Opinión

Nació un escritor

¡Es un gran novelista y es de la Amazonia colombiana! Cuando terminé de leer “La rastra” pensé, si yo fuera Duque, le diría, “profesor Rodrigo Carvajal Valdés: Así te querí”.

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febrero 03, 2021
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Nació un escritor
La primera obra de Rodrigo Carvajal Valdés se llama" De bonanzas y desdichas", un tríptico en construcción,. Foto: Jesús María Cataño

Por fin… una buena noticia: ¡Nació un escritor! ¡Es un gran novelista y es del sur! Mejor, ¡de la Amazonia colombiana!

Sí, es de allá, de donde solo hay noticias malas, de sangre y de coca, de guerras y desastres ambientales, de pobres y desplazados, de indígenas y campesinos victimizados. De la Amazonia no hay noticias buenas porque allá no nacen presidentes, ni ministros (excepto Rivera), ni generales (bueno, exceptos generales de la guerrilla), ni ricos empresarios (excepto unos cuantos narcos), no nacen obispos ni magistrados. No nacen académicos de renombre o renombrados (ya les conté que Dolly Montoya, la rectora de la Universidad Nacional, es de Pereira, no de Florencia). De la Amazonia colombiana no hay noticias buenas, pero hay muchas cosas buenas. Veamos.

Chiribiquete, el mayor templo de la cultura humana en América del sur, puede tener 20.000 años de construido (Castaño-Uribe). La joya rupestre de La Lindosa, que le sigue en importancia y majestuosidad, tiene 12.600 años (Morkote-Ríos). El centro del mundo -si el mundo tiene centro y está centrado-, según los herederos depositarios de las culturas amazónicas, queda en la “quebrada Pama, en la parte media del rio Cahuinarí. Allí el dios Niimue, creó el mundo de un pedazo de su cuerpo”. O en Araracuara, en el río Caquetá, o en Jirijirimo, del río Apaporis, usted escoja. No necesariamente el centro del mundo es Jerusalén o La Meca o Pekín.

Es que hasta un tipo tan culto como Felipe Fernández-Armesto, en su libro Civilizaciones. La lucha del hombre por controlar la naturaleza (Taurus, 2002), asocia la idea de “civilización” a la capacidad de la especie humana de transformar el hábitat, el medio natural, para su servicio. Y afirma: “las civilizaciones suelen explotar excesivamente su entorno, con frecuencia hasta el punto de autodestruirse. Si se tienen en cuenta ciertos propósitos -incluyendo en algunos medios, la propia supervivencia-, la civilización es una estrategia arriesgada e incluso irracional”.

Tal vez por eso, porque las civilizaciones indígenas de la cuenca amazónica no alcanzaron a destruir el medio natural -aunque lo transformaron de forma costosa, ni más faltaba-, los gobiernos, las instituciones occidentales y hasta los académicos y escritores, han ignorado y han ocultado la historia de los pueblos y las culturas en la selva húmeda tropical.

Solano, Caquetá. Foto: Jesús María Cataño

Está claro que las civilizaciones se consolidan en algún hábitat natural, pero luego se expanden, se desplazan, se entrecruzan y hasta se transforman o desaparecen. Todo eso ha ocurrido en la Amazonia colombiana. Y de eso trata la primera novela de nuestro naciente escritor: del encuentro de civilizaciones y de culturas: andinas, del pacífico, de los llanos, de las costas colombianas, brasileras y ecuatorianas, y hasta del Mediterráneo europeo, con los pueblos originarios de la Amazonia: coreguajes (korebaju), uitotos (murui), mirañas, ocamas, boras, entre otros: se trata de narrar, una vez más, después de La Vorágine y de Toa, la epopeya y la tragedia de la colonización en tiempos ya de la cuarta guerra de la Amazonia.

La primera obra del novel escritor se llama De bonanzas y desdichas, un tríptico en construcción. La apertura es La Rastra, la que ya leí y que me encantó, aunque está aún en edición. Viene la segunda del tríptico, que seguramente será La coca, y habrá un finale, que espero sea más allegre.

Se trata -no podría ser de otra manera, cuando el que habla es hijo de un maestro-, de una novela histórica. Groseramente histórica. Sin cambiar los nombres, los apodos, los tiempos o los lugares de los personajes, excepto los que siguen vivos.

El contexto histórico es el extractivismo. Veamos:

-Abuelo -lo interrumpió Celso – usted sabe mucho.

-La lectura y la vida, nieto. Hay que leer pero también vivir. Y lo que no he leído, lo he vivido. Hay gente que vive muerta. No se da cuenta de nada. Sólo vegetan, como cerdos en sus piaras. Y lo peor, Celso, llevan una vida miserable y alaban a sus verdugos. Nuestra familia, mi niño, los que estamos viviendo aquí en San Roque, nos hartamos de jornalearle a los ricos, hace ya casi treinta años, y cogimos estos baldíos y ya verá, mañana lo llevo a conocer las chagras tan bonitas que tenemos. Pero déjeme terminar lo que venía diciéndole de la quina. (…)

-Las bonanzas, Celso, lo son siempre para los ricos. Para los pobres, paradoja cruel, son solo desdichas. Díganmelo a mí, que he sufrido cuatro de ellas.

