La trágica procesión de venezolanos que huyen hacia Colombia

Se calcula que 500 mil de ellos viven en Bogotá, casi todos ilegales, sin que nadie los atienda. Esta es su odisea.

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julio 04, 2016
La trágica procesión de venezolanos que huyen hacia Colombia

Carlos Francisco Matute Lozada huyó de Venezuela buscando un mejor porvenir pero vino a Colombia. La copia de sus documentos de extranjero fue lo poco que le encontraron en los bolsillos los agentes del CTI que practicaron el levantamiento de su cadáver, el pasado 7 de abril, a las cuatro de la mañana, en el occidente de Bogotá. Tenía 27 años e iba en bicicleta camino al trabajo que recién había conseguido, cuando fue arrollado por una buseta del Sistema Integrado de Transporte Público.

El hecho de que la víctima fuera un venezolano, que el conductor no tuviera los documentos en regla y que el bus marchara con exceso de velocidad, llamó la atención de un “reportero de la noche” que hizo un rápido registro del suceso. En breve la noticia llegó a oídos de algunos de los venezolanos que –legal o ilegalmente– están asentados en Bogotá, y estos a su turno se la transmitieron al presidente de Asocvencol, la Asociación de Venezolanos en Colombia.

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Este bus acabó con la vida de un venezolano que migró a Bogotá. Su cuerpo estuvo 20 días en Medicina Legal y llevarlo a Venezuela fue toda una odisea, dado que la frontera está cerrada también para los cadáveres

Fue así que a las seis de esa misma mañana, cuando Daniel Pagés abrió los ojos y encontró en el celular la noticia que le reportaban algunos compatriotas –en su teléfono tiene miles y miles de contactos venezolanos en Bogotá–, de inmediato cambió su agenda del día. Hizo a un lado sus compromisos como jefe de su firma de publicidad, y se puso, urgente, la camiseta de líder de los venezolanos en Colombia. Acompañado por otros dos paisanos se dio a la tarea de auxiliar a Matute, cuyo cuerpo ya había sido trasladado a Medicina Legal, luego de que con asistencia de los bomberos, los forenses lograran sacarlo de debajo del bus.

Sin saberlo, Pagés y compañía iniciaban una odisea que les ocuparía casi un mes: rescatar el cadáver de un connacional indocumentado de la maraña burocrática colombiana. 20 días estuvo el cuerpo de Matute –sin familiares en Colombia– en las neveras de Medicina Legal aguardando por su repatriación. Lo primero que hizo Pagés fue buscar la colaboración de la empresa responsable de la tragedia, Masivo Capital, para preparar el cadáver, comprarle una urna y lograr su traslado a Venezuela. “Pero esta empresa no nos apoyó, sólo nos dio la noticia de la póliza del Soat”, dice. Hacer efectiva esa póliza frente al deceso de un venezolano ilegal es una misión que aún hoy no logra. En un primer momento lo único que consiguió fue que Medicina Legal le permitiera, como presidente de Asocvencol, observar el cadáver. Pagés lo miró y no lo podía creer. Tuvo que acudir a los libros de registro de la asociación para constatar que era verdad: Matute había estado en su oficina un par de días atrás solicitando asesoría, quería saber si era posible abrir un negocio de venta de carnes en Bogotá siendo ilegal.

Cuando aún estaban muy impactados con el hallazgo, Pagés y su equipo lograron contactar a la familia de Matute en la ciudad de Valencia, Venezuela, la enteraron de la tragedia y organizaron todo para que Alejandro Kielak, hermano de la víctima, viniera a Bogotá con toda la documentación requerida. Le enviaron el pasaje aéreo, lo recogieron en el aeropuerto El Dorado, lo instalaron en un hotel del centro, le dieron un celular y hasta una tarjeta de Transmilenio. Además, en los siguientes días lo acompañaron a todas las vueltas necesarias. Luego de tres semanas de penosos trámites lograron recuperar el cadáver. Empezó entonces la almodovariana secuencia de llevarlo a su tierra. Todo habría resultado más fácil de haber podido cremar el cuerpo, pero por tratarse de una muerte violenta era imposible: la ley prohíbe incinerar el ‘cuerpo del delíto’. Y dado que el muerto tenía tanto tiempo congelado, sanidad de la Aeronáutica Civil se negó a conceder el permiso que exigían las aerolíneas para transportarlo. La única salida fue contratar un servicio especial con la funeraria Los Olivos que recibió el cadáver y lo preparó con un embalsamiento redoblado para hacer viable 15 horas de viaje por carretera hasta Cúcuta.

