Los desplazados también tienen nombre

Los desplazados pasan ante nuestros ojos como un paisaje al que ya estamos acostumbrados. Y en las ciudades es como si nada pasara. ¿Por qué dejar de naturalizar?

Por: CARLOS MARIO VÉLEZ RESTREPO
agosto 27, 2021
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Los desplazados también tienen nombre
Foto: Leonel Cordero

Refiere Valerio Massimo Manfredi, en su trilogía sobre Alejandro Magno, que a la tienda de campaña del general, una noche, con la intención de matarlo entró la esposa de Darío, su principal enemigo. Como fue sorprendida falló en su intento. Alejandro la devolvió sana y salva, custodiada y protegida donde el general rival con un claro mensaje: “La guerra no se hace ni con mujeres ni con niños.”

A la tienda de víveres de una de las veredas más bellas, pero más violentas de Antioquia, llegó hace ocho días un grupo de hombres armados a ordenar el desplazamiento –con plazo perentorio de 24 horas– de doña Rosa, don Ramón, Ricardo el hijo mayor, Rosalba la que le sigue, Rafael, y el más pequeño, Rogelio. Esta familia es muy cercana a mis afectos. Los conozco desde hace años y tal vez por ello aumenta mi desazón, mi amargura, mi eterna tristeza por esta familia y los millones de desplazados de este país sin alma.

Aturdidos por el miedo; desesperanzados de la vida; desarraigados de su tierra y sus afectos; humillados en su valía, salieron los R volando de Campo Alegre –que así se llama la Vereda– trasladando afanosamente sus sueños: sin corotos, sin dinero, sin enseres, sin alimentos… y peor sin ilusiones ni esperanzas.

Doña Rosa administraba la tienda que solo daba para comer. Don Ramón araba una tierra ajena y la propia que daba sus frutos para alimentar la ilusión. Ricardo estaba a tres meses de terminar su bachillerato y soñaba con ser profesional. Rosalba brincaba y jugaba por el campo sin ningún otro afán que ser feliz. Rafael estaba aprendiendo a escribir y a leer para narrar su propia vida. Rogelio –en su inocencia– cree que salieron de paseo y que en unos días volverán a Campo Alegre a jugar persiguiendo las gallinas y los perros.

A la tienda de los R –y a miles de tiendas semejantes– arriman con alguna frecuencia el ejército regular, los paracos, los guerillos y otros grupos (armados y exhibiendo con arrogancia sus armas de largo alcance) buscando proveerse de algún paquete de cigarrillos, un tarro de agua o una bolsa de golosinas. Pero atenderlos con alguna decencia a todos ellos, es un “pecado mortal”– que comete doña Rosa– para todos los demás.

Llamemos las cosas por su nombre. Los pecadores no son doña Rosa, ni Don Ramón, ni Ricardo, ni Rosalba, ni Rafael, y menos Rogelio en su inocencia. El pecado, la culpa, la carga, la responsabilidad absoluta y total la tienen otros. La mayoría de nosotros, por la indolencia cómplice y mezquina de no ver lo evidente. El Estado, o sea el gobierno, por la discriminación cruel y el abandono absoluto de los campesinos que nos dan de comer. Los poderosos, por su afán desmedido de riqueza y poder, sin importarles a quién aplastan en su camino. Los militares, por su búsqueda irracional de gloria medida en muertes y medallas de cartón. Los guerrillas y paracos, con su ceguera demencial en guerra declarada contra sus hermanos sin ver al enemigo real. Los clanes de la droga, por su ambición absurda y desmedida de dólares y tierra –sin importar si esta y los suyos quedan arrasados–.

Esta guerra nuestra, absurda, despiadada –y parece que eterna- se desarrolla en el campo–. En las ciudades seguimos teniendo ferias y carnavales como si no pasara nada. Seguimos muy tranquilos coronando reinas, aplaudiendo futbolistas y bailando reguetón. Este comportamiento citadino, marcado por la indiferencia, también nos hace culpables a todos de la mala vida que hoy, ocho días después de su desplazamiento forzado, padecen doña Rosa, don Ramón y sus hijos que deambulan hoy por Bogotá, dando vueltas sin sentido, sin esperanza, sin trabajo, sin estudio, sin comida, sin ilusiones… Y tal vez sin país por culpa de los cobardes que no han comprendido, como lo comprendió Alejandro Magno, que “la guerra no se hace ni con mujeres ni con niños

 

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