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Mayer Candelo el rebelde que enloquece a los hinchas del Deportivo Cali.

A sus 40 años el ídolo, barrigón y jorobado, sigue llenando de magia las canchas de Colombia

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Junio 18, 2017
Mayer Candelo el rebelde que enloquece a los hinchas del Deportivo Cali.

Mayer Candelo es un ñero, pero está no solo en el corazón de Frente Radical Verde, la barra brava del Deportivo Cali, sino también en el de la más rancia élite valluna. El año pasado los barristas se estaban poniendo violentos: hubo acosos a la sede principal y fue él quien tuvo que aplacar los ánimos. Mario Alberto Yepes había pasado de ser el heroe en la memoria, a un señor barbado, canoso y chiflado. Al final de su corta era, cada vez que Yepes salía de banquillo, los insultos le llovían. En medio de ese inconformismo algunos representante de Frente Radical Verde visitaron la sede en Pance del Cali para hablar fuerte, reprochando la falta de compromiso que veían en el equipo. Hablaron, cuadraron difrencias y al final se dieron la mano. Pero un par de días después Colombia conoció que la barra tenía dos facciones; una de ella llamada el “ala militar’. Un grupo se acercó al borde de la sede con una ira palpable, pero para fortuna del Deportivo Cali, Mayer es tan ñero, honesto y respetado, que sorteó todo el asunto.

El barrio Bretaña es el San Antonio pobre en Cali. Tradicional y de salsa en las esquinas, ahí creció Mayer Candelo. Mide 1,70 y en la página del Deportivo Cali dice que pesa 65 kilos, pero la barriga con la que salta a la cancha aparenta un par de kilos más. No importa, a Mayer se le perdona todo. Incluso que haya jugado en el América.

Tiene 40 años, está calvo y aún así el sueño de muchos es que este domingo se ponga al frente de su equipo contra el Atlético Nacional. Sería la manera soñada de despedirse: campeón con su equipo. Debutó en 1996 con la camisa del Cali, el equipo de sus amores, y prometía llevar el equipo, y al fútbol colombiano, a otro nivel. Ese día entró en el minuto 73 como el remplazo de Martín Zapata. El Pecoso Castro le dio el chance, de hincha a hincha.

Ha jugado en 11 equipos, repitiendo en Millonarios, Cortuluá y en el glorioso. Pero casi siempre ha sido prestado. El Cali le vendió la jóven figura a Racing, iniciando la carrera que muchos han recorrido al estrellato, pero las cosas no se dieron: jugo solo 18 veces en un año. Lo llevó Falcioni, pero inmediatamente el equipo lo comenzó a dirigir el maestro Óscar Washington Tabares, y él nunca quiso al caleño.

De ahí lo devolvieron prestado al América; Cortuluá; Millos, donde falló un histórico penal; Cali y Cortuluá otra vez. En este paso por Millonarios jugó sin recibir sueldo. Las ganas de demostrarse que no era un fracaso lo llevaron a vivir esos 8 meses de sus ahorros de Argentina, pero de donde salió por tirar la camiseta al piso luego del que Pelufo lo sacará en medio de un partido. Ahí el Cali se lo volvió a comprar a Racing, pero solo para ponerlo a jugar en el Tolima. De ahí lo mandaron a Chile.

Por esa época se volvió famoso como Mayer Prendelo. Él mismo reconoce que de joven fue vago. Hoy mete a Dios en todo lo que dice: si ganan, si pierden y si empatan. Todo es porque él así lo quiso. El apodo tiene muchas leyendas, pero algunos dicen que es porque iba caminando por Cali, y se encontró de frente con algunos hinchas de la mechita, de Barón Rojo. Y contra todo pronóstico, lo que hicieron fue pasarle un bareto, y le dijeron “Mayer, prendelo, prendelo”. No se sabe sí lo prendió.

