Los consejos de Guerra eran la última instancia antes de dar la orden

Cualquier falta grave o intento de deserción costaba la vida. Así se aplicaba justicia de acuerdo a los férreos códigos guerrilleros como relata el excombatiente Gabriel Ángel

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Agosto 30, 2018
Los consejos de Guerra eran la última instancia antes de dar la orden
Foto: archivo elpais.com.co

Mientras hablaba, el rostro de la mujer se revestía de intensa palidez. Sus palabras brotaban en tono de súplica, aunque la neutralidad de su semblante, por alguna razón, no armonizaba completamente con ellas. Como si solo se empeñara en recitar algo ensayado:

“Quiero pedirles, muchachos, que por favor me den una oportunidad. Es cierto, cometí un gran error y soy la primera en reconocerlo. De hecho, ya hablamos con Cristian. Los dos somos conscientes de que fallamos. Él y yo decidimos poner fin a nuestra relación, sabemos que nos hicimos daño y que estuvimos a punto de causarlo también al movimiento. Pero no sucedió, y ya nunca sucederá… Les pido que no me maten…”

El auditorio, compuesto por casi un centenar de guerrilleros, seguía sus palabras en silencio. Por momentos unos y otros se miraban a los ojos con gesto de interrogación.

La Dirección del Frente había decidido convocar el Consejo de Guerra, y luego de la consulta respectiva al Bloque, El Mono había señalado su conformidad. El colectivo debía zanjar la cuestión. Se había escuchado ya el informe de la Dirección, habían hablado también el Fiscal y el Defensor. Ahora le correspondía el turno a la acusada. Después, el jurado de conciencia compuesto por cinco camaradas elegidos por la Asamblea, saldría a deliberar y traer la propuesta de veredicto que se sometería a la votación de todos los presentes.

Los hechos habían salido a flote a medida que se producían las intervenciones. La dirección del Bloque había ordenado al Frente 40, recibir a los designados para un curso de enfermería. Provenían de distintas unidades cercanas, compañías y frentes que El Mono había ido situando entre la serranía de La Macarena y la cordillera Oriental, a un costado y otro del río Duda. De una compañía móvil del Frente Primero habían enviado, entre otros, a Cristian y Marcela, una pareja de guerrilleros que llevaban varios años compartiendo amores.

El curso no se llevaría a cabo en el 40, sino en otra de las unidades vecinas, a la que debían ser enviados los cursantes. En cuanto el camarada Mauricio envió el listado de estos, se conoció una novedad inesperada. Marcela, para contrariedad de ella y Cristian, no figuraba en la lista y nadie podía explicar la razón. Antonio, el encargado del 40, le pidió esperar un par de días. Si todo salía como pensaban, él la remitiría al curso apenas se confirmara su nombre.

Marcela quedó entonces en el Frente 40. Cuando eso pasaba, el guerrillero debía hacer un esfuerzo por familiarizarse con rapidez a su nueva situación. No solo el terreno al que estaba habituado le cambiaba de repente, sino todo el personal de guerrilleras y guerrilleros con los que debía tratar, para no mencionar el cuerpo de mandos con quienes no resultaba tan fácil entrar en confianza.

La aclaración sobre su situación se demoró en llegar. Al cabo de varias semanas se había amistado con algunas de las muchachas del Frente, mientras mantenía una relación fría con los muchachos. Era una mujer hermosa a sus treinta años, y como lo sabía, no quería atraer sobre sí muchas miradas. Estaba realmente enamorada de Cristian, y sólo tenía pensamientos para él.

Las brigadas móviles andaban cerca, rastrillando en una y otra dirección el área del Frente. Había por tanto que moverse de un lugar a otro casi a diario. No se podía contar con una caleta cómoda, había que dormir en el suelo, sobre hojas secas, o en la hamaca si las condiciones eran mejores. Marcela pasaba la noche siempre sola, deseando a Cristian y suspirando por él.

Las charlas políticas que daban algunos cuadros en la mañana o la noche, apenas lograban despertar su interés. Se sentía mal, incómoda, fastidiada de todo. Tenía años sin separarse de Cristian, aquella prueba se le antojaba insoportable. Ignoraba cuándo volverían a verse. Su carácter se tornaba agrio, nada lograba despertar su atención.

Hasta que Antonio informó que había recibido la orden de hacer una gira por varias de las unidades ubicadas en el Frente, con el propósito de hacer balance de sus actividades. Su noble carácter lo indujo a llevar consigo a Marcela. Estaría unos días en el curso de enfermería y así ella podría verse y pasar con Cristian unas noches. El curso era móvil, pero el balance se realizaría en el Samsa.

Este es un río que tiene la virtud de romper literalmente el sector norte de la serranía en sentido occidente oriente, conformando un cañón de auténticos desfiladeros. Tras un par de días en esa unidad, Antonio organizó una marcha en horas de la noche, para resguardarse de la presencia acosadora de las patrullas del Ejército. El mando del curso marchó con él en el grupo de centro. A su lado lo acompañaba su radista, Karen. Marcela y Cristian caminaban en la retaguardia.

