“Mi Santafecitolindo”, por Santiago Rivas

¿Qué es ser hincha de Santa Fe? El periodista cuenta lo que va de los 3500 románticos gritando hace unos años a la celebración de la Sudamericana. Hoy son campeones de Colombia por novena vez

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diciembre 10, 2015
“Mi Santafecitolindo”, por Santiago Rivas

A menudo recuerdo cómo se sentía ser hincha de Santa Fe hace algunos años. Cuatro años, para ser exactos(bueno, seis; y antes de eso, claro). Cuando uno quiere a un equipo, se aferra de cualquier cosa para reafirmar ese amor todos los días porque, lo queramos o no, el equipo del que nos hicimos hinchas siempre será parte de lo que somos, de nuestro carácter y nuestra forma de ver la vida y por eso no importa si es un equipo pequeño o grande, copero o no, de la A, la B o la H. Recuerdo con orgullo esos días de no ganar nada, porque así aprendí a querer a Santa Fe. Los hinchas del león aprendimos a vivir la vida con humor, en medio de lo que parecía ser nuestro sino trágico. Éramos una familia gigantesca de románticos malgeniados, los 3.500 tercos de siempre, gritando en el Campín.

Las cosas cambiaron, para bien. Desde el título del 2012 nos dimos permiso de ser un equipo normal, sin sinos trágicos, ni historias de fallido romanticismo. Con el tiempo hemos visto que, si bien parecemos estar condenados a sufrir hasta el último segundo de cada partido, no estamos condenados a la derrota; que Santa Fe es, efectivamente, ese equipo grande que siempre supimos que es. Comprobamos que el carácter y la entrega sí dan buenos resultados y que tenemos derecho a gozar de la buena gestión de un equipo que, jugando bien o mal, lo ha dado todo en la cancha, partido tras partido. Los hinchas de Santa fe sabemos que se puede soñar, y todo esto se lo debemos a un presidente ambicioso y organizado, tres excelentes directores técnicos y un grupo excepcional de jugadores que han demostrado tanto amor por el equipo, que cualquiera creería que todos son hinchas.

Ser hincha de Santa Fe significa, al menos para nosotros los santafereños, estar entregados a una causa que requiere de un gran sacrificio. Nadie nos ha regalado nada. Incluso ahora, que los escándalos amenazan con estallar cada tanto tiempo, seguimos sufriendo en cada partido. Siempre salimos del estadio, las más de las veces, mirándonos de forma cómplice y diciéndonos los unos a los otros “hay que sufrir…”. Últimamente hemos tenido la inmensa fortuna de mirarnos a los ojos sorprendidos por una victoria clara, incluso una goleada. No creo que sea una conspiración, es simplemente una historia que se repite, pero que por costumbre y presión, convertimos en nuestra bandera. El masoquismo de nuestra santa fe, que ahora se ve recompensado con la muy merecida victoria.

El día en que Santa Fe quedó campeón, después de 37 años de sequía, fue uno de los más felices y emocionantes de mi vida. Porque mi vida con Santa Fe empezó desde que era un niño. Mi padre nos llevaba a partidos contra equipos chicos. Si no estoy mal, fui a dos partidos contra el Quindío y uno contra el Pereira. Durante todo este tiempo pensé que era una cuestión de seguridad, como cuando llevamos ahora a Emilio, mi sobrino, a que vea partidos contra equipos que no tienen casi hinchas y que no llevan mucha gente al Campín. Hace unos partidos mi padre contó que era para que viéramos partidos en los que seguro ganaba Santa Fe, no fuera a ser que nos volteáramos hacia otro equipo. Dudo mucho que esa fuera una posibilidad; no solo por el régimen de educación pavloviana a la que un Rivas de mi familia es sometido desde chiquito (“Millonarios es guácala, Santa fe es lo máximo” repetido cientos de miles de veces), es también un asunto de temperamento, o “talante”. Es decir, yo creo, porque no puedo recordarlo con precisión, que desde muy chiquito entendí de qué se trataba ser hincha de Santa Fe, y creo que mi amigo Juan Camilo Maldonado puede testificar que yo desde los cinco años se la he montado sin parar, porque él sí se volteó, de Santa Fe a Millonarios. Claro, a él no le importa mucho el fútbol, de manera que ni siquiera ahora entiende lo atroz de su traición.

