Pauna, el pueblo que tuvo su propio acuerdo de paz

Un campesino recuerda que el día que respondieron la pregunta: ¿En qué momento decidimos matarnos entre nosotros? empezó la reconciliación en el pueblo...

Por: DANIS CUETO VANEGAS
octubre 25, 2021
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Pauna, el pueblo que tuvo su propio acuerdo de paz
Foto: Pixabay

A Graciliano Gualteros

(1950-2000)

Cuando Faustino Lombana abrió sus pequeños ojos sintió una paz eterna. Escuchó a lo lejos las primeras voces y el trepidar de los camiones anunciando el inicio del domingo, día de mercado, en esta “aldea verde”, acogedora y calurosa del occidente de Boyacá, ubicada a 149 kilómetros de Tunja, la capital. Recordó, entonces, que ya no era más el sepulturero de Pauna.

La barahúnda de la mañana generada por los labriegos que habían descendido religiosamente de las faldas de la Cordillera Oriental y de la cuenca gris del Río Minero, se interrumpió con la noticia triste del asesinato de un joven paunense, muerto en confusas circunstancias en Antioquia.

El sol canicular de la tarde acompañó las exequias fúnebres. La ermita de San Roque estaba a reventar, los rostros de los deudos describían el sino trágico de la ausencia eterna del difunto, pero, sobre todo, representaban la angustia frente a la orfandad en la que habían quedado sus dos pequeños hijos y la joven viuda.

Detrás de la imponente iglesia de San Roque se encuentra el cementerio municipal. Allí estaba él, con la piel ajada por el sol de Los Andes y sus 1.68 metros de altura. Tenía puesto una gorra de los Yankees de New York de color verde oliva que ocultaba su copioso cabello negro azabache, vestido con una camisa a cuadros, corta de mangas, un pantalón café y unas sandalias azules. Estaba envuelto con el manto de una envidiable sencillez.

Levantó la mirada hacia el pórtico del panteón, pudo ver dos pterigions que amenazan las ventanas con las que este hombre de sonrisa jovial lee el mundo que le fue dado vivir. El pórtico tenía la forma de una pequeña ermita, blanco con paredes verdes, por encima, descansaba un pequeño arco en el que se puede leer la inscripción: “Resucitaré, aleluya”.

A cada lado de este, dos ángeles blancos miran al cielo y, en lo más alto, una delgada cruz se yergue firme. Detrás de toda la estructura, se alcanza a ver tímidamente la silueta de un lánguido árbol de higuerón y al fondo, como un enorme telón verde, se levanta la Cordillera Oriental.

Luego, cruzamos el umbral del camposanto. Un laberinto de caminos, corredores y pasillos en el que se entrecruzaban sepulturas, bóvedas, criptas y panteones apareció ante nuestros ojos.
Faustino Lombana me indicó que iniciáramos el recorrido por el sendero de la derecha. Segundos después, llegamos a un mausoleo blanco de diez metros de ancho por cinco de fondo, en la parte superior, inscrito con letras negras, pude leer: “Familia Salazar Ballén”, debajo, en el costado izquierdo, contó 12 bóvedas: “Estas pertenecen a miembros de la familia Salazar.

Las 9 que están a mi derecha, son de miembros de la familia Murcia. La gran mayoría de ellos murieron violentamente durante la guerra ──dijo con voz suave. “¿Se refiere, usted, a la Guerra Verde?” ──pregunté. El hombre agachó la cabeza y guardó silencio. “Fueron tiempos muy difíciles en los que familias enteras fueron exterminadas. Mire, usted las fechas de sus muertes” ──me indicó. Constaté que las muertes se produjeron entre finales de los ochenta y mediados de los noventas.