Cuando el carro fúnebre llegó a la capital de Norte de Santander se encontraron con que el cierre de la frontera ordenada por el presidente Maduro aplicaba por igual para los muertos. Fue necesario acudir al cónsul de Venezuela en Cúcuta, argumentarle razones supra humanitarias y advertirle de la próxima caducidad del embalsamiento, para que este gestionara una excepción. Pero todo lo que pudo conseguir el cónsul fue una excepción exclusiva para el muerto, de tal forma que, luego de un día de ruegos, en el Puente Internacional Simón Bolívar una serie de brazos colombianos sacaron del coche fúnebre el ataúd con los despojos y lo cargaron hasta el punto cero, justo donde fue recibido, desde el vecino país, por otra serie de brazos connacionales al muerto que lo recibieron y lo cargaron hasta introducirlo en el carro de una empresa fúnebre venezolana la cual concluyó el viaje hasta Valencia, donde, al fin, Matute fue sepultado por sus dolientes. “Yo digo que ese muchacho murió tres o cuatro veces” anota un integrante de Asocvencol quien colaboró en todas las gestiones para lograr repatriar el cuerpo. Pagés dice que los gastos de la proeza –más de seis millones de pesos–, se cubrieron gracias a la cooperación de los venezolanos en Bogotá.

Venezolanos2Pages con Alejandro Kielak

A la derecha Daniel Pagés junto a Alejandro Kielak, quien vino a Bogotá con el auspicio de Asocvencol para recuperar el cadaver de su hermano

Inimaginables casos como el de Carlos Francisco Matute, se presentan cada tanto en Asocvencol. Semanalmente hay un desfile de cientos de venezolanos que acuden en búsqueda de asesoría o para vincularse a alguna actividad propuesta por la asociación. Con poco más de un año de existencia oficial, la organización tiene 500 personas formalmente afiliadas, otras cinco mil registradas, y más de 300 mil usuarios en sus redes sociales.

Daniel Pagés, de 38 años, es un robusto caraqueño, publicista y administrador de empresas, que huyó de su país hace ya casi una década. Estaba recién casado cuando las determinaciones del chavismo llevaron a pique su empresa de publicidad. Sus mejores clientes fueron expropiados por el gobierno. Esos mismos clientes le aconsejaron que se fuera. Entonces Daniel empezó a viajar a Bogotá para tantear el terreno. En 2009 se instaló definitivamente en Bogotá y trajo consigo a su esposa y un nuevo negocio: una franquicia para producir y vender ramos frutales para ocasiones especiales, una propuesta muy exitosa y popular en Venezuela donde la gente prefiere recibir un ramo de ese tipo, que no es simplemente decorativo, sino que la persona agasajada se lo puede ir comiendo de a poco. Pagés abrió su negocio en la carrera 15 con calle 100, en el norte de Bogotá, y logró mantenerlo por dos años hasta que la realidad le enseñó que los colombianos no somos tan frugales. Quebró pero el tiempo que estuvo allí le sirvió para conocer a cientos de venezolanos: “Chamo, el acento atrae, y este venezolano le dice a aquel y así, todos iban llegando allá al negocio para charlar, para contar sus experiencias… Los desplazados del siglo XXI somos los venezolanos. Hemos tenido que salir del país por razones impuestas”, anota. Al comienzo Pagés propuso encuentros y actividades culturales para compartir con sus paisanos, pero pronto entendió que lo mejor sería crear formalmente una asociación entorno a la cual los venezolanos se pudieran ayudar unos a otros. Fue así que nació Asocvencol.

