Texto escrito por: Andrés Óliver Ucrós y Licht
El 21 de junio de 1926, el llanto de Luis Abdón Arévalo Cuéllar se escuchó por primera vez en una pequeña vereda cercana a Maripí, Boyacá. Hijo de Rosalvina Cuéllar y Mamerto Arévalo Wilches, llegó al mundo en el seno de un hogar de estirpe trabajadora y labriega. En aquel entonces, Colombia transitaba por los últimos días del mandato de Pedro Nel Ospina para dar paso a Miguel Abadía Méndez, cerrando el ciclo de la Hegemonía Conservadora en medio de un optimismo macroeconómico sin precedentes que empujaba un PIB histórico del 7,39%.
Sin embargo, la aparente opulencia de las grandes capitales contrastaba con la dureza de la vida rural. La infancia de Luis Abdón estuvo marcada por la volatilidad de la violencia partidista; un episodio crucial en su memoria temprana —el día en que su tío Andrés debió proteger a la familia de un ataque inminente de las luchas bipartitistas entre chulavitas y cachiporros ante la ausencia de su padre— lo que precipitó un éxodo temprano. En 1936, la familia abandonó el campo para buscar refugio en Chiquinquirá.
En este municipio, la urgencia de sostener a una familia numerosa obligó al joven Luis Abdón a abandonar sus estudios formales para sumergirse por completo en el mundo del comercio. Fue allí donde brotó de forma temprana la chispa del visionario. Hacia 1943, en plena Segunda Guerra Mundial y ante la parálisis de las importaciones de plástico, identificó en la tagua —el "marfil vegetal" de los bosques andinos— la materia prima perfecta para la innovación. Junto a su hermano José, tuvo su primera fábrica de adornos y juguetes, capturando con éxito el mercado local a través del ingenio propio.
Motivado por una inquietud natural, en 1947 parte hacia México en búsqueda de un sueño artístico. Sus años en tierras aztecas funcionaron como un crisol formativo: incursionó en las artes escénicas —adquiriendo ese carisma y extroversión que pulirían su genialidad para las ventas y el mercadeo— y se formó rigurosamente en los laboratorios de la industria química. Allí conoció al tecnólogo Otto E. Hintze, con quien descifró las fórmulas técnicas para edificar una industria de pinturas en su propia patria.
En octubre de 1956, tras retornar a Colombia, fundó PHILAAC (Pinturas Hintze & Luis Abdón Arévalo Cuéllar), emprésito industrial que inició en una modesta casa del barrio 20 de Julio en Bogotá, trabajando codo a codo con sus operarios en la elaboración minuciosa de lacas nitrocelulósicas. Bajo su liderazgo, la firma conquistó la soberanía tecnológica, logrando hitos como el lanzamiento de esmaltes sintéticos automotrices en 1970, la producción de sus propias resinas en 1991, con la llegada de esmaltes Masglo en 1993, para independizar su cadena de calidad y la creación del producto ecológico Kid Vinilo en 2006. Luego, la Fundación Convivencia para la educación empresarial del país. Ya todo esto lo relatarán con lujo los autores.
Epidemología social: diagnóstico del DANE en 100 años
Miremos los datos históricos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) que revelan la magnitud de la obra de Luis Abdón. Al reconstruir los censos y las variables demográficas de la Provincia de Occidente en la década de 1920, podemos evidenciar que el industrial nació bajo un sino casi inmodificable de imposibilidad de acceso a canales de ascenso económico y social: en Maripí de 1926 el analfabetismo rural superaba el 70%, la mortalidad infantil era no mejor que en la Edad Media; la economía regional dependía de un minifundio de subsistencia atado a los trapiches de miel de caña donde solo los personajes principales del pueblo calzaban zapatos. Las oportunidades legítimas de movilidad social eran prácticamente inexistentes y Luis fue un rebelde exitoso ante esas condiciones contra todo pronóstico.
El contraste numérico de un siglo evidencia que las trampas estructurales persisten. En 1926, el sistema excluía de entrada al 70% de la infancia y forzaba la deserción de más del 80% antes de tercer grado; hoy, la deserción se concentra en la media técnica rural, donde el 15% de los jóvenes abandona las aulas de clases por la minería. En el mercado laboral, la informalidad en Maripí apenas varió en un siglo: pasó de un 85% agrícola a un persistente 82.5% en la ruralidad dispersa actual. Un análisis retrospectivo del Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) sitúa las privaciones del campo en un crítico 90% frente al 22,4% contemporáneo, donde el escaso logro educativo sigue bloqueando el ascenso económico y social. Finalmente, aunque los boletines epidemiológicos muestran que la esperanza de vida se duplicó de 34 a 76 años, el entorno rural moderno continúa reproduciendo el mismo estancamiento socioeconómico del pasado. Se vive más, pero no mucho mejor.
Así, si avanzamos el reloj un siglo hasta este año 2026, podemos ver cómo un hogar que surge en las bases más vulnerables de la pirámide económica, tarda en promedio once generaciones (cerca de trescientos años) en ascender a un estrato de ingresos medios. Aunque en cien años Maripí diversificó su economía con la explotación esmeraldífera y expandió su cobertura básica, las barreras para los niños de las veredas siguen siendo casi infranqueables.
Hoy en día, la falta de retornos laborales de calidad provoca que el canal de ascenso social genuino siga clausurado para las mayorías, perpetuando la trampa antropológica de que "quien nace pobre, muere pobre", y empujando a los jóvenes a creer que las únicas vías de escape son por medio de la ilegalidad.
Un llamado al empresariado colombiano
¿Cómo logró Luis Abdón Arévalo Cuéllar subvertir un destino que al Estado colombiano le cuesta once generaciones disolver? Su respuesta no radicó en los atajos de la ilegalidad ni en las prebendas del presupuesto público, sino en una fórmula de insurgencia ética: el saber técnico y una aguda lectura de las oportunidades.
En lugar de ceder a la desesperanza del entorno, Luis Abdón supo conectarse con las necesidades reales de las familias colombianas. Encontró en el exterior —específicamente en el crisol comercial de México y el saber técnico de un químico alemán— el conocimiento mercantil y la rigurosidad científica necesarios para competir en un mercado dominado por corporaciones transnacionales. Y en su retorno halló en su propia familia el respaldo moral, la fuerza de trabajo y el capital inicial para blindar una autonomía que no pudo hallar por fuera de ese círculo afectivo genuino.
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