-Cómo así que cuatro de ellas, abuelito. -Lo interrumpió Celso.

-Claro que sí, hijo. La primera fue el oro. Aprendí a barequear y a caminar al mismo tiempo. Escarbé por playas y barrancos en muchos ríos de la costa Pacífica, acompañando a mi padre, (…) antes de venirnos a estas selvas, siendo yo muy niño. ¿Qué conseguimos? Miseria y enfermedades. Mi abuelo paterno murió de cáncer de garganta siendo aún joven. Lo mató el mercurio.  (…)      

-La segunda, la quina, de la cual le estoy hablando.

-La tercera, el caucho, esa sí que fue cruel. Un verdadero holocausto. Miles de hermanos indígenas esclavizados, perseguidos y cazados como venados. Fue muy famoso por los lados del medio Caquetá, en esos menesteres sangrientos, un tal Manchola, apodado el juansoquero, en socia con un genocida peruano de apellido Arana.

-La cuarta, la presente, que llaman bonanza de las maderas finas, otra cruel historia, ¿qué está dejando?

-Selva destruida, animales silvestres sin casa (…) Viudas por decenas, huérfanos traumatizados, aserradores amputados, venganzas sazonándose al fuego bajo de las brasas…”.

Había entonces, y ahora, curas buenos y curas malos, pero sobre todo, exterminio de las culturas originarias:

“Aquel minúsculo señor feudal, con ínfulas de monarca, se rumoraba con insistencia, fue en su juventud miembro activo de la Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale, los temidos Camicie Nere, en la Italia fascista de Mussolini. Devino en ministro de Dios, compelido por la hambruna y el aterrador desempleo de post guerra en la Italia liberada”.

En cambio, de otro cura cuenta que “Amaba realmente al prójimo y era muy deliberante y crítico frente a las injusticias sociales. (…)

-La verdadera religión, -le oí decir muchas veces en sus sermones, -debe siempre estar del lado de los humildes, orientándolos claramente sobre cómo luchar por sus derechos. Rezar no es suficiente. (…) Fue partisano, esto es, combatiente clandestino en las filas de la resistencia antifascista, en la zona de El Alto Adige, durante la ocupación por el Tercer Reich de este territorio norteño de su patria, fronterizo con Austria, en la Segunda Guerra Mundial, cumpliendo misiones muy puntuales como francotirador detrás de las líneas enemigas.” (…) 

De la Amazonia no hay noticias buenas, pero hay muchas cosas buenas.
Foto:Jesús María Cataño

En otro aparte relata que, para sobrevivir, los colonos mataban charapas. “No había opción distinta. Abundaba la miseria, la comida escaseaba. Comprendí desde entonces que el hambre no entiende de ecologismos y que la lucha por la supervivencia es, per se, amoral e insolidaria, instintiva, brutal, objetiva, por lo general egoísta. Darwinismo puro.”

Luego describe un paraíso natural transformado en infierno: Araracuara. Desde los años treinta, las élites liberales, apoyadas por las conservadoras, llevaron al “centro del mundo” a miles de presos políticos, marihuaneros, ladronzuelos y otros inocentes, con el propósito de que luego de pagar la pena, colonizaran la Amazonia, como cuenta Mariano Useche. Ese fue el caso de “Burundanga, mujeriego irredento, parlanchín y bullanguero, (que) fue por varios años inquilino obligado de la Colonia Penal y Agrícola de Araracuara, se decía, por violar a una novicia en Tarqui, aldea vecina a su pueblo natal”.

El novelista no se para en formalismos, cuando de caracterizar la colonización se trata: “El Estado colombiano, en su ceguera política e irresponsabilidad ecocida, corroído por el cáncer de la codicia, convirtió por decreto el tesoro biológico de la selva amazónica en puta barata de la cual todo mundo podía recibir favores. Quien llegaba y quería fundarse, encontraba espacio.”

Cuando terminé de leer La Rastra, a veces enrojecido de pena, a veces adolorido e indignado, a veces cagado de la risa, también se me despertó la imaginación:

Si yo fuera Pacho de Roux, director de la CEV, aprovecharía la novela para construir el contexto histórico del conflicto armado en la Amazonia. Si fuera María Victoria Angulo, la Ministra de Educación, convertiría la novela en texto obligatorio de biología, tal vez de historia patria y de literatura. Si fuera Francisco, el papa, aprovecharía la novela para ampliar Laudato Si. Si fuera Biden, prohibiría, mediante decreto ejecutivo, la extracción de petróleo y de oro, también en la Amazonia. Si yo fuera Duque, le diría, “profesor Rodrigo Carvajal Valdés: Así te querí”.

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