Opinión

Malestar, enfermedad o síndrome de genitales inquietos

Por:
marzo 13, 2015
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En mi primera semana de vida matrimonial recuerdo que a las dos o tres de la mañana le di una buena patada a mi esposa. Eso le ocurre a muchas parejas o a personas durmiendo solas que patean la pared pero en aquellas primeras idílicas noches de luna de miel requiere algunas explicaciones.

Cuando niño tenía floridos y detallados sueños que le hacían creer a mi abuela en mi capacidad de predecir los números premiados de la lotería. Además roncaba como una motobomba o eso me dijeron en una finca. Ya universitario empecé a despertarme muchas noches con una angustiosa incapacidad de abrir los ojos y moverme hasta que alguien me tocaba. Todos esos son síntomas descritos en la apnea del sueño obstructiva. Años después me operaron (amigdalectomía y úvulo-palato-faringoplastia) con significativa mejoría. Aunque di algunas otras pataditas a mi comprensiva esposa entendimos que eran manifestaciones de lo que se llama Síndrome de Piernas Inquietas asociado a la apnea del sueño. Fui perdonado aunque acepto que todo ello podría ser causal de divorcio.

Pero sinceramente dudo un poco del Síndrome de Piernas Inquietas (SPI).  Una condición que ocurre en el 10 % de la población según datos del NINDS (Instituto Norteamericano de Enfermedades Neurológicas y Cerebrovasculares) no debe ser una verdadera enfermedad aunque así se le llame. Quizás es solo un malestar o peculiaridad que clasificamos como enfermedad. Una “patología” humana cuya frecuencia global sea más del cinco por ciento debía eliminarse por la evolución, leí en algún libro de biología evolutiva.  Entonces tengo mis dudas sobre el frecuente síndrome de piernas inquietas como enfermedad aunque lo haya experimentado. En otras palabras diría a mi esposa: “eso (la patada) puede pasarle a cualquiera y no tiene nada que ver con mi amor hacia ti”. Pero quizás me excusaría más fácilmente si lo llamo enfermedad porque las enfermedades han servido siempre de excusa para conductas extrañas.

Ahora además le ha salido una hermana al SPI (RLS en inglés) el Síndrome de Genitales Inquietos o SGI.  Según la doctora Henriques de Aquino (Medscape Pathology and Lab Medicine, 3/03/2015) consiste en una sensación difícil de describir: hormigueo o cosquillas leves en los genitales externos, involuntarias y sin deseo sexual, más comunes en la noche al acostarse o sentarse.  El síndrome de genitales inquietos parece cosa de burla pero se describe en revistas científicas desde el año 2001 y en el 2009 se asoció al síndrome de piernas inquietas.  Según la Dra. de Aquino se ha encontrado historia familiar de sintomatología parecida en un 40 % de las pacientes y “parece haber seis genes involucrados” (?)  Pero hay un detalle que me hace dudar de la clasificación como enfermedad del SGI: todos los reportes señalan una marcada predominancia femenina. Esto me recuerda una célebre y milenaria equivocación del pensamiento médico.

La más antigua “enfermedad” femenina descrita en textos médicos fue la histeria (Clin Pract Epidemiol Ment Health. 2012; 8: 110–119). Ya en los papiros egipcios Kahun (1900 a. C.) y Ebers(1600 a. C.) se explica su causa como un supuesto útero “inquieto” que se sube en el cuerpo. Los griegos heredaron esta teoría y el mitológico argonauta Melampo, médico, propuso que se le diera tratamiento a las jóvenes “que no adoraban el sagrado Falo” con coito realizado por hombres jóvenes y vigorosos. Sorprendentemente por cuatro milenios la medicina, ejercida por médicos varones y machistas, solo ofreció monótonas variaciones de estas ideas y este tratamiento.  Hasta que Freud y la siquiatría del siglo XX propusieron que la clásica histeria no era sino una expresión de la ansiedad con síntomas conversivos. El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-III, 1980) retiró la histeria de sus listas de enfermedades.  Me temo que una condición tan vaga como el síndrome de genitales inquietos (nótese el parecido con la viejísima explicación de la histeria) repita la medicalización como enfermedad de la muy humana ansiedad, estudiando su genética, experimentando con diversos tratamientos farmacológicos, para gloria de algunos investigadores y mayores ingresos económicos para el complejo médico-industrial de nuestras sociedades contemporáneas.

El cerebro médico es educado como una máquina diagnosticadora para ser útil y brindar un servicio al hombre que sufre. Pero esto puede ser peligroso.  Anoche cenaba con dos amigos médicos y le dije con amabilidad a uno de ellos, mi cardiólogo: “Deja de diagnosticarme”. Debemos evitar que se conviertan todos nuestros malestares en enfermedades. Y si se les pone nombre, por ejemplo síndrome de cualquier cosa, ya no hay marcha atrás: se realizan investigaciones, se dan conferencias, aparecen expertos, se escriben artículos y libros y se entra en la historia de la medicina.  Ojalá no pase eso con el SGI, Síndrome de Genitales Inquietos, que aunque incapacitante algunas veces (por ejemplo en banquetes) puede ser placentero.

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