Llegó la hora de tomarnos en serio a la desigualdad

"Nuestro futuro depende del mutuo reconocimiento y nuestra capacidad para ponernos en el lugar del otro en aras a construir un mundo más justo"

Por: Andrés Segovia Cuéllar
marzo 25, 2020
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Llegó la hora de tomarnos en serio a la desigualdad
Foto: Ariel Arango Prada

Hace pocos días fue estrenada en Netflix la película española ‘El Hoyo’, escrita por David Desola y Pedro Rivero, y dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia. El éxito de la película no solo se debe a su magistral caracterización, ingeniosa y visceral, de la desigualdad humana, sino por su lanzamiento en épocas de profundas reflexiones sobre las posibilidades de la solidaridad y la cooperación, debido a la pandemia por Coronavirus que azota todos los rincones del planeta. Con la precaución de evitar spoilers, y dejando abierta la invitación para que todos vean la película y hagan sus propias reflexiones, vale la pena analizar el trasfondo filosófico de la película.

Hace ya casi 50 años, el filósofo norteamericano John Rawls escribió una de las obras más importantes de la filosofía moral y política de la modernidad, su Teoría de la justicia (1971). En este libro, Rawls intentó ofrecer una respuesta a la pregunta de qué es la justicia, y en particular, qué es la justicia distributiva.  Rawls entendía la justicia como el medio para resolver los conflictos entre diferentes agentes involucrados en un dilema, de tal forma que la solución propuesta fuera aceptada por todos. En términos de justicia distributiva, Rawls se preguntó cuál es el sistema más justo para la distribución de los bienes que produce una sociedad y que suponen el bienestar de los individuos.

Para ofrecer una teoría sobre la justicia distributiva, Rawls ideó una serie de conceptos que siguen siendo de enorme relevancia para el debate político y económico actual. Estos conceptos fueron la posición original, el velo de ignorancia y el principio de diferencia. Para Rawls, un sistema justo de distribución de bienes sólo puede provenir del acuerdo entre personas que no saben cuál va a ser su posición en la sociedad. Cuando las personas, en su libertad y racionalidad, no saben a ciencia cierta si su posición en la sociedad es privilegiada o desprotegida, si no saben cuál será su nivel socioeconómico, su origen étnico o su color de piel, no tienen razones para defender los beneficios que han sido dirigidos de forma exclusiva a ciertos sectores de la sociedad. Bajo un ‘velo de ignorancia’, todos los individuos serían conscientes de lo injusto de una distribución asimétrica de los recursos, y acordarían que el sistema más justo es aquel en el que todas las personas tienen garantizada una igualdad en el acceso a los bienes resultantes de la cooperación y la acción colectiva. El sistema más justo además debe regirse por el principio de diferencia, esto es, que cualquier desigualdad en el acceso a los bienes colectivos solo está justificada si beneficia a los menos favorecidos en el grupo social.

La película española ‘El Hoyo’ es una genial adaptación cinematográfica de la teoría de la justicia de John Rawls. Las vicisitudes y las consecuencias de la desigualdad están presentes en cada segundo de la historia, cuando vemos la manera en que los privilegiados agotan los generosos recursos dispuestos para los individuos, o cuando vemos cómo ‘los de abajo’ se rigen bajo la ley de la supervivencia y la muerte como producto del hambre.  En la película, además, hay diferentes condiciones que hacen imposible la cooperación entre los individuos a pesar de la constante incertidumbre de los personajes sobre la posición que van a ocupar en el futuro. La película ofrece un final simbólico, abierto a múltiples interpretaciones. La pregunta al final es si la solidaridad espontánea, la cooperación y la racionalidad, son más fuertes que el egoísmo, el instinto de supervivencia o la emotividad desbordada.

Nada más cercano a la situación vivida actualmente como producto de la pandemia por Coronavirus. La humanidad se encuentra justamente en un momento de reflexión en el que empieza a considerar sus principios, sus certezas y la manera como ha dado por sentada la existencia en el planeta sin pensar en el futuro. Todos comenzamos a comprender la importancia de la acción colectiva, del consenso y la solidaridad para la superación de los desafíos que tenemos como especie.  Hoy somos conscientes de la importancia de una sanidad pública que nos ayude a enfrentar la enfermedad y la calamidad, una sanidad pública que no discrimine por capacidad de pago, por color de piel o por historia personal. Hoy somos millones de personas conscientes de la importancia de limpiar nuestra casa común para poder respirar un aire limpio, garantizar el agua natural potable para el futuro y gozar de un equilibrio con la naturaleza.

Lamentablemente, el modelo económico predominante ha convencido durante siglos a muchos ciudadanos que lo más importante para la vida en este mundo es el poder y la competencia. Muchos de los que han creído en ese dogma propio del neoliberalismo, han defendido la desigualdad económica como el resultado predecible de la ‘naturaleza humana’, y han promovido una ética conservadora que legitima la jerarquía y la opresión.

Sin embargo, la realidad del mundo no solo puede ser descrita y prescrita por aquellos que han tenido la fortuna de ocupar lugares privilegiados en la sociedad. No puede haber una reflexión completa sobre nuestra realidad y nuestra historia sin tener en cuenta la posición de todos los actores de la sociedad, incluyendo a los que han ocupado lugares menos favorables: Todos aquellos que no pueden cumplir una cuarentena porque viven de un ingreso diario, no pueden tratar una enfermedad por que carecen de los recursos para pagar una salud privada de alto costo, o no comprenden la situación que vive el mundo porque nunca han tenido la posibilidad en sus vidas de acceder y aprovechar los medios de la información y la comunicación.

Es el momento de reconocer que todos deberíamos tener las mismas posibilidades para gozar de los bienes que por azar o por designio, como resultado de la providencia o el trabajo colectivo, tenemos a la mano como especie. Nuestro futuro depende del mutuo reconocimiento y nuestra capacidad para ponernos en el lugar del otro para construir un mundo más justo. Es hora de tomarnos en serio a la desigualdad.

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