Opinión

Los mejores colegios: alegría pasajera, frustración permanente

La perversión de exaltar a los mejores y ocultar las miserias del sistema educativo es el recurso preferido de los gobiernos para soslayar sus pobres resultados en educación

Por:
diciembre 07, 2015
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La publicación cada año del listado de los mejores colegios y los mejores bachilleres se ha convertido en un ritual que premia fugazmente a unos pocos y condena al fracaso para siempre a la inmensa mayoría. Un desastre colectivo socialmente aceptado. Una alegría pasajera, una frustración permanente de nuestro sistema educativo.

De una total de 12.745 colegios evaluados, solo 4.891 logran un puntaje superior al 50%, los restantes 7.862 no logran pasar la prueba. Mientras los 10 primeros colegios privados lograron puntajes entre 82,7 y 79,5, los últimos 10 colegios, públicos en su totalidad, solo obtuvieron puntajes entre 34,9 y 32,6. Una abismal diferencia, que según los expertos podría equivaler a cerca de 2 años de educación entre unos y otros.
"El primer colegio público que aparece es el Instituto Alexander von Humbolt de Barranquilla, que ocupa el puesto 99. En Bogotá, el colegio público mejor calificado es el Instituto Antonio Ramírez Montufar, en el puesto 220. Por su parte, en Medellín el mejor renqueado ocupa el puesto 377. Entre los primeros 500 colegios sólo están 18 públicos, si se extiende la lista a 1.000 colegios, se encuentra que sólo hay 75 públicos entre ellos”.

El predominio de los colegios privados y la notable diferencia con los públicos ha sido una constante desde que el país realiza pruebas de Estado. La inequidad en la educación se perpetúa, se reproduce, y hay quienes afirman que se ha profundizado. Los colegios que ocupan los primeros 10 puestos en el ranking son los mismos en los últimos 10 años. Lo único que altera el panorama sombrío es que en el año 2015 el mejor colegio del país y de Bogotá fue el colegio el Liceo Campo David,  un colegio de la localidad de Tunjuelito en Bogotá, que de tiempo atrás ocupa siempre los primeros lugares.

El fracaso de Bogotá es uno de los más evidentes. Con la más alta inversión en educación del país, los cinco mejores colegios públicos no son administrados por la Secretaria de Educación. El primero, el Instituto Pedagógico Arturo Ramírez Montúfar es administrado por la Universidad  Nacional,  el segundo, el Instituto Técnico Central, es dirigido por la comunidad religiosa de los Hermanos de La Salle, y los tres restantes, el Colegio de Bachillerato Patria, el Liceo del Ejército Patria Sector Sur, Liceo del Ejército Patria Sector Norte, son orientados y administrados  por el Ejército Nacional.

La perversión de exaltar a los mejores y ocultar las miserias de nuestro sistema educativo es el recurso preferido por todos los gobiernos para soslayar sus pobres resultados en materia educativa. Ayer se premiaba a los mejores con medallas y diplomas, hoy se hace con tablas electrónicas,  becas ser pilo paga. Los demás, la inmensa mayoría, solo reciben los escuetos resultados del examen y la consiguiente condena a la exclusión educativa y social. La evaluación de la educación se convierte de esta forma en propaganda oficial, en publicidad engañosa, una forma de complacer con estímulos engañosos al dueño de la chequera.

Las preocupaciones de Estado por los pobres resultados que muestran las pruebas de Icfes o Examen de Estado culminan con la exaltación de los mejores “en ceremonia pública presidida por el señor presidente” y el ministro o ministra de turno. Para la inmensa mayoría de los condenados por los malos resultados no existe respuesta, ni un plan de emergencia orientado a impedir que se perpetúe el desastre social que está produciendo una educación pública pobre y para pobres, maquillada por la publicidad oficial y la farándula fotográfica.

Para que Colombia sea equitativa, democrática y educada, garante del derecho a una educación de calidad para todos, necesita no solo contentarse y autocongraciarse con los exitosos, la inmensa minoría, sino ante todo preocuparse por los fracasados, por los que anualmente son sacrificados o dejados a la vera del camino del “éxito”.

Una pirámide educativa
que se solaza con lo pilos y exitosos
mientras condena al atraso y la miseria a los miles de rajados

Los resultados de un educación para la competencia despiadada saltan a la vista: un modelo que reproduce y perpetua las desigualdades en materia educativa, que no logra romper el ciclo de la pobreza, los pobres obtienen malos resultados porque son pobres, una pirámide educativa que se solaza con lo pilos y exitosos mientras condena al atraso y la miseria a los miles de rajados en las pruebas Icfes. Los mismos que estarán condenados a encontrar en las universidades de peor calidad un cupo para sus empeños y sus sueños universitarios

A una profesora de Sevilla, España, le preguntaron porque pensaba que el modelo para la educación de España debía  ser África antes que Finlandia, a lo cual respondió: “Claro que me gusta el sistema finlandés: me gusta su modelo organizativo, su respeto por la profesión docente, el prestigio que en Finlandia tienen los profesores. El mejor modelo educativo dejará de serlo si no trabaja por tirar hacia adelante a todos los niños, si está dispuesto a sacrificar a unos para que los demás avancen. Yo no creo en un modelo así. Creo en los sistemas cuyo objetivo es no dejar a nadie atrás. Como hacen las tribus africanas”.

Ya es hora que nuestros tecnócratas educativos  dejen copiar y pensar solo en los modelos exitosos para los exitosos, Finlandia y la OCDE, y se preocupen por los modelos de inclusión que les interesa la suerte de todos, que buscan que el modelo educativo se ocupe especialmente de los que obtienen malos resultados, por los quedados, por los que rinden poco, por los que se “rajan”, por la mayoría.

Arandela: Necesitamos un tipo de maestro que sea capaz de darle al alumno el juego y la oportunidad para que sea él mismo, para que se identifique con los fracasados, para que no se decida por los exitosos. Es una lucha a la cual no pueden renunciar. En sus manos está la posibilidad de construir una verdadera sociedad democrática, sin la pobreza, la segregación  y la exclusión que hoy vivimos. (Estanislao Zuleta)

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