En el tercer piso de un edificio de ladrillo (calle 109 con 17, norte de Bogotá) están las oficinas de la nueva firma de publicidad que Pagés creo, y en ese mismo espacio funciona Asocvencol. El acento colombiano es una rareza en el lugar. Unas diez personas venezolanas trabajan allí en asuntos de publicidad, y en paralelo prestan colaboración en las tareas de la asociación, que cuenta con una practicante (la única colombiana). La organización tiene comités en todo tipo de frentes: cultura, salud, asuntos legales, emprendimiento, laboral, recreación y bienestar familiar, entre otros. Sin importar su estatus legal, ni su edad, ni condición económica, cualquier venezolano errante por estas tierras puede acudir a la asociación para pedir ayuda. Cientos lo hacen semanalmente para pedir discreta asesoría sobre cómo lograr un estatus legal. La asociación cuenta con abogados que ya son expertos en la ley colombiana y en los tratados binacionales que deben invocar ante Migración Colombia para que la diáspora venezolana logre regular su estadía, y así poder trabajar, abrir una cuenta bancaria, tener acceso a la salud y a la educación, en suma, para poder vivir dignamente en este país.

La procesión semanal de tantos venezolanos buscando asesoría legal hizo que los vecinos del edificio protestaran, algunos incluso se quejaron ante Migración, desde donde se ordenó que uno de sus vehículos hiciera rondas y se parqueara frente al edificio, como quien lanza un gas de dispersión a un tumulto incómodo… Para resolver el lío Pagés y los principales líderes de Asocvencol alquilaron una oficina aledaña a un parque, a pocas cuadras de la oficina sede, donde ahora ofrecen las asesorías legales gratuitas para sus compatriotas. Lo hacen dos días por semana pero están pensado ampliar el horario porque no dan abasto.

La historia del mejor imitador de Alejandro Fernández

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El venezolano Mervin Romero sigue tratando de recuperarse con el apoyo de sus paisanos radicados en Bogotá

Mervin Romero tenía 25 años cuando participó y triunfó en el programa “Buscando una estrella” emitido por el canal Venevisión, donde fue aclamado como el mejor imitador del cantante Alejandro Fernández. No fue un triunfo sorpresivo, ya antes había ganado concursos televisivos como “Súper estrellas de la música” y “Fama, sudor y lágrimas” en otros canales venezolanos. Tras alcanzar la gloria nacional, y convencido de su talento, Mervin decidió proyectarse internacionalmente, con la desventura que arrancó por Colombia.

El joven, oriundo de la ciudad de Maracaibo, hizo algunos contactos y aterrizó en Bogotá en agosto de 2015. Necesitó apenas de un par de días para ser ovacionado en la Plaza Garibaldi de Bogotá, adonde se ofrecen los mejores espectáculos musicales al estilo mexicano. La versatilidad de Mervin, también capaz de imitar en escena al salsero Mark Anthony, le auguraba una exitosa temporada. Desafortunadamente no fue así. El 23 de agosto, a las 3:30 de la mañana, cuando iba a descansar luego de presentar su show, el artista sufrió un accidente: le jugó una mala pasada la baranda averiada de una escalera en el cuarto piso de la Agrupación de Viviendas Los Pinos, Ciudadela Colsubsidio. Tuvo caída libre desde ese nivel, y terminó en el primer piso con politraumatismo en la cabeza y las piernas. El accidente le produjo severas consecuencias físicas y neurológicas, las cuales –diez meses después del siniestro– lo tiene postrado en una silla con la memoria, el raciocinio y la modulación extraviados.

Mervin estuvo varios días en cuidados intensivos del Hospital San José, en ese centro médico lo encontraron Daniel Pagés y su equipo poco después de superar el cuadro crítico. “No podía salir del hospital porque no tenía para pagar la factura de 25 millones que costaba su cuenta. Ya llevaba tres días sin que le dieran tratamiento alguno, de modo que intervenimos y lo sacamos de allí”, dice el presidente de Asocvencol. La red de cooperantes venezolanos ayudó también a Mervin con un resguardo temporal e impulsó un proceso ante la Cancillería colombiana para que le otorgaran refugio humanitario dado que por su estado de salud regresar a Venezuela sería altamente riesgoso, más que por el viaje, por la carencia de insumos médicos que padece el vecino país. El Ministerio de Relaciones Exteriores le otorgó un visado especial y Mervin (quien perdió el oído y ojo izquierdo, entre otras afectaciones) hoy continúa en Bogotá sometido a un riguroso tratamiento médico de rehabilitación.

