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En tiempos de crisis, las sociedades suelen buscar respuestas en experiencias anteriores que les ofrezcan una sensación de familiaridad y certeza. Sin embargo, la magnitud y las particularidades de la tragedia actual exigen prudencia. Cualquier tentación de reproducir mecánicamente modelos de reconstrucción concebidos para circunstancias distintas debe analizarse con calma. Más que repetir fórmulas exitosas o fallidas de otras épocas, el desafío consiste en comprender las condiciones específicas del presente y construir respuestas acordes con ellas.
El terremoto del 10 de agosto presentó diferencias importantes respecto al de 1999, que conviene tener en cuenta. La más evidente fue su magnitud. El sismo de este año alcanzó los 7,4 en la escala de Richter y el de 1999 fue de 6,2. La diferencia no es menor, pues se trata de una escala logarítmica, de modo que el evento más reciente liberó una cantidad de energía considerablemente mayor que la del anterior. Por fortuna, el evento de agosto tuvo una mayor profundidad que el ocurrido hace veintisiete años, lo que contribuyó a moderar, al menos en parte, sus efectos destructivos (Garúa, 2026, 10 de agosto).
Mientras que el terremoto de 1999 produjo ante todo una crisis de vivienda e infraestructura urbana (el 58 % de las edificaciones del Quindío se vieron afectadas (CEPAL & PNUD, 1999)), la tragedia de 2026 parece haber puesto sobre la mesa, además, una crisis de reactivación económica y de sostenimiento empresarial. Tras la tragedia, en Pereira y Dosquebradas se reportaron cierres temporales de empresas, pérdida de empleos, comerciantes afectados, caída de los ingresos familiares y alteraciones en la movilidad.
La experiencia del FOREC mostró que la reconstrucción física, aunque indispensable, no garantiza por sí sola la recuperación económica a largo plazo. Las persistentes dificultades laborales de Armenia en los años posteriores al terremoto sugieren que la reconstrucción de viviendas, colegios y hospitales no estuvo acompañada de una transformación equivalente de las condiciones productivas y del empleo. Mientras cerca de 54.000 personas buscaban trabajo, la economía regional generó apenas unos 22.000 nuevos empleos. Las obras de reconstrucción amortiguaron el impacto de la crisis, pero no lograron modificar las dinámicas económicas que alimentaban el desempleo regional (CID, 2003).
Por último, mientras operó el FOREC, en el Eje Cafetero no se abordaron temas estructurales como el ordenamiento del territorio (persistió la segregación urbana) ni el precio del suelo (González, 2026), variable determinante para una ciudad en proceso de gentrificación como Pereira. Se corre, además, el riesgo de repetir el error del pasado: desconocer a los actores locales y departamentales y encomendar el proceso a organizaciones más dedicadas a la promoción de ciertos perfiles que a tener en cuenta a la ciudadanía en el proceso de reconstrucción. En últimas, de lo que se trata es del debilitamiento de lo público.
El terremoto, a pesar de su devastación, ofrece una oportunidad poco común para discutir el tipo de región que queremos construir. La peor respuesta sería actuar como si bastara con desempolvar las recetas de ayer para resolver los problemas de hoy.
Referencias bibliográficas
Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID), Universidad Nacional de Colombia. (2003, diciembre). El FOREC como “modelo” de intervención del Estado. Universidad Nacional de Colombia.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) & Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). (1999). El terremoto de enero de 1999 en Colombia: Impacto socioeconómico del desastre en la zona del Eje Cafetero. CEPAL.
González, J. I. (2026, 24 de agosto). El Forec y el fracaso de lo público. SUR. https://www.sur.org.co/el-forec-y-el-fracaso-de-lo-publico/.
Redacción Nacional. (2026, 10 de agosto). De 1999 a 2026: qué tienen en común y qué diferencia a los grandes sismos que han sacudido el occidente de Colombia. Garúa. https://www.garua.org/de-1999-2026-sismos/.
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