Pasado el mediodía de este viernes, mientras en Cali terminaban de acomodar sillas para la posesión de Abelardo de la Espriella, Gustavo Petro salió por última vez de la Casa de Nariño. Vestía de blanco. A su lado, tomada de la mano, caminaba su hija menor, Antonella. El resto del cortejo se fue armando detrás de ellos, a medida que ministros y funcionarios se sumaban a la fila que atravesaría la Plaza de Armas hasta la calle de honor que había preparado el Batallón Guardia Presidencial.
El Congreso, casi en pleno, ya estaba en Cali para la investidura. Casi en pleno, pero no del todo: la bancada del Pacto Histórico decidió no asistir y montó un plantón en protesta, y varios congresistas del Partido Verde tampoco hicieron el viaje. La foto de ese ausentismo, en un país acostumbrado a que el Congreso completo despida y reciba presidentes, quedará como uno de los datos curiosos de esta transición.
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Quien sí caminó junto a Petro fue Nicolás Alcocer Petro, hijo de Verónica Alcocer y adoptado por el hoy expresidente. Su presencia llamó la atención porque el matrimonio entre Petro y Alcocer se rompió hace años, y ella terminó radicada en Estocolmo, donde ha protagonizado más de un escándalo. A comienzos de este año fueron sus salidas nocturnas las que llenaron páginas de la prensa sueca; hoy mismo, mientras su hijo acompañaba a Petro en Bogotá, Alcocer volvía a aparecer en Suecia, esta vez huyendo de otra tormenta: unos audios atribuidos a su exasesora Eva Ferrer que la vinculan con tráfico de influencias y manejo irregular de contratos. En el aeropuerto de Arlanda, abordada por un periodista del diario Expressen, negó tener algo que ver y dijo que todo eran habladurías. Que su hijo estuviera en la despedida de Petro, y no ella, resume bastante bien en qué quedó esa historia.
También salió con Petro Nohora Mondragón, la directora del Departamento Administrativo de la Presidencia, el Dapre, cargo que meses atrás ocupó Angie Rodríguez antes de renunciar en medio de un escándalo que todavía no termina de apagarse. Y salió el ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, uno de los funcionarios que más tiempo lleva pegado al despacho presidencial y uno de los pocos que sobrevivió intacto a los cuatro años de gobierno sin salir manchado por ningún lío mayor.
El nombre que más contexto necesita, sin embargo, es el de José Raúl Moreno, el jefe de Despacho de la Presidencia. Moreno lleva semanas en el centro de una pelea pública con Angie Rodríguez, la misma exdirectora del Dapre que hoy dirige el Fondo de Adaptación. Rodríguez presentó una denuncia formal ante la Comisión de Acusación de la Cámara en la que asegura que Petro vulneró su intimidad al divulgar detalles sobre un diagnóstico de salud mental que ella recibió mientras trabajaba en la Casa de Nariño, y que usó esa información para desacreditar las irregularidades que ella misma venía denunciando dentro del Gobierno. Moreno salió a respaldar al presidente diciendo que, después de diecisiete meses trabajando a su lado, podía dar fe de su comportamiento. Que caminara junto a Petro en su último día no fue casualidad: fue, más bien, la confirmación pública de un bando que ya se conocía.
Cerca de ellos, entre el resto de la comitiva, caminaban dos figuras que representan otro tipo de cercanía con Petro. Una fue Sebastián Guanumen, embajador de Colombia en Chile, quien saltó a la escena pública en la campaña de 2022 como asesor de comunicaciones del entonces candidato. En medio de la revelación de los llamados petrovideos quedó señalado por sugerir que la estrategia electoral debía correr la línea ética para desprestigiar a los rivales de Petro, una frase que lo persiguió incluso después de que el propio presidente lo nombrara embajador en Santiago. La otra fue María Fernanda Carrascal, conocida popularmente como Mafe Carrascal, representante a la Cámara por Bogotá y senadora electa por el Pacto Histórico, una de las voces más fieles al ahora expresidente y una de las más activas en la crítica pública contra Abelardo de la Espriella. En las últimas semanas cuestionó el traslado de gabinete que De la Espriella planea hacer a Barranquilla, puso en duda un anuncio de cooperación del Banco Interamericano de Desarrollo y calificó de autoritaria la posible demolición de un monumento en Cali. Que estuviera presente en la despedida de Petro, junto a Guanumen, no sorprendió a nadie que haya seguido su trayectoria en el Congreso durante estos cuatro años.
El resto del gabinete fue apareciendo de a poco entre la multitud: el ministro de Hacienda, Germán Ávila; el de Defensa, Pedro Sánchez; la de Transporte, María Fernanda Rojas; y la ministra encargada de Justicia, Cielo Rusinque. Faltó el ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, que ese mismo día estaba en Barranquilla acompañando al senador Iván Cepeda en un plantón contra la posesión de De la Espriella.
Petro habló poco. Agradeció a los soldados que lo cuidaron durante cuatro años y dijo que el mandato popular se respeta, que hasta ahí llegaba su gobierno. Cerró con la misma frase que ha repetido en otros discursos, sobre la libertad y la vida, antes de recibir el último homenaje militar en la Plaza de Armas y subirse a una camioneta blanca escoltada que lo sacó del complejo presidencial.
No hubo empalme cara a cara entre Petro y De la Espriella. Los dos presidentes, saliente y entrante, no se reunieron en ningún momento de la transición, algo inusual en la historia reciente del país. De la Espriella, además, decidió no pisar la Casa de Nariño: anunció que la convertirá en museo y que gobernará desde las regiones, con Barranquilla, Cali y Medellín como sus sedes de trabajo.
Petro, por su parte, ya avisó que tomará unos días de descanso antes de asumir la jefatura de la oposición y la presidencia del Pacto Histórico, con la mira puesta en las elecciones regionales de 2027. Mientras tanto, sigue insistiendo en que hubo fraude en las elecciones que le entregaron el poder a De la Espriella, una acusación que ha repetido en los últimos días sin mostrar pruebas contundentes. La Casa de Nariño, entre tanto, queda vacía por primera vez en más de un siglo de un presidente en ejercicio, a la espera de convertirse en otra cosa.
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