El nacimiento de la generación del pulgar
No todas las revoluciones hacen ruido. Algunas llegan silenciosamente, se instalan en nuestros bolsillos y, cuando queremos reaccionar, ya han transformado la vida de toda una generación. Eso ocurrió hacia 2010. No cayó ningún muro como el de Berl [in, ni comenzó una guerra mundial. Simplemente aparecieron los teléfonos inteligentes y las redes sociales dejaron de ser una curiosidad para convertirse en el escenario donde millones de niños empezarían a construir su identidad. Jonathan Haidt, en The Anxious Generation, sostiene que ese fue el verdadero punto de inflexión. Comparto buena parte de su diagnóstico, aunque creo que el fenómeno va aún más lejos: no solo cambió la infancia; comenzó a transformar la manera como una sociedad forma ciudadanos.
La infancia antes del algoritmo
Durante siglos, aprender significó salir al mundo. Los niños crecían resolviendo conflictos sin la intervención permanente de los adultos, inventando juegos, soportando el aburrimiento, explorando barrios, construyendo amistades y desarrollando una autonomía que hoy parece cada vez más escasa. Nadie organizaba su atención mediante un algoritmo. La imaginación era el principal recurso de entretenimiento y el contacto con la realidad constituía una escuela silenciosa donde se aprendía a negociar, a frustrarse, a esperar y a convivir. Aquellas experiencias moldeaban el carácter mucho antes de que existieran cursos sobre inteligencia emocional o programas de bienestar psicológico.
Cuando el pulgar reemplazó al juego
A partir de 2010 comenzó otra historia. El juego fue cediendo terreno frente a la pantalla y la exploración fue sustituida por un flujo inagotable de videos, notificaciones y recomendaciones personalizadas. Muchos padres pensaron que simplemente estaban incorporando una nueva herramienta tecnológica. En realidad, estaban permitiendo que millones de niños crecieran dentro de un ecosistema diseñado para capturar su atención el mayor tiempo posible. Las grandes plataformas digitales no viven de fabricar teléfonos; viven de administrar nuestra atención.
No sorprende que durante la última década se hayan multiplicado las investigaciones que relacionan el uso intensivo de teléfonos inteligentes con el aumento de la ansiedad, la depresión, los trastornos del sueño, la disminución de la capacidad de concentración y la sensación de soledad entre adolescentes. Ningún fenómeno social tiene una única explicación, pero resulta difícil ignorar la coincidencia entre la expansión de los teléfonos inteligentes y el deterioro de diversos indicadores de salud mental.
Lo interesante del planteamiento de Haidt es que no se limita a denunciar el problema. En 2026 publicó, junto con Catherine Price, The Amazing Generation: Your Guide to Fun and Freedom in a Screen-Filled World, un libro dirigido a niños y preadolescentes. Su mensaje es claro: una vida plena no se construye frente a una pantalla, sino mediante el juego, la lectura, el deporte, la amistad y el descubrimiento del mundo real. La discusión ya no puede librarse únicamente entre padres, colegios o gobiernos; también debe involucrar a quienes han crecido creyendo que toda experiencia importante pasa por un dispositivo electrónico.
La inteligencia artificial y el futuro de la infancia
De captar la atención a comprender las emociones
Cuando apenas empezamos a comprender el impacto de las redes sociales, aparece un desafío todavía mayor: la inteligencia artificial. Si los algoritmos aprendieron a captar nuestra atención, la IA aprenderá a interpretar nuestras emociones, preferencias y vulnerabilidades con una precisión sin precedentes. Ya no solo recomendará contenidos; conversará, aconsejará y acompañará a millones de personas. La frontera entre una herramienta tecnológica y un interlocutor permanente será cada vez más difusa.
Investigaciones de Common Sense Media muestran que una amplia mayoría de adolescentes ya ha utilizado asistentes conversacionales basados en IA y que muchos recurren a ellos para hablar de problemas personales o emocionales. Estudios de la Comisión de eSafety de Australia también alertan sobre el surgimiento de vínculos afectivos con chatbots y la necesidad de establecer salvaguardas para proteger a niños y adolescentes.
Un desafío ético, educativo y humano
Por eso el debate ha dejado de ser exclusivamente tecnológico. Es un debate ético, educativo y, sobre todo, antropológico. La pregunta ya no consiste únicamente en cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla, sino qué significa crecer cuando parte de la construcción de la personalidad está mediada por sistemas capaces de aprender, adaptarse e influir sobre nuestras decisiones.
Educar para la libertad
En el fondo, el desafío consiste en preservar lo que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) denomina agencia (agency): la capacidad de actuar con autonomía y ejercer un juicio crítico. Si la generación del pulgar digital delega cada vez más decisiones y relaciones en sistemas inteligentes, el riesgo no será solo una mayor dependencia tecnológica, sino la pérdida de la autonomía que sostiene una ciudadanía libre.
Quizá la mayor responsabilidad de nuestro tiempo no sea desarrollar una inteligencia artificial más poderosa, sino formar personas capaces de utilizarla sin renunciar a su libertad. Ningún algoritmo podrá reemplazar el valor de una conversación cara a cara, el juego compartido o la socialización presencial. El verdadero progreso no consistirá en crear máquinas más inteligentes, sino en educar ciudadanos suficientemente libres para que ningún algoritmo piense, decida o viva por ellos.
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