Tiene ese detestable vicio de picar los penales. Tres pasos de perro cansado y la empuja. Pero cuando entran esa adrenalina estalla, “ese loco hijuemadre lo volvió a meter”. Antes de cobrarlo es un peligro, es un irresponsable, pero cuando dispara esa baba incipiente y entran, es poco menos que Dios.

Pero no siempre lo logra. 2006, clásico entre Universidad de Chile y Colo Colo. El último penal era de Mayer, que vestía la camiseta del universitario. Claudio Bravo daba pequeños saltos, y Candelo dio sus tres pasos desganados. Disparó. El tiro iban tan suave que Bravo alcanzó a tirarse, caer, ver que había elegido mal, pararse y corregir la tirada. Le costó el clásico a la Universidad de Chile.

Duró seis años como un paria, de equipo en equipo. Hasta que llegó a Perú. Universitario es uno de los 3 clubes más grandes de allá, y volvió a saborear lo que es el éxito. Quedaron segundos en el 2007, y de la mano del Gareca se alzó como el líder para llevar al equipo a ser campeones. Camina como si fuera cojo, y la pereza le destila por los pies. Pero cuando llega el momento, es solo una apariencia. Cuando lo necesitan, Mayer corre como cualquier volante de marca, como cualquier carrilero. Así sacó campeón a Universitario. Así llevó al Cortuluá, un equipo pobre y recién ascendido, a las semifinales donde perdieron contra el Medellín 7-8 por penales. Mayer metió el suyo, que cobró duro y arriba, reventando esa red. Lo cobró con más hambre que cualquiera que haya cobrado antes.

Allá en Perú, a donde llegó como una estrella caída, y donde se convirtió otra vez en un capitán idolatrado, vivió feliz. Recibió su nacionalidad peruana y compró a su bebé: ““Lucky, lucky, veam lo que me quedó del Perú, vea. De dos meses lo conseguí allá” dice sobre su golden retreiver a un canal peruano que vino a hacer un nota sobre el ídolo que ya no estaba más con ellos.

Su gran papel con la camiseta de la Selección fue en el preolímpico. Ahí se inventó la pascuala, una jugada hermosa que no sirve para nada y que nadie recordará. Ni siquiera está referenciada así en Youtube, pero está tatuada en la piel de sus seguidores. Era Colombia contra Chile, y ganamos 4-1.

Fue un partido antes de ese vergonzoso 9 – 0 que nos metió Brasil, y un partido que Mayer no pudo aguantar: se hizo echar en el minuto 90. La magia de su zurda la tiene tanto en el guayo como en la mano. Su desgano no que significa que sea pecho frío. Cuando tiene que gritar, grita. Y cuando tiene que golpear, golpea.

Con esa sangre todavía caliente volvió al verde. A mediados del 2016 comenzó otra vez a jugar, y prometió que no venía a retirarse, sino a darlo todo. El técnico era Mario Alberto Yepes, solo un año mayor que Mayer. Habían quedado campeones en 1998 y subcampeones de la Libertadores un año después. Desde la llegada del 10, pero que juega siempre en el Cali con la camiseta 17, ambos se entendieron. Mayer jugó. ”Cuando las piernas no me den o tenga pereza de levantarme, me quedaré cuidando a mis hijas en la casa.” En la presentación se ve con el pelo del pecho afeitado y un cuerpo más parecido al de un taxista que al de un futbolista moderno: músculos lisos, sin grandes pronunciamientos, algo de barriga sin llegar a ser abrumadora y una S en en la columna bastante pronunciada.

Mayer es bastante gacho.

