¡A mí me van a matar! Cuando la muerte acechó a Carlos Pizarro

La izquierda colombiana lo arropó con su presencia para darle el último adiós, tras el asesinato en el avión que lo llevaría a Barranquilla

Por: Oscar Mauricio Pabón Serrano
Abril 25, 2018
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¡A mí me van a matar! Cuando la muerte acechó a Carlos Pizarro

El 26 abril se conmemoran 28 años del magnicidio de Carlos Pizarro Leongómez, un asesinato que nos recuerda el eterno retorno de la violencia en Colombia y que evidenció las insuperables barreras para encontrar una salida negociada al conflicto armado. En los actuales tiempos, cuando las expectativas del posconflicto se diluyen en algunos aspectos y cuando el proceso de paz atraviesa una delicada crisis por cuenta de las acciones de las disidencias de las Farc, los líos judiciales de Jesús Santrich, las diferencias entre los excomandantes, el asesinato sistemático de líderes sociales, el incumplimiento de algunos puntos vitales del acuerdo y la polarizada campaña presidencial, es recurrente hacer un ejercicio de memoria nacional a partir de la violenta e impune muerte de Carlos Pizarro. Aclaro que la siguiente nota corresponde a una versión actualizada de una crónica publicada en un periódico universitario.

En junio de 2016, cuando se firmó el acuerdo sobre el cese al fuego definitivo entre el Gobierno y las Farc y en medio de las expectativas generadas por el posible fin de una guerra que inició en 1964, se presentó en Colombia la novela póstuma del reconocido escritor “mexicano” Carlos Fuentes, una apasionante historia sobre la combativa vida del comandante del M-19 Carlos Pizarro. Esta novela, publicada por la editorial Alfaguara con el título Aquiles o El guerrillero y el asesino, no se presentó en aquella fecha por efectos de una anodina casualidad, en este mundo y en este país todo es causalidad. Vale subrayar que Carlos Fuentes trabajó en este manuscrito durante los últimos 20 años de su vida, él no quiso escribir una biografía de Carlos Pizarro, sino una crónica de su relación con Colombia; el primer borrador lo tuvo listo en 1994, a finales del 2007 dio a conocer otros avances y la muerte lo sorprendió en mayo de 2012 cuando aún trabajaba en esta novela. Así las cosas, correspondió al editor peruano Julio Ortega armar el rompecabezas que dejó Carlos Fuentes, quien según su esposa —Silvia Lemus— no quiso entregar su libro mientras el conflicto más antiguo de América Latina no llegara a su fin, razón por la que su publicación coincidió con la última fase de la negociación celebrada en La Habana durante el segundo semestre del 2016.

En esta nota no se pretende reseñar la novela de Carlos Fuentes sobre el “comandante papito”, sino denunciar el poquísimo respeto que en Colombia se tiene por la vida, la palabra y los acuerdos, siendo el asesinato de Carlos Pizarro una prueba más del que pareciera ser el lugar más común de nuestro relato nacional. Pero antes de referirme a este tema, no puedo pasar por alto el episodio que Fuentes describió en el segundo capítulo de su novela sobre el “Aquiles Colombiano”, cuando trató de esbozar los antecedentes del fenómeno que incendiaba el país: la violencia.  Me refiero a la conversación que Carlos Fuentes recordó haber tenido con su intelectual amigo colombiano Jorge Gaitán Durán —recuerdo que le vino una vez se enteró de la muerte de Pizarro en abril de 1990—, quien en aquella charla le aclaró a su compañero mexicano que “el interés de la oligarquía es que no haya Estado en Colombia, que haya violencia pagada por los pobres en el nombre de dos membretes que dejan de existir apenas se encuentran un conservador y un liberal […]. No hay nada en Colombia, no hay Estado, no hay nación, no hay memoria. Hay rencores vivos. Solo hay amor y odio” (Fuentes, 2016). Gaitán Durán, aquel pensador pamplonés que el 9 de abril de 1948 se tomó las instalaciones de la radiodifusora nacional para convocar el levantamiento popular por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y que en la década de los cincuenta reunió en su proyecto editorial a los más importantes intelectuales de la nueva generación hispanoamericana, confesó a su amigo Carlos Fuentes que los poderes tradicionales en Colombia fueron sustituidos intencional y estratégicamente por una violencia atizada por la oligarquía.

