Perú, entre la peste y el cólera

El problemático perfil de Castillo podría impulsar a Fujimori y desencadenar una acción en cadena similar a la que le dio la victoria a Lasso en Ecuador. ¿Qué pasará?

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
abril 16, 2021
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Perú, entre la peste y el cólera

La crisis política en Perú es un mal crónico. En los últimos cinco años el rezago político del fujimorismo ha condenado al país andino a vivir de crisis en crisis. En 2016 se demostró que la sombra del otrora hombre fuerte estaba más presente que nunca, su heredera y albacea, Keiko Sofía, se alzó con el control absoluto del Congreso con Fuerza Popular, disputó una reñida segunda vuelta con Pedro Pablo Kuczynski y evidenció el arraigo social que su apellido sigue conservando en la sociedad peruana.

A Keiko la segunda derrota le cayó muy mal, decidida a cobrar venganza y acabar con Kuczynski, echó mano del poder mayoritario de su partido en el Congreso; así le bloqueó la agenda, censuró a sus ministros y redujo a mínimos su gobernabilidad, lo llevó a la renuncia y lo acabó políticamente. La misma táctica intentó utilizar con Martín Vizcarra (vicepresidente de Kuczynski), pero este no cedió y disolvió el Congreso. Se convocaron nuevas elecciones y a Fuerza Popular se le averió la aplanadora; sin embargo, se eligió un congreso hiperfragmentado que a la postre terminó por destituir a Vizcarra. A Fujimori la crisis también le pasó factura y su poder se fue disipando entre las pesquisas de Lava Jato.

De cara a las elecciones presidenciales de 2021, la heredera del fujimorato se encontraba más debilitada que nunca, su partido solo alcanzó el 11% de la votación en las elecciones legislativas y pasó a segunda vuelta “por los pelos”; sin embargo, la sorpresa electoral de Pedro Castillo (como lo fue su padre hace tres décadas) podría darle un balón de oxígeno que por fin le entregue la anhelada presidencia. Así es, porque el balotaje será una decisión entre extremos, una confrontación entre una derecha autoritaria y un radicalismo izquierdista socialmente conservador

Además, será un cara a cara entre la sociedad limeña y la Perú rural, la primera le votó profusamente a la derecha mientras que la segunda se encomendó a un enigmático maestro rural, calificado por algunos medios como vocero de la “izquierda radical”, pero que en su agenda no tiene espacio para la legalización del aborto, el matrimonio igualitario o el feminismo, es decir, un izquierdista sui generis. El problemático perfil de Castillo podría impulsar a Fujimori y desencadenar una acción en cadena similar a la que le dio la victoria a Lasso en Ecuador. Solo queda claro algo: Keiko no está acabada.

La sombra del chino

A tres décadas de su llegada al poder me sigue sorprendiendo la influencia que la figura de Alberto Fujimori continúa ejerciendo en Perú. Poco importa que purgue una condena de 25 años por crímenes de lesa humanidad y corrupción, su arraigo en los sectores populares es muy fuerte y la base del capital político que en 2006 le heredó a Keiko. Es ese año la antigua “primera dama” asumió las banderas del fujimorismo y se coronó como la congresista más votada en la historia del país. En el intermedio a las siguientes elecciones su padre fue condenado por graves violaciones a los derechos humanos, aceptó su participación en hechos de corrupción y pasó a ponerse el traje a rayas que en el pasado le obligó a vestir a Abimael Guzmán. Nada de esto afectó su teflón porque en 2011 Keiko pasó a una segunda presidencial vuelta con Ollanta Humala, lo repitió en 2016 ante Kuczynski y en 2021 con Castillo. Aunque ahora se encuentra en una posición más débil debido al desgaste que le generó su papel como la principal atizadora de la crisis política y su responsabilidad en el entramado de Odebrecht. Sin duda, su paso al balotaje confirma la aceptación de buena parte del país de una derecha extrema, autoritaria y profundamente antidemocrática.

El enigma Castillo

Considero que el candidato “sorpresa” de la primera vuelta no es un outsider (así lo ha pintado algunos medios) o un extraterrestre de la política. Castillo viene de ejercer un activo liderazgo sindical y en 2017 fue promotor de una huelga de alcances nacionales, su remontada en las encuestas es sintomática de las soluciones radicales que muchos peruanos exigen a los políticos. Dentro de un amplio abanico de candidatos destacó por proponer una reingeniería del Estado, es decir, liquidar la Constitución de 1993 (principal legado del autogolpe de Fujimori), desterrar la corrupción y consolidar un modelo económico más equitativo. Algo que combina con posturas sociales conservadoras, propias de un habitante de la provincia y “hombre de pueblo” (a lo largo de la campaña uso un sombrero y fue a votar montado en un caballo), nada que ver con la agenda de un izquierdista cosmopolita. Por eso, no me queda muy claro cuando se afirma que Castillo es un vocero de la extrema izquierda o un agente del castrochavismo internacional, lo veo más bien como un dirigente hibrido en lo ideológico con un discurso radical contra el establishment económico. Igualmente, sigue siendo un extremo.

Extremos en una sociedad dividida   

Las conclusiones más visibles al revisar los resultados de la primera vuelta dan cuenta de las diversas miradas a la crisis. Con 18 candidatos en la boleta, ninguno superó el 25% de la votación y así se ratificó con los resultados de las listas al Congreso, ingresaron 9 bancadas. Es la misma fragmentación que se observó en las elecciones parlamentarias extraordinarias de enero de 2020. Esa dispersión partidista obligará a cualquiera que sea el ganador a establecer acuerdos de gobernabilidad, buscando conformar una coalición amplia o lo suficiente mayoritaria para pasar las reformas. Cuando se lo propone el Congreso peruano puede ser muy poderoso, así este concentrado en un partido o disperso entre varias fuerzas. A lo largo de 2017 un Congreso dominado por Fuerza Popular puso a Kuczynski contra las cuerdas y en 2020 otro altamente disperso llevo a Vizcarra a la destitución. Ese poderío no se puede pasar por alto y contrarrestarlo será fundamental para que el próximo inquilino del Palacio de Gobierno no repita la película que ya vivieron sus antecesores. Ahora, la pregunta será: ¿cómo hacerlo?

Lo que se viene

Posiblemente una elección muy apretada o una victoria contundente. Las dos opciones son igualmente viables en medio de la polarización que sacudirá al país. Como siempre, todo dependerá de los movimientos de los candidatos en el entretiempo, los apoyos de los perdedores de la primera vuelta y el voto desesperado, el que resulta de votar por un candidato más por obligación que por convicción. Habrá que ver si el desgaste de Keiko le pasa factura o si a Castillo lo transforman en un “coco” que podría convertir a Perú “en otra Venezuela”. Todo es posible en un país donde la política ha experimentado todas las formas posibles. En medio de tantas posibilidades solo hay una certeza, Keiko anunció que de llegar a la presidencia indultaría a su padre. Algo que seguramente generará gran polémica, una constante histórica en un país que no ha logrado sacudirse de la sombra del último dictador.

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