Texto escrito por: Jesus David Torres Consuegra
Muchos decimos que para esta época de la historia todo está creado, que es difícil innovar. En cierta medida es cierto: a veces solemos "pensar" situaciones o proyectos que son muy similares a lo que alcanzamos con nuestro proceso de raciocinio, siempre con un “factor diferencial", pero al final, ante los ojos de los demás, termina siendo lo mismo.
En el ámbito académico, por ejemplo, a los estudiantes se les vuelve más difícil tocar temáticas o realizar investigaciones que, en su defecto, son necesarias para el desenvolvimiento estudiantil y el alcance de los objetivos propuestos por las propias instituciones. Lo que conlleva a buscar medidas para complementar y acompañar ese proceso.
Mientras la tecnología avanza a pasos agigantados, el ser humano por inercia no busca quedarse atrás. Desde que se comenzó a usar la inteligencia artificial —y mientras ocurría el proceso de adaptación de esta misma, lo cual no fue muy difícil—, se buscó alienarse hasta llegar a un punto en que se volvió imprescindible. Dejamos a un lado las formas tradicionales de obtención del conocimiento para sumergirnos de lleno en estas nuevas tecnologías.
Lo anterior, no solo como mecanismo de aprendizaje, sino también como instancia para corroborar muchas cosas más: estilo, redacción, orden. Alcanzar un punto de "perfección" hasta el extremo en que nuestras ideas se ven permeadas u opacadas por la intención de una máquina que comenzó inofensivamente como "apoyo". En la pandemia, por ejemplo, se consolidó junto con los encuentros asincrónicos. No tener un tutor cerca que guiara a los estudiantes en el proceso de manera personalizada, en el instante, hizo que las herramientas de inteligencia artificial fueran esa cercanía que sacó las ganas de saber en su momento.
La adaptación para las personas adultas, ajenas y no contemporáneas con estas nuevas herramientas, no fue fácil, pero se logró paulatinamente. Y es que el hombre por naturaleza aún se adapta a sus condiciones, incluso si no hay la intención de hacerlo. La celeridad con la que avanza la IA se ve incluso en las redes sociales: algoritmos que anticipan lo que queremos ver, herramientas que redactan por nosotros, plataformas que sugieren respuestas antes de que terminemos de formular la pregunta. La máquina ya no espera que pensemos; nos adelanta.
Y aquí aparece el dilema ético que muchos esquivan. No es que la inteligencia artificial sea el enemigo —sería absurdo negarse a una herramienta que puede potenciar el trabajo humano—. El problema está en la sustitución silenciosa del pensamiento crítico. Cuando un estudiante le pide a una IA que desarrolle su argumento, su análisis o incluso su punto de vista, no está usando un apoyo: está cediendo su voz. La originalidad, ese rasgo que nos distingue como seres pensantes, no se construye con prompts, se construye con error, con lectura, con fricción intelectual.
La ética en el uso de la IA no se trata únicamente de plagios detectables, sino de algo más profundo: la honestidad con uno mismo frente al proceso de aprender. Producir un texto "perfecto" sin haberlo pensado es como ganar una carrera en un auto ajeno. Luce bien desde afuera, pero uno sabe que no corrió. El verdadero reto de esta generación no es aprender a usar la inteligencia artificial —eso ya lo hicimos—, sino aprender a no depender de ella para lo más humano que tenemos: pensar.
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