecita se identificara con el billete de mil pesos, un gaitán, y que equiparara a la gente que vive vidas confortables, como nosotros, con el de cien mil, un lleras. “Inteligente, ¿verdad?” Me salió responderle con un sí apretado entre los dientes. “Todo el mundo recibe y da gaitanes a diario, pero cuántos siquiera han visto un lleras?” Mamá estaba en lo cierto, pero de todas maneras era sólo una argucia de político populista, pensé. “¿Tienes algún lleras en la billetera? ¿Cuántos has tenido en tu poder? Yo, ninguno.” Era verdad. Cada vez que uno los pide en el banco, la respuesta es que lo sienten pero que no hay. Como si me estuviera leyendo el pensamiento, me preguntó: “¿Y quién o quiénes los acaparan?” También me impresionó el grito de batalla de la gentecita: “Yo vine porque quise; a mí no me pagaron.” No esperaba ni ese nivel de eficacia simbólica por parte del político, ni el fervor que solamente nace de la esperanza por parte de la gentecita. Más que sorprendido, no sabía dónde poner lo que acababa de ver y escuchar.

Terminado el video, no quise hacer comentarios. En cambio, le pedí a mamá que me describiera la tirria del periodista del bigote. Dijo que no sólo Arizmendi. También Néstor Morales Y Claudia Gurisatti. Y, más disimuladamente, Diana Calderón y Vicky Dávila. “Hasta Héctor Abad se ha unido al coro que no le pasa ni una al candidato Petro.” Con expresión de hastío, me contó que los periodistas a todas horas le exigen perfección al candidato, una perfección que ni sus críticos ofrecen, ni se le pide a nadie más. “Imagínate, Héctor Abad. Dice que el magistrado Carlos Gaviria le había contado que Petro era un tramposo. Lástima, porque la novela que escribió de su papá es muy bonita. Claro que se trata de la misma persona que alguna vez afirmó que había encontrado algo así como un soneto inédito de Borges en un bolsillo de una chaqueta del papá. Date cuenta. Los pájaros disparando a las escopetas. ¿A qué extremos estamos llegando!” Aclaró que lo del soneto inédito lo había leído en un trino, pero que no lo constaba que fuera verdad. Se puso algo sombría cuando afirmó que son, literalmente, centenares de periodistas de todo el país los que intentan sepultar bajo su ruido mediático la razón que pueda tener, o no tener, el candidato. “Aunque Arizmendi, desde hace años, es el peor.”

Hizo un esbozo de la manera en que los grandes nombres, y los no tan grandes, del periodismo nacional y regional ahogan las razones de Petro. Repiten y repiten sus opiniones, que más parecen dogmas, “para crearnos la ilusión de que son tan reales como el Río Magdalena”. Se valen de encuestas, de opiniones, de expertos, de testimonios unidimensionales, en fin, de todo lo que pueden usar para que nos resulte creíble la inminente amenaza que supone Petro. Recurren al catastrofismo, a los horrores que nos aguardan si gana Petro. “No es nada raro. Es parte del imaginario nacional, como lo llaman ahora, porque se viene haciendo desde la época de las ruidosas peroratas de la facción realista, convencida de que el acabóse llegaría si dejábamos de tener rey.” Fingen indignación cuando, de tanto en tanto, alguien pone en duda alguna parte de su ortodoxia. Sucumben a la lambonería más indecorosa, para reafirmar su lealtad a los poderosos de los que dependen. Alborotan las rencillas nacionales o regionales y encienden los sentimientos de territorialismo. Exacerban un sentimentalismo que es “peor que el las telenovelas”. Hacen pausas, fabrican dobles sentidos, simulan despistes, orquestan importantísimos testimonios de última hora… “en fin, el repertorio completo de tretas detrás de las que nos escondemos todos cuando no tenemos la conciencia tranquila.”