Tiene la nostalgia de los jugadores de los años 90. Desarreglado, honesto, con fama de desjuiciado, a muchos nos seduce con su alegría por jugar. Mueve las emociones, por partidos se desaparece, parece que no estuviera, y hace 3 o 4 pases grandiosos, pero nada más. Sin embargo, el día que se necesita, el día que recuerda que lo que le gusta es que los 7 mil hinchas de la barra brava se queden afónicos gritando su nombre, ese día corre como un desquiciado, grita como si fuera alguna de las torres defensivas, y ese día Mayer toma los tintes heroicos que nos conquistaron. Hasta tiene esos líos jurídicos que todo jugador latinoamericano del siglo pasado tuvo. En el 2012 una expareja del 10 de Millonarios lo demando por un prontuario similar al de un paraco: extorsión, concierto para delinquir, enriquecimiento ilícito, fraude y falsedad en documento. Pero sin ningún tipo de solidez jurídica, esta denuncia fue recogida colateralmente por un par de medios nacionales. Solo uno recogió los testimonios de la señora Carolina Ramirez, en los que dice que Mayer la amenazó con que su hermano “le quería hacer la vuelta”. El abogado del futbolista, que trabajó también para Ramirez, siempre dijo que la señora estaba loca.

Cuando le preguntan que si es un buen bailarín, responde con la frescura valluna: “¡No!, ahí si murimos (sic)”

No es brillante cuando habla. Es pausado, tiene el acento caleño popular, sin pronunciar bien la N o la S, pero es que nadie lo contrato para filosofar. La elocuencia parlante le sobra con el guayo. Ha sido capaz de elogiar al Millonarios sin herir la suceptibilidad del Cali, y viceversa. Su secreto está en la honestidad con la que dice las cosas. Su último día en el cuadro embajador en un video les recordo: “A mi mar azul, decirles qeu gracias por estos 5 años en el más grande de Colombia. Los quiero.” Es en realidad tan honesto, que es un ñero tierno. Y nadie en el verde, que lo recibió un año después, se lo recriminó, porque siempre ha dejado claro que su corazón es verde. En algún momento se pensó que la vida no iba a hacerle justicia al jóven hincha del Cali, y que sería recordado como el ídolo embajador. A Millos lo llevó a ser campeón después de una sequía de 24 años. Lo tiene más que merecido.

Pero no nos roben lo que es nuestro. Nosotros lo vimos bailar a ratos al Palmeiras de Luiz Felipe Scolari, en un espectáculo erótico que en la parte sensual formó Mayer con Víctor Bonilla, Alexander Viveros, Arley Bentacourt y Martín Zapata, y que en su parte ruda apretaron Mario Alberto Yepes, Gerardo Bedoya y un Dudamel, que siendo un portero promedio se ganó también el afecto de toda la hinchada. Mayer tiene el lujo que pocos otros jugadores tienen: ser ídolo indiscutido de dos equipos rivales.

Hoy, sabiendo que no tiene que correr mucho, que los pases que hace cuando está quito en la mitad de la cancha son suficientes, igual corre. Marca por detrás, roba balones, grita. Cuando entrega el corazón no aguanta todo el partido, hay que hacer un relevo. Y ¿qué? Lo tragimos por su magia, por su chispa, por su amor. En el partido de ida en el Palmaseca jugó 7 minutos y puso una habilitación con la que muchos grandes cuentan para jugar un partido entero. Afortunadamente lo veremos más en el fútbol, detrás de la línea lateral, dirigiendo, gritando y ordenando. Igual que hace hoy dentro de la cancha. Tiene un mágister en Dirección del Deporte, y se graduó como técnico.

Yo de niño lloré en un baño encerrado cuando el Cali perdió en penales la final contra el Palmeiras. Compraba el abono para toda la temporada cuando era adolescente, me quitaba la camiseta y saltaba coreando las barras, aún cuando tenía un complejo tan grande con mi cuerpo que me metía a la piscina con ropa. Luego detesté el fútbol, entendí lo sucio que se mueve detrás, la estupidez de sufrir cuando no era yo el que corría en la cancha, y mi estado de ánimo dependía de humanos que se dejaban tentar por dinero y guayabos. Pero con el retorno de Mayer volví a creer, volví a sentir, poco a poco, con cada partido que volvió a jugar, la alegría de un pase bien dado, de una galleta bien hecha. Ya no es el pelado que se inventó la pascuala, pero siempre será el que haga mi pase favorito del verde.

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