En números redondos, completar el álbum puede costar un millón de pesos. Un tributo silencioso que muchas familias pagan. Pero hay rituales que no tienen sustituto

 - Panini en la canasta familiar

Dicen que la lotería es un impuesto a la ilusión. Si eso es cierto, los álbumes Panini son otra forma de tributo: uno que los padres pagan para que sus hijos pertenezcan.

Cada uno o dos años, muchas familias se embarcan en la compra de paqueticos de stickers de jugadores de fútbol. Los niños llenan —total o parcialmente— los álbumes y luego los arruman cuando termina el campeonato. El ciclo se repite con disciplina casi religiosa.

Mi hijo tiene nueve años. Es hincha furibundo de Millonarios y del Real Madrid, así que Leo Castro y Maca están en el mismo nivel de Mbappé. Desde la pandemia, Panini entró sin pedir permiso a la canasta familiar: Mundial de Qatar 2022, Copa América 2024, Mundial de Clubes, y ahora el Mundial de 48 equipos en México, Estados Unidos y Canadá.

Cree que va a ganar Portugal, aunque le da una ventana de oportunidad a Francia. En su galería de héroes, Cristiano Ronaldo —máximo goleador de la historia— desplazó hace rato a Messi. Reza, literalmente, porque llegue al gol 1000 este año.

Pero el niño no solo está comprando stickers. Está comprando el derecho de entrada a una conversación global.

—¿Ya tienes a Ronaldo?

—A mí me salieron varios de México, pero ninguno de Argelia…

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—Lucho me salió en el tercer sobre… Yo creo que Colombia llega a semifinales.

—Mira que el hijo de Simeone está de titular en la selección argentina.

He visto en Bogotá lugares en los que, hacia las seis de la tarde, se forman verdaderos mercados. Niños acompañados por sus padres van a cambiar y vender monas. Siempre aparece el proveedor que tiene las láminas difíciles, por supuesto a su precio. Es un pequeño sistema económico en funcionamiento: oferta, demanda, escasez y especulación, en versión infantil.

Si volvemos al concepto del impuesto, este no es solo a la ilusión. Es un tributo al sentido de pertenencia. Los niños construyen narrativas, negocian, compiten y participan del ritual del Mundial sin importar si están en Egipto, China o Colombia.

Ahora bien, hagamos las cuentas.

Con 48 selecciones y cerca de 20 láminas por equipo, el álbum se acerca a las mil piezas. Cada sobre trae siete stickers y cuesta $5.000. Hay cajas de 104 sobres por $520.000. El álbum vale $49.900 en pasta dura y $14.900 en pasta blanda.

Al comienzo, casi no hay repetidas. Pero a medida que el álbum se llena, los duplicados se multiplican. Y ahí empieza el verdadero juego: cambiar, negociar, insistir, regresar en un par de días al mercado.

En números redondos, completar el álbum puede costar algo más de un millón de pesos.

Un tributo silencioso que muchas familias pagan sin discutirlo demasiado.

Pero hay rituales que no tienen sustituto.

Sentarme con mi hijo a pegar las monas es uno de ellos. Una dicha. Cada lámina, con su pegante en la parte de atrás, hay que despegarla con cuidado y ubicarla en su lugar exacto en el álbum. No es tan fácil como parece. Me recuerda cuando mi abuela me pedía que le ayudara a enhebrar la aguja porque decía que ya no veía bien.

Y entonces pasa algo curioso.

Mientras mi hijo completa su álbum, yo empiezo a completar el mío en mis recuerdos.

Las últimas páginas del álbum contienen las imágenes de las selecciones ganadoras de cada uno de los 19 mundiales FIFA. En mis recuerdos, el Mundial del 62, en Chile, cuando yo tenía diez años. El 4-4 con la Unión Soviética. Los carros pitando durante horas. Marcos Coll, el Caimán Sánchez. Y luego México 70: Pelé, Tostão, Jairzinho, Carlos Alberto, dándoles  sopa y seco a los italianos. Esa selección brasileña que parecía de otro planeta.

Un álbum dentro del otro.

Hace poco averigüé que Panini es una empresa italiana que en años de Mundial factura más de mil millones de dólares. Que los hermanos Benito, Giuseppe, Umberto y Franco crearon el negocio en 1961 en Módena, Italia, tierra natal del inolvidable Pavarotti. Negociazo el mercado de los niños.

Con 48 equipos, demasiados, el álbum no es barato y, sin embargo, ha entrado en la canasta familiar.

Va atado de rituales comprando sobres, repitiendo láminas, cambiándolas en una esquina cualquiera. Sentándonos, con calma, a pegarlas una por una.

Y mientras mi hijo llena su álbum, yo lleno el mío. Y en ese ir y venir de recuerdos, de conversaciones y silencios compartidos voy pagando, sobre tras sobre, el tributo.

Hay cosas que simplemente pasan… y se quedan.

Del mismo autor: Cepeda no está subiendo: somos nosotros los que estamos leyendo mal

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Por Rafael Orduz Medina

Bogotano, economista de la Universidad de los Andes y doctor en economía (Alemania). Ha trabajado en petroquímica y metalmecánica, ha sido director del ICBF, viceministro de Educación, senador por Visionarios, presidente ETB.