Texto escrito por: Iván Coello Ángel
Debería existir un premio internacional para el país que más horas invierte en pelear políticamente sin mover un solo ladrillo. Si existiera, Colombia probablemente lo ganaría por unanimidad, con menciones honoríficas incluidas. Cada elección parece confirmar el mismo veredicto: elegimos a quienes hacen de la confrontación su principal oficio y relegan a un segundo plano la razón por la que fueron elegidos. Porque conviene recordarlo: los cargos públicos no existen para ejercer la política como un fin en sí mismo, sino para administrar un país, resolver problemas y servir con eficacia a los ciudadanos. Lo demás es ruido. Y el ruido, por sí solo, nunca ha construido una nación.
La oportunidad consiste, precisamente, en dejar de hacer lo mismo. Sin embargo, Colombia parece empeñada en repetir el mismo libreto elección tras elección: elegir a quienes convierten la política en una guerra de trincheras. Antes incluso de que exista un nuevo gobierno, Iván Cepeda, hablando en nombre de la izquierda, ya anunció que, si Abelardo de la Espriella llegara a ser elegido legítimamente por los colombianos, no reconocerá su gobierno y que toda su labor desde la oposición estará orientada a obstaculizar su gestión. Es la confirmación de una vieja costumbre nacional: aquí la campaña nunca termina; simplemente cambia de escenario. Gobernar deja de ser el propósito. Impedir que gobierne el otro se convierte en la verdadera agenda.
En la pirámide de prioridades del poder, los colombianos jamás ocupamos el primer lugar. Siempre quedamos relegados a un segundo plano mientras la gobernanza se reduce a una guerra permanente entre el Legislativo y el Ejecutivo. Su mayor momento de gloria parece consistir en atacarse con frenesí, bloqueándose mutuamente con una eficacia admirable. Si hay algo que hacen con disciplina, eficiencia y efectividad, es frenar el progreso del país mientras los ciudadanos quedamos convertidos en simples espectadores de sus disputas.
Somos tan malos electores que, con demasiada frecuencia, elegimos una oposición que no trabaja para los colombianos, sino exclusivamente para oponerse al gobierno de turno. Amenaza con incendiar el país y anuncia, incluso antes de que empiece un nuevo mandato, que no dejará gobernar al presidente que venga. Pero de esta enfermedad tampoco están exentos quienes llegan al poder. Los mandatarios suelen gobernar con la misma obsesión: combatir a toda costa a la oposición, convertir la diferencia en enemistad y caer en un fanatismo que les hace desperdiciar un tiempo invaluable para construir nación. Mientras ellos libran su guerra política, nosotros, los ciudadanos, dejamos de existir. Eso no es democracia vigorosa; es un sabotaje permanente contra Colombia y contra los intereses del pueblo.
Una oposición que solo vive pendiente de lo que hace, dice, piensa o incluso siente el presidente, termina convirtiéndose en un obstáculo para todo aquello que el país necesita para avanzar. Del mismo modo, un gobierno cuya prioridad es derrotar a sus contradictores antes que resolver los problemas nacionales produce exactamente el mismo daño. Así, los colombianos quedamos huérfanos de representación, ignorados por todos los sectores del poder, llámense oposición, Legislativo o Ejecutivo. Porque, mientras ellos se dedican a destruirse entre sí, el único que termina derrotado es Colombia.
Aquí elegimos presidentes para administrar un país, pero terminan administrando peleas. Elegimos oposiciones para controlar al poder, pero acaban dedicadas a controlar el estado de ánimo del presidente. Entre tanto, el ciudadano, que ingenuamente creyó haber votado por administradores públicos, descubre que en realidad financia una temporada más del reality político más costoso de América Latina.
Nosotros, los ciudadanos de Colombia, pagamos la suscripción obligatoria a este reality mediante impuestos, no importa quién llegue, cambian los nombres, cambian los colores, cambian los discursos. Si yo como ciudadano critico a la oposición, todo un batallón de fanáticos se irá en contra mía para destruirme. Si yo como ciudadano critico al presidente, ocurre lo mismo.
Pero el libreto permanece intacto desde hace décadas. El presidente cree que fue elegido para derrotar a la oposición. La oposición cree que fue elegida para derrocar al presidente. Y Colombia…, bueno, Colombia puede esperar otros cuatro años, total, lleva esperando más de dos siglos.
No reconocer los resultados, la táctica
Ahora comienza otra temporada, Cepeda ya anunció que no reconocerá a De la Espriella, elegido en una contienda democrática. La noticia ni siquiera sorprende. En Colombia ya no importa quién gane las elecciones; lo realmente importante es quién será el primero en anunciar que no reconoce el resultado.
