La Legión del Afecto propone un plan de seis meses para sanar el tejido social y emocional de las comunidades afectadas por el sismo en Colombia

 - Más allá de los escombros y las cifras: la urgencia de atender la salud mental de los damnificados por el sismo
Texto escrito por: Alfredo Manrique Reyes

Las viviendas destruidas caben en un balance. Las ayudas materiales también. El miedo que deja una réplica, la ausencia de un vecino, la pérdida de una mascota o la angustia de no saber cuándo se podrá volver a casa, no. Después de un sismo hay una emergencia visible y otra que se instala en la vida diaria, en el corazón de la comunidad. Esta propuesta de la Legión del Afecto nace de su experiencia de más de 15 años en los mismos territorios afectados por el sismo y del conocimiento profundo de las comunidades y sus historias. Se plantea para atender esa segunda herida con presencia cercana, trabajo comunitario y acciones sencillas. Se dirige a entidades de gobierno nacional y local y a los cooperantes públicos y privados.

El daño que se ve y el que casi nunca se cuenta

El sismo del 10 de agosto de 2026, de magnitud 7,4 y con epicentro en San José del Palmar, dejó, según el corte de la UNGRD del 20 de agosto, afectaciones en 15 departamentos y 476 municipios: cientos de personas muertas o desaparecidas, miles de heridas, centenares de miles de damnificados, viviendas destruidas o averiadas, escuelas, centros comunitarios y de salud afectados, vías, puentes y acueductos dañados, además de animales lesionados o perdidos. Son frías cifras provisionales que cambian todos los días y apenas trazan la superficie de la tragedia. No alcanzan a dar cuenta del duelo, el miedo a las réplicas, la pérdida del hogar, la memoria y el arraigo, la separación familiar, la sobrecarga del cuidado, los riesgos para niños y personas vulnerables, la ruptura de la confianza, la pérdida de medios de vida, rituales, paisajes, naturaleza y vínculos con las mascotas y otros símbolos rotos. Por eso la reconstrucción no puede reducirse a la necesaria tarea de levantar viviendas e infraestructura: también deberá recomponer afectos, rutinas, seguridad, tejido social, cultura, autonomía y capacidad comunitaria para volver a vivir y decidir juntos.

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La legión del afecto: Una red que ya conoce la Colombia profunda

La Legión del Afecto es una red de jóvenes, generalmente NiNis, y líderes comunitarios nacida a comienzos de este siglo al amparo de la entonces “Acción Social” de la Presidencia de la Republica y del PNUD, con fuerte presencia entre poblaciones excluidas y golpeadas por distintas violencias. En sus primeros quince años trabajó en más de 70 territorios urbanos y rurales y vinculó a más de 7.000 jóvenes. 

En ese recorrido construyó una poderosa metodología participativa con 17 instrumentos. Entre ellos están los viajes a pie para reconocer los territorios, el uso del arte y la cultura para crear acuerdos y momentos de alegría, el ágape como banquete para que se encuentren y hablen los que nunca se encuentran ni hablan, el incentivo social, como reconocimiento y estimulo al trabajo del cuidado solidario y afectivo, y otros encaminados a potenciar el trabajo colectivo frente a emergencias, violencias, pobreza extrema y deterioro ambiental. La experiencia mostró que el afecto, cuando se enfoca a propósitos comunes, puede producir grandes transformaciones sociales, acelerar procesos psicosociales y de reconstrucción material, encaminados a proteger vidas y ayudar a reconstruir capacidades económicas, sociales, emocionales, culturales y ambientales.

El proyecto invierte la lógica habitual de la ayuda: no llega con un programa terminado para aplicarlo sobre la población. Las propias comunidades afectadas recorren el territorio, deciden prioridades, diseñan las acciones, las ejecutan y comprueban sus resultados. Un lugar central corresponde a los jóvenes conocidos como NiNis —quienes no estudian ni tienen un empleo formal— y que en los desastres naturales se multiplican, no tratados como un problema o una cifra, sino como conocedores del barrio, la vereda y sus redes. Ellos pueden convertirse en legionarios, organizar cuidados, movilizar saberes y reconstruir al mismo tiempo el territorio y sus propias oportunidades de vida.

