Todos somos Aylan

El trágico momento del niño encontrado en una playa de Turquía, cuando su familia intentaba escapar del Estado Islámico en Siria. Murió con su hermanito y su mamá

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septiembre 03, 2015
Todos somos Aylan
Fotos: tomadas de internet

A Aylan Kurdi su padre, Abdullah, lo despertó en medio de la noche. Lo bañó junto a su hermanito Galib y lo llevó hasta la barca. Allí estaba Rihan Kurdi, su madre, una mujer de 35 años que había tenido que soportar el abuso constante a la que la sometía el Estado Islámico establecido en Kobane, la ciudad kurdo-siria de la que habían salido huyendo en una embarcación que los llevaría a la isla griega de Kos. Desde ahí tomarían un avión para salir a Vancouver en donde los esperaba la hermana de Abdullah, el ángel guardián que cada mes les giraba dinero para poder sostenerse. Estaban a medio camino cuando la guardia turca los detuvo.

Pasaron dos noches en Bodrum, una península al oeste de Turquía. Allí encontraron a seis refugiados sirios y en una balsa inflable pensaban cubrir las doce horas que los separaban de Kos. Partieron la noche del martes, aprovechando que el mar era una inmensa y plácida piscina. Avanzaron 500 metros cuando Aylan le dijo a Abdullah que se estaba mojando los pies: por el peso de los nueve ocupantes a la balsa empezaba a entrarle agua por todas partes. Desesperados tomaron los remos e intentaron volver a la costa, pero Abdullah entendió que ya era tarde así que intentó agarrar de las manos a sus dos hijos mientras se resignaba a ver como Rihan era tragada por el mar.

Empezaron los gritos. Unos a otros, los nueve pasajeros, en el afán de aferrarse a la moribunda balsa, se hundían en un abrazo mortal. A sus 35 años Abdullah es un hombre fuerte pero el frío y el agua le entumecieron las manos y por más que lo intentó no pudo evitar que las olas arrebataran a Gallip y a Aylan. Metió la cabeza en el agua pero sólo vio la oscuridad. Abdullah salió a la superficie, tomó ese pedazo de caucho en el que se había convertido la balsa y flotó. A su lado estaba un joven de 18 años. Ateridos y en silencio esperaron a que llegara la guardia turca a rescatarlos.

Al otro día, temprano Abdullah entró a la morgue de la ciudad de Mugla y allí volvió a ver a su familia. Aylan estaba tendido sobre una bandeja de metal, fría y gris. Lo habían encontrado temprano en las playas de Bodrum. Tenía tres años. A su lado, inmóvil y con los ojos cerrados, estaban su esposa y Gallip. Al salir se dio cuenta que en los kioskos todos los periódicos y revistas turcos tenían de portada la foto del pequeño Aylan tendido en la playa boca abajo. Se convertía en pocas horas en el símbolo de los más de 20 mil inmigrantes africanos y asiáticos que han convertido el Mediterraneo en la fosa más grande del mundo.

Refugiado en su hotel, todavía en estado de shock, Abdullah recibió al embajador canadiense que le abría las puertas de su país. Al hombre esta noticia ya no le importó. Si Canadá le hubiera dado el asilo que pedían cuando los desmanes de ISIS empezaban a convertir Kobane en un infierno, su familia no hubiera sido tragada por el mar. Por culpa de esas negativas Abdullah tuvo que pagarle 2.000 euros a los piratas turcos para que los llevaran a Kos en balsas de juguete que sucumbirían a cualquier ola. Rechazó la oferta del embajador y ahora está convencido que la mejor forma para curarse del dolor que lo carcome, es denunciar ante el mundo los muros imaginarios e infranqueables que Europa ha puesto al otro lado del Mediterráneo.

#TodosSomosAylan

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