Más allá de los partidos y las ideologías, una profunda reflexión ciudadana desarma el discurso del odio y exige un mandatario que gobierne sin tiranía

 - Ni Cepeda ni De la Espriella: el presidente que necesita un país atrapado por el miedo
Texto escrito por: Carolina Bustamante Gutiérrez

No sé quién será el próximo presidente de Colombia. No sé si llegará desde la derecha, desde la izquierda o desde ese centro que siempre promete convertirse en el punto de encuentro de un país dividido. Tampoco sé cuál será su discurso de victoria ni qué tanto cambiará su tono cuando el poder deje de ser una aspiración y se convierta en una responsabilidad. Lo que sí tengo claro es qué debe tener.

Y no hablo de títulos, experiencia administrativa o habilidad para ganar elecciones. Hablo de condiciones humanas y políticas que hoy son indispensables para gobernar un país que parece haberse acostumbrado a vivir con miedo. Porque el próximo presidente no recibirá solamente una economía con problemas, unas instituciones desgastadas o una agenda legislativa compleja. Recibirá un pueblo lleno de miedo, que se ataca entre sí porque ya no sabe cuál opción es la menos temeraria. Ese es, quizás, el mayor desafío que tendrá quien llegue a la Casa de Nariño.

Por eso, el próximo presidente debe tener la capacidad de despolarizar la conversación pública. Debe entender que gobernar no puede consistir en alimentar resentimientos ni en dividir a los ciudadanos entre buenos y malos, según la ideología que profesen. Nos hemos vuelto agresivos, contestatarios y, muchas veces, incapaces de argumentar sin recurrir a la descalificación. Hemos aprendido a defender trincheras políticas con más pasión que nuestras propias necesidades y a justificar aquello que condenaríamos si proviniera del bando contrario.

En nombre de esas lealtades hemos destruido amistades, familias y reputaciones; hemos pasado por encima de principios elementales de justicia y hemos confundido la crítica con la traición. Eso también es miedo: miedo a que el otro piense distinto, miedo a descubrir que no tenemos siempre la razón, miedo a aceptar que el país no se construye eliminando la diferencia.

El próximo presidente también debe tener humildad. Debe despojarse de la vanidad y del ego que suelen acompañar el poder. Debe escuchar, incluso cuando le resulte incómodo hacerlo. Debe entender que las buenas ideas no tienen partido político y que una propuesta valiosa no pierde legitimidad porque provenga de una orilla distinta a la propia.

Nos acostumbraron a creer que lo diferente representa una amenaza y que comprender al otro es una forma de debilidad. Por eso, hemos preferido atacar antes que entender, y el resultado ha sido una ciudadanía cada vez más ignorante frente a las razones ajenas y más convencida de que el desacuerdo es motivo suficiente para anular al otro. Y la ignorancia, cuando se combina con el miedo, se convierte en una de las expresiones más peligrosas de intolerancia.

El próximo presidente debe gobernar para el pueblo y no para los intereses de quienes lo ayudaron a llegar al poder. Colombia no aguanta otro tirano, otro líder convencido de que la voluntad popular le concede licencia para hacer cualquier cosa. No queremos más discursos que hablen de igualdad mientras se normalizan alianzas con delincuentes, se reparten entidades como cuotas burocráticas o se justifica la presencia de mafias, clientelismo y corrupción en las instituciones del Estado.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Tenemos miedo porque ya no sabemos quién le es fiel a su dignidad como servidor público y quién está dispuesto a negociar principios por conveniencia. Es como vivir rodeados de lobos sin saber cuál de ellos todavía entiende que su deber es proteger el rebaño.

El próximo presidente también debe comprender que gobernar no es reaccionar. Las redes sociales han degradado el debate público hasta convertirlo, muchas veces, en una competencia de ofensas, simplificaciones y ataques permanentes. Por más mediáticas que resulten, no pueden marcar el ritmo ni la altura de una presidencia.

Necesitamos un mandatario que defienda a Colombia desde la serenidad y el criterio; no desde versos improvisados, mensajes impulsivos o discusiones que terminan rebajando la dignidad del cargo. Un jefe de Estado no puede dedicar su tiempo a responder comentarios cargados de odio ni gobernar pendiente de la aprobación instantánea que ofrecen las plataformas digitales. Un país necesita liderazgo, no administración de tendencias.

El próximo presidente debe ser, además, un educador. Necesitamos que desde el Gobierno se enseñe nuevamente el valor de las instituciones; que se recupere el respeto por los órganos de investigación, control y sanción; que se entienda que reclamar no es sinónimo de gritar y que disentir no obliga a destruir. Necesitamos que nos recuerden que los recursos públicos son sagrados porque pertenecen a todos y que la corrupción no es una falta menor ni una práctica inevitable, sino una traición directa a los ciudadanos.

Durante demasiado tiempo hemos visto cómo quienes administran el Estado lo convierten en caja menor de intereses particulares. Y el miedo aparece otra vez porque sentimos que ya no quedan herramientas suficientes para contener una corrupción que ha desangrado instituciones enteras.

El próximo presidente debe tener equilibrio. El populismo y la demagogia han demostrado su enorme capacidad para seducir electores y su peligrosa facilidad para comprometer el futuro. Colombia necesita decisiones tomadas desde el argumento y la evidencia, no desde la conveniencia política del aplauso fácil. Necesita gobernantes capaces de pensar más allá de la próxima encuesta y de asumir el costo de decir verdades incómodas cuando el país las necesita.

Finalmente, el próximo presidente debe ser de todos los colombianos. Ya tuvimos suficientes gobiernos administrando afectos y castigos. Ya vimos lo que ocurre cuando una mitad del país siente que gobierna mientras la otra mitad espera resignada el siguiente turno para cobrarse la revancha. Así no se construye democracia; así se perpetúan resentimientos. No podemos seguir creciendo por un tiempo a costa del deterioro de otros. No podemos hablar de paz mientras convertimos al contradictor en enemigo. No podemos pedir reconciliación mientras gobernamos para unos pocos.

Quiero un país donde las próximas generaciones se sientan orgullosas de avanzar y no condenadas a repetir nuestras mismas fracturas; un país donde cambiar de opinión no sea un acto de traición y donde pensar distinto no implique renunciar a la posibilidad de convivir. Porque, al final, el verdadero reto del próximo presidente no será ganar debates ni acumular reformas. Será gobernar una nación cansada de desconfiar, agotada de odiarse y asustada de equivocarse otra vez.

Y ojalá quien llegue a ocupar el cargo entienda que el miedo no puede seguir siendo el principal motor de nuestras decisiones, porque los colombianos ya no necesitamos un salvador. Necesitamos un presidente que nos devuelva la sensatez, la decencia y la capacidad de reconocernos, incluso en medio de nuestras diferencias. Alguien que nos recuerde que este país no se construye cuando unos vencen a otros, sino cuando todos dejamos de tener miedo de caminar juntos hacia el mismo lado.

También le puede interesar:

Anuncios.

Por Nota Ciudadana

sección de periodismo ciudadano y colaborativo donde cualquier persona puede publicar sus propias historias, denuncias, noticias o relatos de primera mano. Es un espacio abierto para dar voz a miradas regionales y alternativas a los medios tradicionales en este portal independiente colombiano.