El escarpado terreno imponía mayores sufrimientos en horas de la noche, y la radista, Karen, se fue rezagando del lado de su jefe. Se sentía mal de salud, le faltaban fuerzas. Marcela y Cristian se mostraron especialmente cariñosos con ella, sobre todo cuando los obligaba a detenerse para descansar un poco. Incluso propusieron a sus compañeros que fueran siguiendo adelante, ellos dos se quedarían acompañando a la muchacha.

En cuanto calcularon que los demás habían tomado una buena distancia, Cristian desenfundó su pistola y encañonó a Karen, con el apoyo de Marcela. Le exigieron que se bajara el equipo de la espalda y procedieron a esculcarlo. Al no hallar lo que buscaban, comenzaron a preguntarle por el dinero. En ese momento comprendió Karen lo que sucedía. Su comandante confiaba en ella para portar el presupuesto de la unidad. Eran esos los millones por los que preguntaban.

Esa tarde, antes de salir de marcha, el mando le había ordenado entregar el dinero a otro guerrillero. Dichos movimientos se realizaban con discreción, cuidando que nadie se percatara. Quizás cómo se había enterado Cristian que ella portaba el dinero, pero lo que no sabía era que lo había entregado a otro. La molestia inicial de la pareja se convirtió en ira. ¿Dónde tenía escondido el maldito dinero? Estaban dispuestos a desnudarla para encontrarlo.

Cuando Karen les explicó lo sucedido, la reacción de Marcela fue explosiva. No había nada qué hacer. Tendrían que volarse sin ningún dinero, su plan les había fallado. Pero antes tenían que pegarle un par de tiros a la muchacha y arrojarla al fondo del abismo, al río. Si la dejaban con vida, informaría rápidamente de su deserción y quizás podrían atraparlos. Se lo exigió a Cristian incluso a gritos. Karen se echó a llorar, suplicando por su vida, eran camaradas, compañeros de lucha, ¿cómo podían atreverse a cometer algo semejante?

Cristian vacilaba, lo cual exacerbaba aún más el ánimo de Marcela, que lo insultó por cobarde. Karen optó por asegurarles que ella también estaba aburrida, que hacía días pensaba desertarse, y que podía irse con ellos. Fue más allá, les ofreció dinero. Ella no lo tenía, era cierto, pero sabía a quién se lo había entregado. Si estaban de acuerdo, podían alcanzar el grupo. Esa noche, ella los conduciría hasta donde dormía el que portaba los millones, para quitárselos cuando durmiera y huir todos con él. Podía hacerse, ella sabía bien cómo.

Marcela insistió ante Cristian para que no le creyera. Karen era de la confianza del mando, los delataría. Eso significaría su seguro fusilamiento. La muchacha lloraba sin tregua, jurándoles que cumpliría su palabra. Al final Cristian sentenció que si iban a desertarse era mejor llevarse el dinero. Aplazarían la cuestión unas horas, era todo. Con un gesto enérgico anuló la oposición de Marcela. Y dio un ultimátum a Karen. La estaría vigilando todo el tiempo. Si le observaba alguna actitud sospechosa, la mataría sin pensarlo. De todas formas estarían perdidos.

Cuando alcanzaron el grupo, ya este se había detenido y sus integrantes se dedicaban a arreglar sus lugares de pernoctada. Cristian habló con quien hacía las veces de oficial de servicio, para decirle que él y Marcela arreglarían caleta con Karen por esa noche, les daba pesar, la muchacha estaba muy cansada y algo enferma. Antes de tenderse en el lecho conjunto, Karen les aseguró que necesitaba dar una vuelta por el sitio, para ubicar al del dinero, y además orinar.

Cristian consintió, asegurándole que la seguiría de cerca. Tras encontrar la ubicación del que buscaba, Karen se introdujo un poco en el monte espeso, para bajarse los pantalones y orinar. Cuando lo hacía sintió pasos cerca de ella, y distinguió a uno de sus compañeros. Con un leve sonido le pidió acercársele. Una vez a su lado le manifestó que estaba secuestrada, que Marcela y Cristian la tenían amenazada de muerte, y le rogó comunicar al mando. Cristian, un poco más alejado no se percató de aquella fugaz conversación.

Lo demás fue su captura esa noche, unos minutos después de acostarse. Varios guerrilleros los iluminaron de pronto con una linterna, al tiempo que les apuntaban con sus fusiles. Antonio se trajo de vuelta a Marcela, bajo detención. Cristian quedó en la unidad de curso, en donde le celebraron el consejo de guerra que lo condenó a fusilamiento. Marcela fue juzgada en el 40. El veredicto del jurado la consideró culpable de varios delitos graves. La Asamblea ratificó por unanimidad el fallo. El Mono respondió a la obligatoria consulta confirmando la sentencia.

 

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