Yo sé que hay cosas más importantes que el fútbol, y que se trata además de un deporte transido por la corrupción, en todos sus niveles. Yo, que nunca he tenido un hijo, no me gradué de la universidad, no me he casado ni he comprado casa, puedo decir que una de mis mayores alegrías ha sido la de pasar 90 minutos con todos los músculos de mi cuerpo tensionados, mareado de los nervios en compañía de mi familia, para ver campeón al equipo de mis amores, por primera vez en mi vida. Tal vez llevo una vida vacía y sin sentido, pero no me arrepentía antes de ese 15 de julio de 2012 y no me arrepiento ahora. Todos los títulos los he celebrado a rabiar, por supuesto que sí, pero no existió nada como esa primera vez, cuando me preguntaba cómo se sentiría mi papá, que se esperó los 37 años completos antes de ver otra vez a Santa Fe dando la vuelta olímpica. Entre título y título (nunca jamás pensé ir a escribir esa frase), hemos seguido sufriendo.

El 2015 no fue la excepción.

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Empezamos con la triste noticia de que Camilo Vargas se iba a Nacional (ni más ni menos) y seis meses después sefueron al DIM Daniel Torres y Luis Carlos Arias, ídolos ellos tres, que dejaban un hueco en el equipo, difícil de llenar. En el camino se fueron lesionando Dayron Mosquera, uno de los mejores, y Omar Pérez, que es, en este momento, el centro del universo santafereño. Otálvaro se lesionó, Roa estaba como adolorido y para rematar, al genio de Luis Quiñones le dio por irse de juerga cuando no debía y lo echaron. A esto sumémosle el agotamiento general, porque jugamos la Superliga (y la ganamos), la Liga I y II, la Copa Libertadores, la Copa Águila y la Copa Suramericana.

Pero todo eso se vio recompensado en la noche del nueve de diciembre. Después de dos amargas derrotas con el Junior, que nos dejaron por fuera de Copa y Liga, solamente nos quedaba la Sudamericana. No era poca cosa, al contrario. Era mucho pensar que podíamos tener nuestro primer título internacional. Como siempre, se hizo a la santafereña: pariendo piñas, sufriendo no durante 90 minutos, sino 120, más los penaltis. Se hizo sin gol, sin calma, sin velocidad. No fue una gesta épica. Pero se mereció, durante todo el partido. Santa fe fue superior a Huracán, como fue superior a Luqueño, Independiente, Emelec, Nacional de Montevideo y Liga de Loja. No fue un equipo implacable, pero sí uno aplicado, riguroso e inteligente. Hemos recorrido una gran distancia, de ser un equipo trágico a ser uno normal, con tantas posibilidades de ganar como cualquier otro, además del corazón y la garra de siempre. Personalmente, prefiero esta idea, este proyecto de equipo.

El 9 de diciembre dimos un paso más hacia arriba. El campeonato de la Copa Suramericana nos permite soñar más y más. Este no es el momento para señalar a nadie, ni criticar; ya llegará el momento de hacer los análisis. Al contrario, todos los hinchas sabemos que es el momento de dar las gracias, pues ha sido un año muy duro; somos el equipo que más ha jugado partidos en el 2015 y que pese a las lesiones, a las bajas, a los malos momentos y al agotamiento, nos han entregado una copa internacional, por primera vez en nuestra historia. Los directivos, el cuerpo técnico y los jugadores nos han dado otro año excepcional.

Por favor descansen, señores. Reúnanse con sus familias; sean felices; disfruten de los logros de un gran 2015. Muchas, muchas gracias por toda esta alegría, por recordarnos en la cancha qué es lo que amamos de este sufrido Santa fe. Reúnan energías, coraje y amor, para que el próximo año lo den todo, como siempre; solo así podremos seguir soñando juntos y volveremos, volveremos…

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