“Arizmendi se pone especialmente solemne, un poco a la manera de quien se formó admirando mucho el cine mejicano o español,” cuando tiene que ‘informar’ de hechos muy graves para el país.” Hizo un descanso. “Toda esta información yo la tenía ahí, en el zaguán de la mente. No la hice entrar hasta que no empecé a prestarle atención al discurso del candidato. Primero en clips, hace unos días, cuando lo de Cúcuta. Vagamente me recordaba a Gaitán, que pasó hace ya tanto tiempo. Yo apenas había dejado de ser una niña. Esta mañana me zampé el video entero de lo que dijo en Suba. Y, de repente, recordé lo de las viviendas para los desplazados, allí no más, cerquita del Andino, creo, ni siquiera estoy segura. Ahí caí en cuenta de que yo tampoco recordaba, ni recuerdo, las razones de Petro para construir esas viviendas. Es lo que se llama verdad oficial.”

Entonces entendí el punto de mamá: los arizmendis nos van minando el uso autónomo de los propios cinco sentidos. Nos sustituyen, con su ‘profesionalismo’, la libertad de ver y escuchar nosotros mismos. Finalmente, bajo su influencia, terminamos perdiendo la memoria, que queda reemplazada por el lustre de sus “servicios informativos”. La siguiente afirmación de mamá, que no por presagiada a lo largo de todo el almuerzo y el rato ante el computador dejó de ser un terremoto para mí. “Voy a votar por Petro porque es el que creo que logrará lo que Santos quiso para Colombia y se dejó quitar de las manos: la paz.” No tuvo que hacerme la contrapregunta. “No sé, mamá. Todo esto es muy raro”. Dimos por terminada esa conversación con un consejo: “Pues, ya sabes cómo decidir tu voto: sacando de tu cabeza todas esas tirrias y oyendo razones”.

Me despedí de mamá y me fui a mi casa, aún alterado. Ese día mi señora estaba de viaje de trabajo. Podía dedicarme a diseccionar mi conmoción, aunque en realidad sólo quería que llegara la hora de irme a dormir. Mientras, vi dos discursos más de Petro en YouTube. Finalmente me metí en la cama, pero no pude conciliar el sueño. Parecía que iba a pasar la noche en vela. Se me habían roto los esquemas. Comprendí que tenía que compartir esta experiencia públicamente.

No más fratricidio, dice el candidato. Fratricidio. Petro llama a las cosas por su nombre. Los que tanto han deseado la paz para este país, se están dando cuenta de que lo que el presidente Santos no consiguió, está más cerca con Petro. Y yo desde hoy también porque Santos no diagnosticó bien al país. Por eso se le salió de las manos su paz chiquita, como la llamó el candidato Petro. Ahora nos estamos cuenta por qué la veía chiquita. Petro está acertando en su descripción de la tragedia de ser colombiano y cómo ponerle remedio. Por eso se está emocionando en las plazas a la gentecita, por eso está creciendo la Colombia Humana. En cada acto electoral, Petro logra que comprendamos que es el ardiente deseo de una amplísima mayoría del país lo que nos dará la paz. Si ese deseo no se nos hace acuciante, imparable, apasionado, no lo lograremos. Los llamados tibios no transmiten esa pasión por la paz. A Petro le sobra porque es de su entraña. Así sabe uno que Petro es sincero. En su voz no se detecta ni el cálculo ni los compromisos del político comedido. Hay dolor, propio y ajeno. Y verdadero hartazgo, el que tenemos todos con el sufrimiento de este país, seguramente hasta los arizmendis. Llegará el día en que incluso ellos se sumen a un movimiento que debe desembocar en el punto final del homo homini lupus colombiano.