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La red sigue activa. Hay legionarios que hoy trabajan con recursos propios o de sus comunidades apoyando la reconstrucción postsismo en Buenaventura, Cali y Quibdó. Manizales, Armenia, San José del Palmar, conservan experiencia y capacidad de reactivación. Esos puntos servirían como nodos de apoyo, no como reemplazo de los territorios afectados. Desde allí se acompañaría otros municipios de Chocó, Valle del Cauca y el Eje Cafetero, según el daño comprobado, el aislamiento, la falta de otra ayuda equivalente, el acceso seguro y la coordinación con autoridades y comunidades.

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¿Cómo funcionaría esta propuesta durante los primeros seis meses?

El objetivo es fortalecer la respuesta y el autocuidado de las comunidades durante los seis meses posteriores al sismo. Las metas de personas, lugares y acciones no se fijarían desde un escritorio: se acordarían en los primeros 15 días, después de verificar necesidades, riesgos y capacidades reales en cada nodo.

La operación tendría tres líneas de apoyo:

1. Lo afectivo es lo efectivo. Esto es, el cuidado amoroso y acordado con las comunidades afectadas. No hay un menú obligatorio ni un paquete decidido desde afuera. Después de caminar el territorio, escuchar a sus habitantes y reconocer recursos y saberes, cada comunidad —con especial participación de los jóvenes NiNis— escoge, adapta o propone sus actividades. Estos grandes asuntos muestran, con algunos ejemplos, el alcance de la respuesta:

  1. Conocer, escuchar y ordenar la información. Incluye recorrer y dibujar calles, senderos y riberas; tocar puertas; escuchar sin afán; reconocer a los líderes que no llevan chaleco, y mantener tableros comunitarios sobre personas buscadas, necesidades, ayudas y compromisos. Así salen a la luz situaciones que los formularios no registran, se reducen rumores, se facilitan reencuentros y se puede llegar primero a quienes están peor.
  2. Cuidar a las personas y recuperar la vida diaria. Supone formar pequeños equipos por cuadra o camino; acompañar a personas solas, mayores, enfermas o con discapacidad; coordinar transporte local; llevar agua y comida hasta la puerta; instalar lugares dignos de descanso; abrir rincones para niños y acompañar el acceso a salud sin reemplazar al personal sanitario. Estas tareas acercan la ayuda, protegen a quienes enfrentan más riesgos y devuelven algo de seguridad y rutina.
  3. Alimentar, acompañar el duelo y recuperar la alegría. Las comidas comunitarias o ágapes, preparadas con productos y saberes locales, pueden combinarse con música, teatro, juegos, deporte y momentos sencillos para despedir y recordar a quienes murieron, si la comunidad así lo desea. No son adornos frente a la emergencia: alimentan con dignidad, abren espacio al duelo y ayudan a reconstruir confianza, alegría y sentido de pertenencia.
  4. Proteger los animales, el agua y el ambiente compartido. Registrar animales perdidos, reunirlos con sus familias, darles agua, alimento y sombra, y conectar a los heridos con atención veterinaria protege afectos y medios de vida. Organizar la basura, separar objetos cortantes y limpiar alrededor de cocinas, baños y depósitos de agua reduce riesgos sanitarios y restablece el vínculo cotidiano con el entorno.
  5. Recuperar movilidad y poner a salvo lo indispensable. Los equipos pueden retirar únicamente residuos livianos de rutas autorizadas, con protección y orientación oficial, sin entrar en estructuras inestables. También pueden guardar medicinas, documentos, ropa seca, teléfonos, herramientas y recuerdos en refugios identificados por familia. Son acciones pequeñas que evitan nuevas pérdidas, mejoran el acceso y devuelven a las personas una parte del control sobre su vida.
  6. Movilizar saberes, herramientas y economía local. Una bolsa comunitaria puede mostrar quién sabe cocinar, coser, cargar, reparar o transportar, y quién puede prestar una lona, una herramienta, una canoa o un vehículo. Movilizar lo que ya existe permite resolver pronto necesidades concretas, reactivar la economía popular, evitar dependencia y dejar capacidades instaladas mucho después de la emergencia.

