La última cena de la abuela caníbal

La comida preferida de Tamara Samsonova eran los pulmones de las once personas que mató. Acaba de confesar, satisfecha, sus macabros crímenes

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agosto 29, 2015
La última cena de la abuela caníbal

Cada dos horas Valentina Ulanovna le pedía a Tamara que la limpiara. A sus 79 años una apoplejía la había dejado parcialmente paralizada y ya no podía controlar sus esfínteres. Tamara, conocida en el humilde barrio de Frunzensky en San Petersburgo como una abuelita educada y dadivosa, siempre dispuesta a ayudar a los demás,  estaba harta de la situación. Por ayudar a su vecina lo único que ganaba era insultos y una que otro palazo en la espalda.

La gota que rebasó la copa fue esa pila de platos sin fregar. A Valentina el desorden la enervaba, pero ver los pedazos de carne pudriéndose al lado del grifo, hizo que el maltrato contra su voluntariosa vecina se intensificara. Entonces ella volvió a pensar en el diario íntimo que llevaba desde hacía treinta años y en donde escribía, al detalle, como había asesinado, descuartizado y luego comido a diez personas, entre los que se contaba su esposo, y pensó que ya era tiempo de narrar una buena historia.

Le dio un vaso de Kvas lleno de somníferos machacados. La viejita se quedó dormida en la silla de ruedas. La arrastró hasta el baño, la metió en la tina y aún viva empezó a destazarla. El torso lo envolvió con la cortina de la ducha, no sin antes sacar los pulmones, envolverlos entre periódicos, y guardarlos en la nevera. La cadera y los muslos los metió en una bolsa de plástico. La cabeza solo cupo en una olla. Los vecinos y la cámara de seguridad se alarmaron al ver entrar y salir a la señora de 68 años dejando en el basurero de la esquina los pedacitos camuflados de su víctima. De ellas y producto del calor del verano peterburgués, empezó a salir un olor nauseabundo.

Cuando terminó la limpieza, Tamara Samsonova sacó los pulmones, los puso sobre un planchón en la estufa y a medio asar, aún sangrantes, empezó a comérselos. Una vez masticó el último pedazo, con la adrenalina galopando por sus venas, abrió el diario y, sin arrepentimiento alguno, escribió, en inglés, alemán y ruso, el placer que sentía al degustar su plato favorito: los pulmones humanos.

Los había probado la primera vez que mató a alguien. Tenía 45 años y gracias a su experiencia como recepcionista en el hotel Europeiski, decidió poner un hostal para estudiantes. Durante meses su único inquilino era un muchacho desarrapado y sucio que se rehusaba a pagar la renta. De un hachazo Tamara le rompió la crisma, lo destazó y luego, fiel al ritual, se comió los pulmones. Eran suaves y dulces. Ninguna carne del mundo podía ser tan tierna.

El 1 de agosto fue detenida. Ella, cansada de ocultar sus gustos culinarios, le confesó sus crímenes al juez, recalcándole que no se arrepentía de nada.

En sus ojos se veía que se había liberado de un peso muy grande.

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