Es casi una tradición republicana. Mientras tanto, De la Espriella empieza a caer exactamente donde muchos quieren verlo caer: responde, contesta, se indigna. Lo bueno es que tendrá un buen empalme, con un equipo competente, y en esto no pierde tiempo. Algo bueno debía tener, porque aparentemente, Abelardo sí tiene ganas de administrar bien el país sin perder el tiempo.
Lamentablemente, el presidente electo ya dedica horas a quienes sueñan con verlo fracasar. Porque esa siempre ha sido la estrategia de la oposición en la historia de Colombia, que el presidente gobierne mirando el retrovisor. Que el país avance, nada que ver, solo cuando haya tiempo.
No eligieron a Cepeda para vivir obsesionado con el presidente. No eligieron a De la Espriella para vivir obsesionado con Cepeda. Los eligieron para trabajar, pero eso parece ser un detalle administrativo.
Resulta aterrador que en Colombia el verbo gobernar sea casi siempre conjugado como si significara discutir. Mientras los dirigentes descubren un nuevo escándalo cada cuarenta y ocho horas, hay hospitales esperando decisiones, carreteras esperando mantenimiento, empresarios esperando reglas claras, jóvenes esperando oportunidades y regiones enteras esperando que algún funcionario recuerde que existen.
Pero, claro, todo eso puede esperar. Primero hay que responder el último trino. Porque las redes sociales parecen haberse convertido en el verdadero Consejo de Ministros de la República.
Dios no lo quiera, pero si mañana Colombia enfrentara un terremoto como el que recientemente golpeó a Venezuela, probablemente el primer comité de emergencia sería para determinar de quién fue la culpa política del movimiento de las placas tectónicas. Después vendrían las ruedas de prensa, después las investigaciones, después las comisiones, y quizá, muchos meses después, la reconstrucción, si alcanza el presupuesto y si todavía queda tiempo entre tanta pelea.
Hace unos días recordaba una escena de la película, “La Señora Harris va a París”. La Casa Dior enfrentaba dificultades. Había dos caminos, seguir haciendo exactamente lo mismo o innovar. Dior eligió lo segundo.
Comprendió que, si las personas no podían llegar fácilmente a Dior, Dior podía llegar hasta ellas mediante perfumes, accesorios y nuevos productos. No cambió su esencia, cambió su estrategia y sobrevivió. Qué idea tan revolucionaria. ¿Será que el gobierno y la oposición podrán llegar al pueblo alguna vez?
Hacer algo diferente, tocaría hacer exactamente todo lo contrario a lo que se hace en la política colombiana, cuya principal innovación consiste en repetir con extraordinaria disciplina los errores de siempre.
También pensaba estos días en Antonino Pío, emperador romano. Qué personaje tan incómodo, pero altamente necesario. Un precursor del estoicismo y el servicio a los demás. Gobernó durante más de dos décadas, trajo estabilidad, fortaleció la administración. Protegió incluso a los esclavos mediante normas que hoy llamaríamos de derechos humanos. Y cometió un error imperdonable para los estándares modernos: gobernó y no convirtió a la oposición en una obsesión diaria.
Y, para desgracia de sus adversaries, estos tampoco encontraron demasiados motivos para incendiar el imperio cada semana. Qué falta de espectáculo, seguramente hoy tendría muy pocos seguidores en redes sociales, porque la política contemporánea parece premiar más al que grita que al que administra.
En Colombia confundimos permanentemente el liderazgo con el protagonismo. El estadista construye puentes. El político profesional construye enemigos. El primero deja obras, el segundo deja entrevistas. Y curiosamente las entrevistas duran más que algunas carreteras.
La inteligencia artificial observa todo este espectáculo con cierta perplejidad. Si mañana tuviera que administrar Colombia, probablemente empezaría por algo escandalosamente sencillo: obligar al Estado a funcionar, digitalizar completamente los trámites, eliminar buena parte de la burocracia inútil, profesionalizar el servicio público, blindar la contratación contra la corrupción, invertir obsesivamente en educación, ciencia e innovación, preparar al país para los desastres naturales antes de que ocurran, construir infraestructura antes de inaugurar discursos, y, sobre todo, lograr un pacto mínimo mediante el cual gobierno y oposición entiendan que destruir al otro no constituye un indicador económico.
Cuando el ego gobierna, todo se convierte en competencia. Cuando el propósito gobierna, aparece la construcción. Y Colombia ya lleva demasiadas décadas celebrando el mismo rito, tal vez haya llegado el momento de intentar algo verdaderamente revolucionario: que el gobierno gobierne, que la oposición controle sin sabotear, y que, por primera vez en mucho tiempo, el ciudadano deje de ser el único colombiano que siempre pierde las elecciones, sin importar quién las gane.
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