Después, cruzó un corredor, pasó muy cerca de unas sepulturas y apareció en otro camino. “Aquí se encuentran los Sanabria, muertos con tan solo ocho días de diferencia” ──señaló mientras se movía con agilidad por otro pasillo hasta llegar a otra cripta. “En estas tres bóvedas, se encuentran los García Torres, a quienes los Hermanos Ariza ──cantantes de música popular── le han dedicado algunas canciones”. Luego, lo perdí de vista, pero después escuché su voz detrás de mí y me dirigí hasta donde él estaba. “Aquí se encuentra Graciliano Gualteros, un líder comunitario asesinado por las FARC en el año 2000 en la vereda de Furatena ──dijo señalándome una bóveda.

Faustino Lombana inició el oficio de sepulturero entre el año 2004 y 2021, ha logrado tejer con los hilos de Ariadna la memoria a partir del llanto y de los lamentos de los deudos de los seres que logró sepultar con sus propias manos, pero, además, con una habilidad magistral, logró reconstruir con cada visita de los familiares y, a partir de escuchar sus tristezas, todo un complejo sistema de recuerdos ──anteriores al inicio de sus labores en el cementerio──, al punto de hacerlo poseedor de una valiosa memoria fotográfica.

De tal manera, que cuando alguno de sus coterráneos no encuentra el lugar donde yacen los restos de su ser querido, apela a la capacidad de mapear y navegar por el laberinto santo que tiene Lombana, para luego dar con los restos de su ser querido. El hombre hurga con una asombrosa facilidad en lo más profundo de su memoria, frota su lámpara y, hace aparecer súbitamente una cascada de recuerdos muy detallados de todo lo que ha sucedido en el laberinto fúnebre del municipio.

Aquel domingo, al escuchar a este guardián de la memoria, hablar con propiedad: que estos muertos están vinculados con las esmeraldas, o que aquellos son víctimas de los paramilitares y que estos, en cambio, lo son de las FARC, tuve la sensación de estar ante Funes el memorioso, el enigmático personaje de Borges.

La “Guerra Verde” fue una descomunal y fratricida empresa violenta que enfrentó a los esmeralderos Luis Murcia, Víctor Carranza y Gilberto Molina, cuya manzana de la discordia acaso si fue la mina de Coscuez, que acabó con familias enteras y arrojó centenares de muertos en todo el occidente de Boyacá a mediados de los noventa. Según María Flórez, los habitantes de esta subregión quedaron divididos por una línea invisible, límite funesto entre la vida y la muerte: “Los municipios de Otanche, San Pablo de Borbur, Zulia, Pauna, Tununguá y Briceño contra los pueblos de Quípama, Muzo, Maripí, Buenavista y Coper, matándose por la mina de Coscuez”. Sin embargo, las familias involucradas con ayuda de la Iglesia Católica ── y sin participación del Estado── lograron, hace más de tres décadas mediante un extraño, pero efectivo artilugio firmar la paz y legalizar el negocio de las esmeraldas.

Sin embargo, en Pauna, por ejemplo, palabras como justicia y reparación, verdad y no repetición son muy extrañas. En esta “aldea verde, se habla, en cambio, de reconciliación. Esta última ha convertido a este municipio en un lugar seguro y muy atractivo para todo aquel que decida entrar por su enorme “puerta verde”. ¿Cómo lo lograron? Henry Iván Matallana, alcalde de Pauna, un hombre sencillo y carismático a quien encontré, por mera casualidad, en Furatena ──una vereda de su municipio──, guareciéndose de una llovizna inoportuna, dice que "el día en que respondimos la pregunta: ¿En qué momento decidimos matarnos entre nosotros? empezó la reconciliación en el occidente de Boyacá".

Pauna, como en el resto del occidente de Boyacá, encontró hace más de treinta años su segunda oportunidad sobre la tierra, la misma que le ha sido esquiva al resto de la estirpe olvidada de los colombianos. Entonces, algún día llegará un cronista a narrar las hazañas de estos hombres y mujeres que lograron detener la guerra y, tal vez, el bueno de Faustino Lombana vuelva a hurgar en su memoria y frote su lámpara para decirnos cómo fue que lo lograron y cuántos muertos les costaron.

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