La tristeza de vivir en Colombia

"Duque gobierna para la guerra, lo que me deja una sensación amarga"

Por: Miguel Felipe Suárez Gómez
septiembre 15, 2020
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La tristeza de vivir en Colombia
Foto: Twitter @infopresidencia

Lo ocurrido durante las movilizaciones de los últimos días ha llevado a su máxima expresión la sensación de pesimismo que muchos experimentamos desde el inicio del gobierno de Iván Duque. Y es que el asesinato de más de 7 personas en las marchas de los últimos días a manos de la policía, ha sido la gota que rebosó la copa para muchos de nosotros.

Una derrota absoluta, impotencia, rabia y un temor nunca antes experimentado fue lo que sentí la noche del miércoles nueve de septiembre, mientras veía cómo las redes sociales se llenaban de videos en los que la policía disparaba contra manifestantes que, como mucho, estaban armados con piedras. Observar estos videos generó en mí una ruptura y una sensación de que ya no podía aguantar más lo que veía... es que desde que comenzó este gobierno todo ha ido de mal en peor.

Desde hace un tiempo me pregunto: ¿qué es lo que ha llevado a que una vez más el país esté volviendo a esa sensación de inseguridad que fue tan aguda en la última década de los 90 y a principios de los 2000? Creo que fue desde el triunfo del no en el referendo por la paz que muchos de aquellos que nos identificamos como personas con un pensamiento progresista sentimos que todo se fue para abajo. Recuerdo cómo relató un familiar que vive en el extranjero, que, en una de sus clases de la universidad, sus compañeros comentaban que, en nuestro país, se había preferido la guerra antes que la paz. Desde ese momento, la guerra se agudizó como la lógica de nuestra sociedad. Los que apoyamos la paz, desde entonces observamos anonadados, frustrados y profundamente impotentes cómo este gobierno hace añicos la posibilidad de un nuevo futuro, de una nueva sociedad.

Muchos de nosotros salimos en el 2016 a marchar en apoyo al proceso de paz. Una marcha de camisetas blancas, en la que los estudiantes tuvimos un papel preponderante, en la que, por la carrera séptima, vía en la que se han desarrollado importantes momentos de nuestra historia, no cabían más personas. A pesar de estas imágenes esperanzadoras, el daño estaba hecho. Debe entender el lector que lo que aquí escribo es desde una posición pesimista, desde un sentimiento de cansancio, desde una percepción de que este es un país enfermo, con profundos problemas estructurales, que, siendo realistas difícilmente resolveremos pronto.

Luego del triunfo del no, a partir de una campaña plagada de mentiras por parte del centro democrático, todo fue empeorando, las fuerzas alternativas no lograron ponerse de acuerdo, trayendo como resultado el triunfo de Iván Duque del centro democrático, partido que prometía hacer trizas el acuerdo de paz. Este acuerdo no sólo significaba la desmovilización de la guerrilla, sino la fundación de un pacto social, que llevaría el país a una nueva fase, una nueva Colombia. Con la llegada al poder de Duque, presenciamos un bloqueo sistemático de los compromisos con la paz, así como una vuelta descarada hacia una gestión únicamente para las élites, en la que las clases medias y bajas no tenemos posibilidad de una vida digna, sino que somos simples peones con empleos paupérrimos.

La profunda desigualdad de nuestro país, el aumento de las tasas de desempleo, el recrudecimiento del conflicto y los abusos descarados por parte de las instituciones estatales se condensaron en el descontento social que generó el paro nacional en 2019. Una vez más, los ciudadanos progresistas, partiendo de la posibilidad de construir un Estado de derecho en Colombia, salimos a las calles y nos encontramos con una brutalidad policial desenfrenada. En las calles bogotanas, no se permitía avanzar a los manifestantes y se mandaba el escuadrón antidisturbios. En los medios de comunicación, observamos una campaña de estigmatización de las marchas a nivel nacional, y cómo descaradamente se justificaban muertes como la del estudiante Dilan Cruz en una marcha. Con esto se anulaba el marchar como un derecho ciudadano, que debe ser garantizado por las instituciones. Sin embargo, en Colombia las ciudadanías tienen muchos deberes, pero muy pocos derechos.

