El mapa político, tal como lo conocimos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ha dejado de ser un concilio de fronteras fijas para convertirse en un croquis amorfo de espacios elásticos. Tal sucede hoy con los mapas de Oriente Medio: se redibujan con excavadoras y zonas de exclusión en el sur del Líbano; lo que realmente se está demoliendo, más allá de las columnas de hormigón que brotan del suelo, es el andamiaje jurídico de 1945.
Visto de manera simplista como un conflicto regional, somos testigos del nacimiento de un nuevo orden donde la seguridad de los fuertes ha canibalizado la soberanía de los débiles. Bajo este paradigma, el derecho internacional ya no es un límite al poder, sino una sugestión técnica que se ignora con total impunidad.
La erosión del mapa libanés no es un fenómeno meteorológico, a no ser que Israel se reconozca como diluvio. El Gobierno de Israel y sus Fuerzas de Defensa (FDI), bajo la narrativa de una "limpieza de seguridad" contra las milicias, han ejecutado en estos meses lo que los organismos internacionales ya califican como un despoblamiento sistemático. Al ignorar flagrantemente la Resolución 1701 de la ONU (a propósito de la jurisprudencia de 1945 antes mencionada), Israel, además de atacar objetivos militares, está desmantelando la viabilidad de una nación. Según datos de ACNUR y la OCHA, la cifra de desplazados forzados ha escalado a 1.2 millones de libaneses, lo que significa que casi una cuarta parte de la población ha sido arrancada de sus hogares para convertir su territorio en una zona muerta de 15 kilómetros de profundidad.
Este flagelo contra el pueblo libanés encuentra su justificación en el Nuevo Orden del que hablamos: la primacía de la seguridad propia sobre la existencia ajena. La indignación nace de la metralla de un pueblo hacia sus comunes, de la frialdad con la que se administra el desastre. Mientras el ejército israelí utiliza municiones incendiarias para inutilizar 4.000 hectáreas de cultivo en la Bekaa, no solo destruye el presente de los agricultores, sino que hipoteca la seguridad alimentaria de todo el país.
Si lo pensamos, Líbano no es muy diferente a cualquier país en ese sentido: sin el agro, el pueblo se muere. La pólvora pasa a ser un verdugo instantáneo, casi que preferible antes del agravio del cuerpo por falta de alimento. Estamos ante un victimario que utiliza la tecnología de punta para aplicar una táctica de asedio medieval, asfixiando los nodos logísticos y el acceso a la energía de una población civil que el mundo, en su pragmatismo cínico, parece haber decidido ignorar.
Si la “seguridad” de un país está por encima de la soberanía de otro, se habrá firmado la partida de defunción del orden internacional para todos. El silencio no es neutralidad, es complicidad en el rediseño del mundo por la fuerza. La soberanía ya no la dictan quienes crean nación; la dicta el alcance del próximo dron.
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