Esta violencia que tomó un rumbo frenético a partir del acontecimiento conocido como el bogotazo, que arreció con el conflicto armado en los años sesenta y con el narcotráfico en la década de los ochenta, pareció llegar a su fin el 9 de marzo de 1990, cuando el grupo guerrillero M-19 entregó las armas en el caserío indígena de Santo Domingo (Cauca), firmándose así el “acuerdo político entre el Gobierno nacional, los partidos políticos, el M-19, y la Iglesia Católica en calidad de tutora moral y espiritual del proceso”, por si alguien dudaba de la laicidad del país del Sagrado Corazón. Al día siguiente el periódico El País de España informó que “El M-19 [entregó] sus armas por la paz de Colombia”, siendo el comandante Pizarro el último en desenfundar y entregar su pistola 9 milímetros envuelta en la bandera nacional, quien con voz enérgica afirmó: “por la paz, por la dignidad de Colombia”.  Tras 16 años de lucha armada y vida clandestina, este movimiento decidió iniciar el camino de la lucha política, pero con tono profético advirtió Pizarro durante aquel acto simbólico que “dejar las armas [era] más difícil que cualquier combate”. Al finalizar la entrega de armas, la enviada especial del periódico español preguntó al comandante ¿Qué significa el arma que acaba de dejar?, quien compungido entre el llanto y la nostalgia respondió: “a nivel personal, una vida, pero también significa la vida de hombres y mujeres que murieron por conseguir un poco de democracia en Colombia (El País, 10/03/1990).

Tan solo 13 días después de la desmovilización del M-19, el sueño de la paz empezaría a derrumbarse, pues el 22 de marzo de 1990 el líder de la exterminada Unión Patriótica y candidato presidencial Bernardo Jaramillo Ossa cayó asesinado en el aeropuerto de Bogotá, quien echado en el regazo de su esposa tras recibir una ráfaga de disparos dijo: “mi amor no siento las piernas, estos hijueputas me mataron, me voy a morir, abrázame y protégeme”. Conmueve ver el registro fotográfico que atestiguó la asistencia de Carlos Pizarro al funeral de su compañero de ideas, cuántos pensamientos y temores pasarían por la mente de Pizarro posado ante el cuerpo inerte de Jaramillo. Las balas apresuraron el destino final de estos dos líderes de la izquierda colombiana, y fue esta misma fotografía la seleccionada por el periódico El Tiempo para informar en primera plana que el 26 de abril de 1990 fue asesinado Carlos Pizarro, estando en el avión de Avianca HK 1400 a 17.000 pies de altura, 48 días después de entregar su pistola en Santo Domingo, sus miedos se cumplieron y una vez más en Colombia se mancillaron los acuerdos. En su edición impresa del 28 de abril el periódico El País de España informó que a las 11:30 p.m. de aquel fatídico jueves 26 de abril, llegó al Congreso el féretro con los restos de Carlos Pizarro, una larga y lenta marcha de más de cinco horas acompañó al líder asesinado desde la clínica Santa Rosa hasta el Capitolio Nacional; la izquierda colombiana lo arropó con su presencia para darle el último adiós al cadáver del exguerrillero y candidato presidencial, quien murió acribillado en el avión que lo llevaría a Barranquilla donde había congregado a 13 grupos de izquierda para crear el primer gran movimiento de corte socialdemócrata que se opondría al bipartidismo que gobernaba a Colombia, a la oligarquía que tanto criticó el poeta Jorge Gaitán Durán por estar interesada solo en la violencia.

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