Fraude, desobediencia civil y "guardias libertadoras": el último discurso de Petro dice más de lo que parece

 - Petro y el poder que creyó eterno

Hay un instante silencioso que ningún gobernante puede evitar. No ocurre el día en que gana las elecciones ni cuando las plazas lo ovacionan. Llega cuando el poder comienza a retirarse y el eco de los aplausos deja de confundirse con la voz de la nación. Ese instante funciona como un espejo: algunos descubren que fueron simples administradores temporales de la República; otros continúan viéndose como sus propietarios.

El último discurso de Gustavo Petro pertenece a esta segunda categoría.

Maquiavelo aconsejaba abandonar las apariencias para observar la verdad efectiva de las cosas. Y la verdad efectiva del petrismo no está en la épica con la que pretende cerrar su mandato, sino en la distancia entre el relato y los resultados. Cuatro años después, Colombia no recibió un balance presidencial. Recibió un manifiesto de resistencia. El presidente que prometió transformar el país terminó intentando transformar el significado de su propia derrota política.

Resulta revelador que, al final de su mandato, Petro no hablara de aquello por lo que será juzgado. Guardó silencio sobre la seguridad que volvió a deteriorarse en amplias regiones, sobre el desgaste de un gobierno marcado por permanentes crisis ministeriales, sobre las promesas que nunca llegaron a materializarse y sobre las controversias que rodearon a varios de sus colaboradores. En cambio, decidió trasladar el debate hacia un supuesto fraude, desconocer políticamente al presidente electo, anunciar que sería un mandatario efímero, convocar la desobediencia civil y proponer las llamadas "guardias libertadoras".

No fue una despedida presidencial.

Fue el discurso de un hombre que todavía no acepta que el poder terminó.

Max Weber comprendió que el liderazgo carismático deja de fortalecer la democracia cuando el dirigente comienza a creer que su legitimidad está por encima de las instituciones. Ese es el momento en que el líder deja de representar al pueblo y empieza a confundirse con él. Petro ya no habla como quien administró un mandato constitucional. Habla como quien se considera el depositario permanente de la voluntad popular. Se proclama intérprete de "la otra mitad del país", como si la legitimidad del nuevo gobierno dependiera de su aprobación y no de las urnas.

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Ese es el punto donde nace el caudillismo.

Los caudillos nunca aceptan que el poder fue prestado. Creen que les pertenece. Cuando ganan, hablan en nombre del pueblo. Cuando pierden, descubren que el pueblo fue engañado. La alternancia democrática deja entonces de ser una regla constitucional para convertirse en una injusticia que debe corregirse. Por eso no reconocen adversarios; fabrican usurpadores. No aceptan derrotas; construyen conspiraciones.

John Keane advierte que las democracias rara vez mueren de un solo golpe. Empiezan a erosionarse cuando quienes ejercieron el poder son los primeros en sembrar dudas sobre la legitimidad de las instituciones que antes decían representar. La sospecha sustituye a la evidencia. El relato reemplaza a las pruebas. La movilización pretende imponerse sobre las reglas. Ninguna democracia sale fortalecida cuando un presidente saliente decide convertir la transición en un campo de batalla.

Hobbes construyó el Estado moderno sobre una idea elemental: solo las instituciones pueden ejercer legítimamente la fuerza para preservar la paz civil. Colombia ha pagado con demasiada sangre el precio de las legitimidades paralelas. Por eso resulta profundamente irresponsable que un presidente hable de "guardias libertadoras" en un país donde cada generación ha conocido una nueva organización armada convencida de representar al verdadero pueblo. En Colombia las palabras nunca son inocentes. Siempre encuentran a alguien dispuesto a convertirlas en acción.

Pero quizá el dato más inquietante del último discurso presidencial no sea lo que Petro dijo.

Es lo que revela sobre su relación con el poder.

Gobernar durante cuatro años puede producir una ilusión peligrosa. Los aplausos se vuelven rutina. Los ministros dejan de contradecir. Los asesores comienzan a filtrar la realidad. Poco a poco, el gobernante deja de escuchar al país y termina escuchándose únicamente a sí mismo. El despacho presidencial deja de ser una oficina de gobierno para convertirse en un espejo. Y los espejos tienen un defecto: siempre devuelven la imagen que uno desea contemplar.

Tal vez allí se encuentre la explicación de este desenlace. Gustavo Petro no está librando una batalla contra Abelardo de la Espriella. Está librando una batalla contra la evidencia de que la Presidencia nunca fue suya. La democracia únicamente se la confió durante cuatro años.

La historia suele ser implacable con quienes confunden el poder con la propiedad. No preguntará cuántos discursos pronunció ni cuántas plazas llenó. Hará una pregunta mucho más sencilla: ¿fortaleció las instituciones cuando tuvo el poder o comenzó a debilitarlas cuando dejó de tenerlo?

Porque esa es la diferencia entre un estadista y un caudillo.

El estadista entrega el poder convencido de que la República siempre será más importante que su nombre. El caudillo abandona el Palacio creyendo que, sin él, también debe comenzar a derrumbarse la democracia.

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Por Germán Alberto Bermúdez Ordoñez

Soy escritor, educador y veterano de guerra colombiano. Mi trayectoria integra liderazgo militar, pedagogía humanista y reflexión filosófica, orientada a comprender y transformar los procesos humanos y sociales en contextos de conflicto, posconflicto y construcción de paz.