2. El incentivo social. Es el reconocimiento de manera temporal el tiempo dedicado al cuidado solidario realmente prestado por cada legionario. No se plantea como salario, subsidio general ni relación laboral: la participación sería voluntaria, sin exclusividad ni horario fijo, con prioridad para jóvenes y líderes de las propias comunidades. Cada reconocimiento exigiría registro, tarea autorizada, preparación básica, control de horas, evidencia sencilla y validación tanto de la coordinación local como de la comunidad o institución que recibió el servicio. Nunca se pagaría por exponerse al peligro ni por asumir labores profesionales sin acreditación.

3. Soporte técnico y administrativo. Esta línea aseguraría coordinación, apoyo técnico y psicosocial, calidad y rendición de cuentas. Mantendría conectados los nodos y articularía el trabajo con los consejos territoriales de gestión del riesgo, alcaldías, organizaciones sociales, ONG, universidades, empresas y cooperantes. También consolidaría datos e informes, sin quitar a las comunidades las decisiones que les corresponden.

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Grandes frentes de acción nacidos en el territorio

Complementar a los organismos de socorro. El rescate, la atención médica, la evaluación de estructuras, la entrega masiva de ayudas y las demás labores técnicas corresponden a las autoridades y a equipos especializados. La Legión no pretende ocupar ese lugar. Su valor está en atender tareas pequeñas, próximas y decisivas que con frecuencia quedan dispersas: llevar información a una vereda, acompañar a una persona sola, cuidar niños durante una diligencia, encontrar una mascota, organizar una cocina, proteger una fuente de agua o reconstruir la confianza entre vecinos.

La regla de seguridad es estricta. Los legionarios no harían búsqueda y rescate, evaluación estructural, atención clínica, manejo veterinario especializado ni ninguna labor reservada a personal acreditado. El retiro de escombros solo se permitiría en zonas autorizadas, con elementos de protección y sin ingresar a construcciones inestables. Si una necesidad supera la capacidad comunitaria, debe remitirse de inmediato a la entidad competente.

Esta división de tareas permite que la respuesta especializada se concentre donde resulta indispensable, mientras la red comunitaria cubre necesidades humanas y cotidianas que también salvan vidas, previenen conflictos y sostienen la recuperación. Además, al contratar bienes y servicios cerca y reconocer el trabajo local, la acción ayuda a reactivar economías populares afectadas y deja capacidades instaladas en el territorio.

Cuidado, control comunitario y cuentas claras

La implementación y gasto de los recursos estaría a carago de las mismas comunidades locales, para lo cual hay experiencia organizativa y de gestión. La administración estaría a cargo de una entidad legalmente constituida, con experiencia territorial, cuenta bancaria, contabilidad y controles aceptables para los cooperantes. Los comités locales, con participación comunitaria, escogerían prioridades, verificarían el trabajo y ejercerían control social. La coordinación nacional cuidaría la metodología e integraría la información sin concentrar las decisiones locales.

Los pagos serían trazables y cada nodo llevaría registros separados, soportes sencillos, balances periódicos, decisiones publicadas y rendición pública de cuentas. Las quejas podrían presentarse sin costo ni represalias y deberían recibir respuesta en un máximo de diez días calendario. Cada acción dejaría una evidencia en relatos, biografías, crónicas, fotografías, videos, obras de teatro, canciones, cuentos, poesías, etc: Darian cuenta de los resultados e impactos efectivos en las comunidades, pero también en el manejo transparente de los recursos asignados.

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Por Nota Ciudadana

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