Opinión

Niños bien

Poco debería sorprender el chocante video de Isabella Wills porque en últimas Colombia es una fábrica de “niños bien”, educados en la exclusión desde que balbucean

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marzo 22, 2019
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Niños bien
¿Se imaginan a un hijo de senador acudiendo al mismo colegio del hijo de la señora que lava los baños de su casa? Sería fantástico, pues ambos entenderían que son iguales y las Isabella Wills quedarían para el recuerdo

Cada vez que aparece una Isabella Wills, el país se sacude, se mira al espejo. Su video fue chocante porque indispone ver a una joven tan desconectada de la realidad, con la empatía por el piso, hablando y despotricando así de una marcha de docentes, como si tuviese una papa caliente en la boca, mientras exhibe un nivel de antipatía y malquerencia repulsivos. ¿Pero qué nos sorprende? En últimas Colombia es una fábrica de “niños bien” como Isabella, niños que son metidos al sistema educativo cuando a duras penas balbucean, para que sean educados en la exclusión y salgan de ahí a engrosar la fila de “gente bien” ninguneadora.

Cuando el mucharejo ronda los tres o cuatro años, todo padre de familia debe decidir, según el poder adquisitivo y los objetivos académicos del núcleo familiar, en cuál colegio lo matricularán. Por el momento, el 80 % de los niños del país no tiene más opción que la educación pública, y por ende, que ser formados por docentes de Fecode (aunque ello saque de la ropa al senador Álvaro Uribe Vélez). El 20 % restante opta por colegios privados.  Aproximadamente ocho millones de alumnos están en colegios públicos y dos millones en colegios privados. Esa es la proporción.

Hablemos de esa quinta parte que puede formarse en colegio privado. Hace como diecisiete años, buscándole colegio a mi hijo mayor, Daniel, pasé por ese dilema y entendí que no es fácil salirse ni sacar a nuestros hijos de ese sistema de privilegios perverso lleno de fronteras invisibles que alimenta la educación privada colombiana y que no contribuye para nada a mejorar nuestros vergonzosos índices de desigualdad e inequidad. Metemos al muchachito o a la muchachita, creyendo además que lo hacemos por su bien, en burbujas alejadas por completo de la realidad del país en el que por suerte nacieron y los juntamos con niños cuyo entorno y circunstancias son más o menos idénticos.

En los colegios de bono estudian solo niños cuyos padres pueden pagar esa “contribución voluntaria”. En los demás colegios privados, esos que no le piden declaración de renta a los padres ni parecen un club social, el filtro también es económico porque está determinado por el valor de la matrícula y la pensión. Es decir, metemos a nuestros hijos al colegio que nos permita el bolsillo o la capacidad de endeudamiento.

Es tan raro lo otro, que una y otra vez, en la columnas de opinión sobre este tema, sacan a relucir, como única excepción a la regla, lo que hizo Luis Carlos Galán Sarmiento con todos sus hijos: meterlos a colegio público como cualquier cristiano sin privilegios. Lo hizo él y más nadie. ¿Se imaginan a un hijo de senador acudiendo al mismo colegio del hijo de la señora que lava los baños de su casa? Sería fantástico, pues de ahí, con toda seguridad, ambos entenderían que son iguales y las Isabella Wills quedarían para el recuerdo. Pero aquí eso es inconcebible. No pasa. Entre otras razones porque hay claras diferencias de calidad entre los colegios privados y los públicos y ello se evidencia año tras año con los resultados de las pruebas Saber. Así que la excusa es perfecta. Como todo padre desea lo mejor para su hijo y que una vez graduadao pueda acceder a la mejor universidad posible, ni siquiera los políticos meten a sus hijos a esos colegios que deberían respaldar y contribuir a mejorar, y en cuyas aulas deberían estudiar sus escuincles si fuesen coherentes.

 

 

Única excepción a la regla, lo que hizo Luis Carlos Galán con sus hijos:
meterlos a colegio público como cualquier cristiano sin privilegios.
Lo hizo él y más nadie

 

 

¿Sabían ustedes que Ecopetrol le paga la educación a todos los hijos de sus empleados? Pues bien, supongo que no se sorprenderán si les cuento que el colegio más apetecido por los trabajadores de Ecopetrol en Bogotá es el Anglo Colombiano, un colegio cuyos costos de pensión, cafetería y transporte ronda los cuatro millones de pesos mensuales. ¿Por qué ocurre eso? Por la importancia tan enorme que ha adquirido eso que llaman “roce social”. Los amigos de toda la vida son los que se forjan en el colegio, y si son hijos de CEO de multinacionales, de embajadores, de ministros, de senadores, pues mejor. La “gente bien”, esas personas que detestamos porque salen en videos de tanto en tanto vociferando barrabasadas en algún momento de la vida fueron pequeños, fueron “niños bien” cuyos padres hicieron todo lo posible para que solo se juntaran con otros “niños bien” y no se echaran a perder.

Todo padre es selectivo a la hora de rodear a su hijo de extraños. Pero si el filtro para determinar con cuáles niños deseamos que se “mezclen” nuestros hijos es lo abultado de la billetera de sus padres o las conexiones que ellos tengan, aparecerán más tipos como Nicolás Gaviria (el que le gritó al policía en 2015 ¡Usted no sabe quién soy yo!), como Isabella Wills (la indignada porque por “una partida de estúpidos” llegó tarde a su evento en Cine Tonalá en donde se iba a encontrar con creativos que producen “demasiada plata”) o como Luchy Botero, mi excompañera de universidad que ha expresado su molestia con La Minga, porque, palabras textuales, a los “indígenas no los manda nadie, los mantenemos todos y ellos no aportan nada”.

Si un niño pasa más horas despierto en el colegio que en su casa, y si ahí no va a ver nada distinto que "niños bien", ¿cómo se va a enterar que la mayoría de niños de este país, esos que no califican como "niños bien", no tienen acceso a educación de calidad o a las tres comidas o a una vivienda digna? Y ahí es que uno entiende por qué los sistemas educativos más novedosos y exitosos del mundo no son excluyentes como el nuestro. Ahí es que uno entiende la importancia de mezclar al hijo del obrero con el hijo del presidente de la constructora en el mismo salón como hacen los finlandeses, para generar no solo igualdad de oportunidades sino también la necesaria empatía entre clases sociales de la que tanto carecemos. Ahí es que uno entiende por qué este país tan desigual (el segundo más inequitativo del continente) difícilmente dejará de serlo. Y ahí es que uno entiende también por qué la “gente bien” que dirige y gobierna al país, y que fue criada y formada en colegios para “niños bien”, nos tiene en la inmunda.

 

@NanyPardo

 

 

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