Opinión

Las cartas de los Rodríguez Orejuela y la Comisión de la Verdad

Cuando reaparecen los sucesos de ambas cartas incendian titulares, porque sabemos la verdad, pero no qué hacer con ella. Ese sería gran aporte del padre De Roux

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septiembre 12, 2021
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Las cartas de los Rodríguez Orejuela y la Comisión de la Verdad
Es posible que la gran contribución del padre de Roux consista en enseñarnos a los colombianos una nueva forma de aproximarnos a la verdad

Esta semana estuvo particularmente movida, lo cual es mucho decir cuando hablamos de Colombia. Los colombianos sabemos que nuestro país, en términos de sísmica política, permanece unos cuantos grados por encima del promedio mundial en la escala de Richter.

El vértigo mediático no nos dio tregua esta semana. Los escándalos del Mintic, los desaciertos impresentables respecto de la Feria del Libro de Madrid, la renuncia de la ministra, otra vez la obsesión de la alcaldesa insultando a la policía. En fin, por ahí vi que hasta Epa Colombia tuvo algún tropel con alguien.

Y obvio, en medio de esta agitación, la carta de Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela dirigida al expresidente Andrés Pastrana cayó como un rayo en una piscina.

Palabras más, palabras menos, lo que dice la carta es que la carta, la otra carta, la que Pastrana presentó ante la Comisión de la Verdad contra Samper, es auténtica y dice la verdad. Pero que también es verdad que ellos le dieron plata a su campaña, a la de Pastrana, y que eso también debió de ser expuesto en la Comisión de la Verdad.

Lo que quiere decir, a su vez, que palabras más, palabras menos, les dieron plata a los dos, a las dos campañas, tal cual lo hicieron a lo largo de los últimos 50 años con todas las campañas, según los Rodríguez Orejuela.

Lo primero que daría para causarnos sorpresa no es que el dinero del narcotráfico hubiera llegado a esas campañas. Se sabe que eso viene ocurriendo a diestra y siniestra desde la década de los setentas. A esas alturas ya reverberaban escándalos como el de la Ventanilla Siniestra del Banco de la República a través de la cual se ejerció la primera gran versión de las lavanderías de activos.

Tal vez lo que hoy tendría más sentido sería reparar en que los sucesos narrados en ambas cartas fueron sucesos que ocurrieron hace más de 25 años y que de muchas maneras ya habían sido publicados décadas atrás. No obstante, cada vez que reaparecen vuelven a incendiar los titulares como si se tratara de chivas periodísticas de máxima actualidad y no de unos refritos cuyos aceites oxidados no terminan de quemarse.

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¿Por qué no hemos podido resolver y superar ese drama de la historia política?

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La pregunta pertinente podría ser, entonces, ¿Por qué no hemos podido resolver y superar ese drama de la historia política?

Resulta imposible responderse con una sola respuesta.

Lo primero es que si bien es cierto que los hechos directamente vinculados a las campañas de Samper y de Pastrana ya forman parte del pasado, también es cierto es que el problema sigue vivo y cada con rasgos más graves y sofisticados.

Si antes ocurría lo que ocurría frente al fenómeno de los carteles del narcotráfico, qué no estará ocurriendo hoy, 25 años después, cuando nos hallamos frente a unas inmensas economías ilegales ligadas al narcotráfico y a muchos otros delitos híper rentables tales como la minería ilegal, el contrabando, el lavado de activos globalizado, la trata de personas, la corrupción administrativa, la compra-venta de elecciones y gobiernos regionales, el soborno múltiple de unidades enteras de la fuerza pública.

Que no quepa duda: mientras esta realidad de la invasión de dineros ilegales en la política, en la economía y en el Estado siga viva y creciendo, cada escándalo del pasado seguirá reencauchándose con la más mínima oportunidad, con la más mínima disculpa, con la máxima preocupación.

Pero hay una segunda respuesta en la que debemos detenernos.

En Colombia los dirigentes heredan una maldición fatal que les impide emplear las verdades históricas como insumos para solucionar nuestros problemas y terminan convirtiéndolas en verdaderos puñales con los cuales tiran a matar a sus adversarios políticos más odiados.

Acabamos de verlo una vez más. Pastrana llevó una verdad a la Comisión de la Verdad para atacar a Samper. Samper usa otra carta u otro titular de prensa para atacar a Pastrana. Laureano vivía buscando verdades para atacar a Ospina y Ospina buscando las suyas para atacar a Laureano. López buscando verdades para atacar a Turbay y Turbay buscando otras para atacar a López. Así ha sido a lo largo de nuestra historia.

Y ni qué hablar de la política actual que ha llegado al extremo de convertir a la opinión pública en una especie de horda de circo romano que no está dispuesta a recibir las verdades si no vienen empaquetadas en sendos escándalos de sangre y puñaladas.

Esta maldición histórica debe llevarnos a pensar que el problema de Colombia no radica, entonces, en que no sepamos la verdad sino en que no sabemos qué hacer con ella.

A grandes rasgos, podemos decir que aquí conocemos qué ha ocurrido. Conocemos cuáles han sido las causas, los protagonistas y los hechos de las violencias, de la corrupción, de los pecados del poder, de las violaciones de los Derechos Humanos, del narcotráfico, de las guerrillas, del paramilitarismo, de las injusticias de la economía y, en general, de los grandes males que nos han aquejado y nos siguen aquejando. Luego es de esperarse que por más detalles  que nos cuenten, no sea mucho lo que nos aporte de nuevo el informe final de la Comisión de la Verdad.

Personalmente, respeto y admiro al padre Francisco De Roux y anhelo que los resultados de la Comisión de la Verdad que dirige constituyan el mayor aporte posible. Estoy convencido de que la intención genuina de De Roux  es la paz de nuestro país.

Por lo tanto me atrevo a sugerirle que más allá de la gran historiografía que puedan ir acumulando con base en sus indagaciones sobre la cadena de dolores de nuestra nación, es posible que su gran aporte consista en enseñarnos a los colombianos una nueva forma de aproximarnos a la verdad.

Si el padre De Roux y sus comisionados logran enseñarnos que las verdades nos son armas de guerra política sino puntos de encuentro, solución y reconciliación, les quedaremos eternamente agradecidos.

 

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