Opinión

Navidad en septiembre

Por:
septiembre 22, 2014
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Medellín. Martes. 3:30 p. m. Calle San Juan.

El taxi en el que viajo lleva cinco minutos detenido en un trancón.
El taxista y yo revisamos con detenimiento: él un paquete de varios CD piratas que el vendedor del semáforo le entregó veinte metros atrás y yo los mensajes acumulados en mi celular.

De un momento a otro y desde la radio, el locutor de la emisora que el taxista hace sonar unos cuantos decibeles por arriba de lo saludable, suelta una frase que me estremece: "En Olímpica desde septiembre, se siente diciembre".
Acto seguido la pegajosa canción decembrina hace crujir los parlantes ayudada por algunos decibeles más que el taxista, en franca solidaridad navideña, le acaba de sumar.

—¡Eso es lo que me gusta de Medellín!

Dice con evidente sinceridad el conductor.

—Que aquí sí sabemos ser felices.

Yo le devuelvo por cortesía una sonrisa forzada y un entre dientes, pero me quedo pensando, al amparo de las notas de Rodolfo Aicardi, que la vaina es todo lo contrario.

Las lejanas navidades de mi infancia empezaban el primero de diciembre.
Ahora el calendario comercial impone que mientras se guardan las máscaras del 31 de octubre, se saquen las lucecitas para iniciar el festejo navideño.

Y ese desfile de renos, de trineos, de villancicos y de anuncios comerciales, cada año más anticipado, no me parece más que un signo de profunda infelicidad colectiva.

Solo una sociedad incapaz de celebrar el día a día se obsesiona con alargar o anticipar la que parecería ser su única época de celebración.
Si el disfrute nos fuera inculcado como un valor a cultivar diariamente y no como una desviación peligrosa, entonces pondríamos serios esfuerzos en dedicar al menos un momento de nuestros días al goce y muy posiblemente hubiéramos crecido encontrando pocas diferencias entre un 3 de septiembre y un 8 de diciembre.

El chico que me atiende en el banco, la empleada del juzgado, el mensajero de la empresa o el taxista que me lleva zigzagueando entre los buses de San Javier, percibo, se rompen el lomo trabajando de enero a noviembre y ven al último mes como un oasis. Y sienten que si ese abrevadero se anticipa, ¡aleluya!

¿Y es que en otros países no hay personas quebrándose la espalada en empleos agotadores?
¡Claro que sí! Pero, para solo poner un ejemplo, en España la práctica totalidad de las personas salen de su trabajo y antes de llegar a casa hacen una escala técnica y emotiva en lo que ellos mismos llaman el bar de la esquina.
Parecería algo insignificante, pero no lo es.
Se trata de un reconocimiento diario y cotidiano de ese derecho personal al goce, a la festividad, al placer.
Ese solo hecho, por ejemplo, hace que sea excepcionalmente raro encontrar un borracho inconsciente tirado en las calles de Madrid (exceptuando los turistas desbocados). Y esa fotografía, tan cotidiana en nuestras noches de fin de semana, es tan poco común en España por la simple razón de que esa sociedad tiene una relación diaria y sosegada con el licor, mientras que la nuestra represa y proscribe la pulsión por el goce etílico para luego liberarla de golpe y de una manera desbocada, los fines de semana.

Claro que existe un tiempo para la celebración y uno para el trabajo, pero la sociedad en la que crecí, exaltó siempre —y exalta hoy— la devoción por la faena laboral, mientras desdeña el ocio y el disfrute de los sentidos. Y desde esa perspectiva es posible construir una sociedad productiva, rica, lustrosa y eficiente (digo que es posible, no que se haya hecho), pero no una sociedad feliz.

 

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