La IA pone en duda el valor de las carreras, pero la universidad sigue formando capacidades para comprender, cuestionar y transformar el mundo

 - La universidad no es una fábrica de trabajadores

Cada vez son más los analistas que pronostican un futuro irreversiblemente automatizado en el que los trabajos cambiarán, muchas tareas dejarán de existir como las conocemos hoy y otras se transformarán en algo que todavía somos incapaces de imaginar. La inteligencia artificial se ha colado en buena parte de las actividades que hacemos: le pedimos opiniones, información y respuestas sin cuestionarlas demasiado. Desde ya se afirma que la generación Beta -nacidos entre 2025 y 2039, porque hasta eso lo puede predecir la dichosa herramienta- crecerá con la inteligencia artificial integrada a todas las esferas de la vida. Pero hay una predicción que me alarma más que las demás: el fin de la educación universitaria. ¿Para qué estudiar cinco años por un título que puede estar desactualizado cuando llegue el momento de graduarse?

Estudié Comunicación Social en una época en la que no existían las redes sociales y apenas comenzaban a aparecer los sistemas de comunicación en línea. El periodismo se hacía en prensa, televisión y radio. Se llamaba al teléfono fijo, se hacía reportería y se escribían noticias. Pocos años después llegó Facebook y con él una revolución digital que todavía no se detiene. Cambiaron las herramientas, cambiaron las formas de producir y distribuir la información y cambió buena parte del oficio que había aprendido.

Sin embargo, nunca he renegado del tiempo que pasé en la universidad, de las noches de trasnocho escribiendo algún ensayo ni de las lecturas largas y complejas a las que me enfrenté. Al contrario. Mi paso por ella me enfrentó a visiones del mundo que jamás habría imaginado y me obligó a cuestionar muchas de mis certezas. Cuando cambiaron las formas de hacer mi trabajo, no tuve que volver a empezar de cero. Tenía otras herramientas.

Aprendí a escribir y a ordenar las ideas antes de ponerlas sobre el papel. Aprendí a descomponer un problema, a reconocer sus partes, a establecer relaciones entre ellas y a encontrar una manera de explicarlo. Aprendí a comunicarme con personas distintas a mí y, sobre todo, a intentar escuchar antes de responder. Aprendí que detrás de una posición que no comparto puede haber una experiencia que no conozco. Aprendí, en últimas, a moverme entre problemas para los que no siempre existe una respuesta única. En la universidad aprendí un oficio, pero aprendí también algo que resultó ser más importante que el oficio mismo: aprendí a pensar.

Por eso me preocupa que la educación universitaria se piense cada vez más como un entrenamiento para el mercado laboral. La pregunta parece ser qué carrera garantiza un empleo, qué habilidades serán demandadas y qué conocimientos necesita una empresa. Como si el propósito de estudiar fuera convertirse en una pieza eficiente de un sistema productivo.

La universidad debe formar profesionales, por supuesto. Pero una sociedad no necesita solamente personas capaces de desempeñar bien un oficio. Necesita personas capaces de comprender los problemas que las atraviesan, de relacionarse con quienes piensan distinto, de discutir sus ideas, de reconocer sus propios prejuicios y de participar en la construcción de respuestas colectivas.

Eso requiere mucho más que conocimientos aplicables a una tarea. Requiere lectura, escritura, capacidad de argumentar, pensamiento crítico, imaginación, sensibilidad frente a los otros y disposición para revisar aquello que creemos saber. No son habilidades que pertenecen a una profesión determinada. Son parte de lo que necesitamos como sociedad para poder vivir juntos y transformar aquello que no funciona.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Por eso reducir la universidad a la empleabilidad empobrece no sólo la educación, sino también la idea de sociedad que estamos construyendo. Si educamos únicamente para ocupar los puestos que ya existen, estaremos formando personas para mantener en funcionamiento el mundo que tenemos, pero no necesariamente para cuestionarlo, transformarlo o imaginar otro.

La educación universitaria debería preparar a las personas para participar en una sociedad que se construye permanentemente. Y eso significa formar profesionales, sí, pero también ciudadanos capaces de pensar más allá de la tarea que les corresponde, de comprender que sus decisiones tienen consecuencias sobre otros y de intervenir en problemas para los que nadie tiene todavía una respuesta definitiva.

Por eso no deberíamos preguntarnos solamente qué debe saber hacer un estudiante dentro de diez años. No sabemos qué trabajos existirán, qué herramientas utilizaremos ni qué problemas tendremos que resolver. Las necesidades del mercado cambian, los oficios cambian y las tecnologías cambian. Pretender que la universidad prepare exclusivamente para ese futuro es pedirle predecir el futuro.

Su tarea debería ser otra: preparar a las personas para enfrentarse a lo que todavía no conocen.

Y aquí la inteligencia artificial vuelve más visible una discusión que es anterior a ella. Si podemos obtener información, procesarla y producir contenidos con una rapidez que hace unos años parecía imposible, quizá haya llegado el momento de preguntarnos si el valor de la educación puede seguir midiéndose por la cantidad de tareas que una persona sabe ejecutar. El conocimiento profesional seguirá siendo necesario, pero no puede ser el único propósito de una formación universitaria.

Porque una sociedad necesita algo más que trabajadores competentes. Necesita personas capaces de hacerse preguntas, de comprender problemas complejos, de escuchar a quienes piensan distinto, de poner en relación conocimientos que parecen separados y de imaginar soluciones allí donde todavía no las hay. Necesita personas que no sólo sepan moverse dentro del mundo que recibieron, sino que puedan preguntarse qué debería cambiar en él.

La educación universitaria es, entonces, un entrenamiento intelectual, pero también una forma de preparación para la vida en común. No debería ser solamente el camino para obtener un título que certifique que sabemos hacer algo que el mercado necesita. Debería ser un espacio en el que aprendamos a pensar qué vale la pena hacer, para qué y con qué consecuencias.

Cuando era estudiante no podía imaginar el mundo en el que terminaría ejerciendo mi profesión. Muchas de las herramientas que aprendí a utilizar cambiaron. Pero aquello que aprendí a pensar no quedó obsoleto.

Quizás esa sea la verdadera respuesta a la pregunta con la que empezó esta columna. No estudiamos cinco años para aprender a hacer durante toda la vida exactamente lo mismo. Estudiamos para entrar en un mundo que va a cambiar y para tener algo que aportar cuando cambie.

Y si todavía no sabemos qué mundo será ese, con mayor razón necesitamos personas capaces de pensarlo.

Anuncios.