Nos han dicho siempre que hay que rescatar de las garras o el fusil del bárbaro a la nación, a la constitución, a la familia, al glorioso partido liberal o conservador, a las instituciones, a la religión, a las religiones… en el sobreentendido de que es la gentecita la que tiene que pagar el precio de esos rescates. Saltando por encima de lo que ahora veo claro que es la censura de los arizmendis, el pueblo está dejando de ser gentecita, y se está graduando de gente. Que Petro convenza a la gentecita camino de ser gente no sorprenderá ni a los arizmendis. Pero, al escuchar sus razonamientos, también gente como mi mamá y yo vemos, comprendemos, su razón, precisamente su razón, la que el ruido mediático tapa. Tal vez por medio de YouTube le haya pasado algo semejante a otros tantos de sus opositores naturales, gente como nosotros, los llamados privilegiados, que somos como las mantenidas de los grandes señores. Nuestra posición acomodada depende de no oponernos a que, una vez más, pasemos las fiestas navideñas a solas, sin él, que estará con la familia de verdad, escondiendo la verdad.

Gracias a la inteligencia y la valentía moral de mi mamá, yo ya abrí los ojos. Los arizmendis hacen censura, blanda, pero censura, porque lentamente, a punta de alimentarnos la sed de escándalos, nos atrofian la memoria. Los arizmendis le hacen cuarto a quienes mantienen a las mantenidas para que seamos su amortiguador social. El interrogante está en qué es lo censurado. Quizá las empresas offshore del periodista del bigote escondan la clave. No lo sé. No tengo, ni puedo tener las pruebas de que el periodista del bigote con aire de cine mejicano del siglo pasado en realidad haya montado empresas de ese tipo. Tampoco las tiene mamá. Pero no es lo que importa. Lo que importa es que ni la gentecita ni la gente bien siga siendo víctima del osucro engranaje que Petro describe de forma tan vívida, tan bien razonada, pero también tan apasionada. Gentecita y gente bien hemos corrido y seguiremos corriendo un mismo destino de violencia, si no arde, como arde Petro en la plaza pública, nuestro deseo de parar esta locura.

Hoy he comprendido que a ese ardor de Petro yo tengo que sumar el de mi voto esperanzado, pues ese ardor suyo, y el nuestro respaldándolo, es lo único que tiene la fuerza suficiente para sacar a la luz lo que aún se siente a salvo en las sombras de la sociedad colombiana. Sanar al país, esa es la meta. Invito, a la gente de los estratos altos a que hagan lo que está haciendo la gentecita y mi mamá: escuchar con sus propios oídos lo que razona el candidato Petro para que abran los ojos ellos también. Si tanto la gentecita como la gente bien se gradúan de gente, esta nacioncita colombiana se transformará en una nación con todas las de la ley.

Otros candidatos siguen disfrazando de moderación su miedo. ¿Acaso alguien se puede creer que los intereses oscuros y vergonzantes de este país se van a sentar a negociar civilizadamente con un presidente como los del Frente Nacional? Ya vimos lo que hicieron los políticos de ese corte en el congreso durante el 2017. En cambio, Petro hace palpable, una y otra vez, la fuerza del que se ha quitado el miedo del corazón. Y está invitándonos a que los demás nos lo quitemos. Mi mamá, pese a un hábito de más de ocho décadas de comodidad, se quitó el que ella tenía y me llevó a que yo también me lo quitara. Y yo haré lo mismo mañana con mi señora, pidiendo que escuche con sus propias facultades las razones de Petro. Quiero que mi voto apoye una Colombia sin gentecita aplastada por los imperativos de la nación y sin mantenidas colaboracionistas con los grandes ‘señores’, todo en nombre de la patria. Quiero un país que se encamine hacia la paz y la prosperidad nacida del trabajo. Los arizmendis seguramente van a seguir con sus verdades oficiales. Pero mi viejita abrió los ojos y me los abrió a mí, con una simple pregunta: “¿Recuerdas las razones de Petro?” Y lo mismo le puede pasar a usted, independientemente de su estrato.

Usted se llama Gustavo Petro y queremos que sea nuestro presidente, la gentecita y nosotros dos, mi mamá octogenaria y yo. Comprendimos sus razones porque dejamos de escuchar a los arizmendis. Las cámaras de los celulares de Colombia serán su protección y rendirán testimonio del final de esta etapa de nuestra historia, la Patria Cruenta, que ya tiene más de doscientos años. ¡Doscientos!

 

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