"Nunca pensé en estar frente a los ojos humedecidos de la gente de Bojayá"

Pastor Alape viajó desde La Habana hasta el río Atrato para enfrentar cara a cara el horror de Bojayá. Esto fue lo que vivió

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enero 07, 2016

El pasado 6 de diciembre hice parte de la delegación de las FARC-EP que viajó a Bojayá para encontrarnos con los habitantes de esta población, a fin de asumir la responsabilidad que nos corresponde por los hechos ocurridos allí el 2 de mayo de 2002. Nuestro propósito envolvía la voluntad de  resarcir y honrar a los familiares de las víctimas, al tiempo que pedirles humildemente que algún día nos perdonen.

Desde que iniciamos los preparativos para el viaje se reavivaron con profunda intensidad los recuerdos del día en que escuché la terrible noticia. Rememoré mis primeras reacciones, así como los sentimientos encontrados que me invadieron cuando la dirección de las FARC-EP nos confirmó que teníamos  parte en las graves culpas por esos luctuosos hechos.

Me encontraba entonces en el sur de Bolívar y mi primera reacción fue de incredulidad. En esa región las FARC librábamos rudos combates con los grupos paramilitares y conocíamos bien la crueldad de estos con la población desarmada y el apoyo irrestricto que les brindaban las unidades del Ejército y Policía ubicadas en la región.  Coincidimos por tanto con otros compañeros en que se trataba de una nueva masacre realizada por el paramilitarismo y facturada a las FARC-EP.

La duda duró poco tiempo en aclararse, el golpe emocional que recibimos por ello fue indescriptible. Busqué explicaciones para atenuar el impacto de semejante tragedia sobre nuestros combatientes  y militantes, así como sobre mi propia conciencia. Todas las argumentaciones se desmoronaban, nada podía explicar, y menos justificar, que nuestras armas resultaran afectando de esa manera al pueblo que juramos defender desde el primer día que nos tocó lanzarnos al monte.

Tomamos como centro de la discusión el comunicado en que la dirección de ese Bloque asumió en su momento su parte de responsabilidad, para concluir que debíamos ser mucho más estrictos en la aplicación de los principios de nuestra acción política desde las armas, para el apoyo, protección e impulso a las luchas de la gente. No podíamos permitir que en adelante se nos presentaran nuevas situaciones de tan horrible dimensión.

En esa época nunca estuvo en mis cálculos la posibilidad de hallarme frente a las miradas humedecidas de llanto y dolor de las víctimas, percibiendo sus angustias en un ambiente de electrizante solemnidad y respeto, contemplando su búsqueda de alientos para superar la tragedia, adivinando en sus mentes la duda de que ese acto no resultara otra promesa incumplida. Ahora, para mayor grandeza de mi alma, sé bien lo que todo eso significa. Y me siento obligado para siempre con todas ellas.

La topografía de Bojayá es similar a la de la región en que crecí, en las riberas del río Magdalena en límites de Antioquia y Santander, en el Magdalena Medio. Los sonidos, el color del aire y las fragancias a plátano, maíz y pescado me  traían recuerdos de niñez y juventud y de seres queridos víctimas de esta guerra. En las caras de las mujeres miraba reflejada la de mi madre, en su inmaculada misión de formarnos contra el odio y la venganza, la de mis tías y demás familiares Lascarro y Martínez, de ascendencia africana.

El ambiente en Bojayá el día de nuestra visita era de profunda reverencia y culto a la vida. Quedé con la sensación de que la mayoría de las miradas estaban cargadas de pesar por nosotros. Éramos observados con lástima y a decir verdad las emociones y los sentimientos escaparon a mi control. No vi odio en ninguna de ellas, simplemente ojos humanos de pueblo humilde en espera de la reconciliación.

En el encuentro privado con el comité de víctimas, éstas manifestaron su voluntad y compromiso con la paz de Colombia, la urgencia de activar las medidas reparadoras para verificar la identificación de los cuerpos y su ubicación en un panteón que deberá construirse con prontitud. Asimismo, la urgente necesidad de implementar la reparación económica por parte del Estado.

La noche estuvo acompañada de una lluvia intensa que se prolongó hasta gran parte de la mañana del día 7. Esa agua incesante que cayó del cielo lavó todo el terreno, refrescándonos cuerpo y espíritu. Cuando despejó, organizamos la partida, en estricto cumplimiento de las medidas para evitar accidentes en el cruce del río Atrato. Nos orientaban en eso la seguridad prestada por el gobierno y la comunidad, integrada por personal de la  Policía Nacional y de las Guardia Indígena y Cimarrona. Hallándonos en el aeropuerto de Vigía del Fuerte, nos afirmamos en la idea de que la semilla de reconciliación y paz de Bojayá teníamos que regarla por toda Colombia.

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