Recuerdo la manifestación en la esquina de la carrera 19 en la que murió Dilan en Bogotá, el acompañamiento ciudadano a las afueras del Hospital San Ignacio; y el minuto a minuto de los partes de salud del joven hasta su fallecimiento. Fue en el paro nacional de finales de 2019, que observé impávido cómo en Colombia la vida de un ciudadano vale muy poco. El exigir nuestros derechos, el exigir a quienes nos gobiernan que hagan bien su trabajo, el buscar que nuestra vida valga, se traduce so pena de muerte. Como decía un fanático uribista en un video que se hizo viral durante los días del paro nacional en las redes sociales, para aquellos que nos oponemos a esta forma de gestión de la vida: “¡plomo es lo que hay!”.

Con el inicio de la pandemia del COVID-19 las marchas paulatinamente cesaron. Desde las autoridades nacionales y distritales, se ordenó que debíamos quedarnos en nuestras casas, y los ciudadanos debíamos obedecer. Mientras tanto, el personal de salud se presentaba de forma heroica en los medios de comunicación, al tiempo que se disponían como una población sacrificable, que debía trabajar bajo deficientes condiciones laborales. Ahora me doy cuenta con horror, cómo el confinamiento posibilitó que aquellos espacios que antes eran de la ciudadanía fueran ocupados por lo que llamamos “las fuerzas del orden”. Durante el confinamiento, la policía ocupó las zonas urbanas, sintiéndose a sus anchas para hacer y deshacer; imágenes como las de un adulto mayor vendedor informal, siendo ahorcado por la policía, y las de un padre de familia junto a sus hijos siendo reducido por policías por llevar mal el tapabocas, vienen a mi mente.

En las zonas rurales fue aún peor, el confinamiento permitió a los grupos paramilitares, narcotraficantes y a algunos sectores del ejército perpetrar gran cantidad de crímenes. Así, a medida que avanzaba la pandemia, observamos cómo casi a diario se presentaba una masacre en alguno de los territorios de la Colombia profunda.

Durante el confinamiento también observamos cómo salía a flote la desigualdad histórica de nuestro país. Las banderas rojas en muchos barrios y sectores en los que las personas no tenían qué comer, así como los llamados de ayuda fueron viralizados en las redes sociales y se convirtieron en imágenes del día a día. Claramente este gobierno ha gestionado de forma inadecuada la pandemia, protegiendo únicamente los grandes capitales y dejando a su suerte a las clases medias y bajas. Resultado de esto son los cuatro millones y medio de empleos que se perdieron en el país, la crisis actual de la economía y la espectral estadística que sitúa el 90% de las muertes por COVID-19 en los estratos 1,2 y 3. Que me lleva a reafirmar que en Colombia la vida del pueblo no vale nada. La cereza del pastel es el préstamo que le otorgó el gobierno nacional a Avianca, así, se cuentan con recursos para los grandes capitales, pero no para la educación, la investigación, la cultura, la salud y un largo etcétera.

Lo ocurrido en el paro nacional de 2019 y a lo largo del confinamiento, fueron poco a poco condensando ese malestar social de décadas en la población, que finalmente estalló ante la brutalidad policial con la que fue asesinado el abogado Javier Ordoñez. La mañana de ese miércoles 9 de septiembre salió en las redes sociales el video de la forma sanguinaria en que electrocutaban a este ciudadano mientras suplicaba que no lo hicieran más. Pocos días después, nos enteramos de que este solo fue el preámbulo de la tortura por la que Javier tuvo que pasar, asesinado a golpes en el CAI de Villa Luz, con 9 fracturas craneales según la necropsia de Medicina Legal.

Esa tarde la ciudadanía indignada no aguantó más, las personas salieron a las calles para exigir una respuesta ante tal brutalidad policial y una vez más se encontraron con la violencia de esta institución. Todo estalló, las personas protestaron reclamando respeto, los policías respondieron disparando a las multitudes. Vivimos una noche de temor, de tristeza y frustración. Al día siguiente, en tempranas horas de la tarde empezaron a circular en redes los videos de policías disparando a los protestantes, la policía, la institución que en teoría debería cuidar a la ciudadanía. Hoy, ante las respuestas cínicas del gobierno en las que simplemente se habla de “manzanas podridas” y de un respaldo total a la institución policial, reafirmo que Duque gobierna para la guerra, lo que me deja una sensación amarga. Ante este panorama de desigualdad, de imposibilidad y de violencia es inevitable pensar en este momento lo triste que es vivir en Colombia.

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