Pagés dice que el caso de este artista es uno de los poquísimos en los que han logrado alguna respuesta de la Cancillería. Los venezolanos en Colombia acuden diariamente a esa y otras instancias del gobierno nacional sin obtener muchas respuestas. Asocvencol formuló un derecho de petición dirigido a la ministra de Educación para que explique por qué el trámite de convalidación de títulos académicos de “varios cientos de nacionales venezolanos” se ha dilatado más allá del término de ley. También se han dirigido a la Canciller, María Ángela Holguín, en múltiples oficios para que les explique la disparidad entre los requisitos oficiales para obtener visas y las exigencias que les formulan cuando intentan ese trámite, Y así mismo, han requerido a ese ministerio para que explique por qué si Colombia suscribió el Mercosur –acuerdo de integración regional– ahora “autónoma y soberanamente” se niega a expedir las visas que los venezolanos solicitan en el marco de ese convenio internacional.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos venezolanos hay en Colombia. Pagés calcula que tiene un millón de compatriotas en este país, y estima que 500 mil están en Bogotá. Sus cálculos se basan en lo que observa día a día en Asocvencol, los abonados de sus redes sociales y en fuentes amigas dentro de migración. Las2Orillas le consultó a la Cancillería y su respuesta es que hay 20.990 cédulas de extranjería a venezolanos vigentes. Más 2.892 visas para estudiantes entregadas entre 2014 y 2016 y otras 7.727 de trabajo otorgadas a venezolanos en el mismo lapso. Sin embargo, la sumatoria de esos documentos no corresponde necesariamente a la cantidad de venezolanos en Colombia, pues una misma persona puede tener más de una visa. Por sobre eso, nadie conoce el número de venezolanos que están afincados en el país sin documentos. De cualquier forma lo que resulta cada día más común, ya no sólo para los taxistas, es escuchar el acento venezolano en Bogotá. Y al barrio Cedritos hay quienes ahora lo llaman ‘Cedrezuela’. Respecto al tema Mercosur la Cancillería responde que en 2014 otorgó 2.908 visas de ese tipo (y apenas 8 en 2015) a venezolanos, y que suspendió la expedición de ese documento “ya que Venezuela no reunió los requisitos exigidos en el acuerdo”.

El galopante aumento de venezolanos es un fenómeno que Pagés observa de primera mano. En noviembre Asocvencol implementó las asesorías digitales, y desde entonces han respondido más 8 mil requerimientos. Los tres problemas de mayor consulta son: consecución de papeles (estatus legal), trabajo y salud. Cuando la organización empezó con las asesorías personalizadas, atendían cinco personas a la semana, hoy atienden 30 por día. La asociación ha hecho dos grandes ferias en Bogotá: la primera la celebraron en agosto pasado, y coincidió con el cierre de las fronteras de Venezuela, a esta acudieron 4 mil venezolanos. En aquella ocasión los asistentes aportaron víveres –en total 2 toneladas entre comida y ropa– que la asociación llevó hasta Cúcuta y repartió entre los colombianos expulsados de Venezuela. Este año celebraron una nueva feria y el público se redobló, acudieron 8 mil personas. Actualmente están en una campaña de recolección de medicamentos para lo cual tiene repartidas una veintena de urnas por Bogotá. El acopio irá a Venezuela que atraviesa por una crisis hospitalaria por falta de elementos médicos.

— ¿Cómo logran hacer llegar esos medicamentos a Venezuela?

— Es secreto. Lo que hace la guardia venezolana es robar y revender, entonces, para que las donaciones no se pierdan, usamos el correo de brujas —responde Pagés, sin rodeos ni más explicación.

Marco Tulio Pineda Arrieta es un caraqueño de 69 años y su paso por Colombia fue la más amarga experiencia de toda su vida. Regresaba con su esposa Omaira Rigau Yepes de Barcelona, España, luego de visitar a su hija asilada allá. Tenían escala en Bogotá para continuar hacia Caracas, pero por cuenta de un fuerte dolor que aquejaba a la mujer, de 68 años, no pudieron seguir. Sentía una braza dentro del pecho. Al aterrizar fue atendida por el departamento de emergencia del aeropuerto El Dorado, de donde la remitieron con urgencia hacia el hospital Santa Clara. Omaira fue ingresada a cuidados intensivos y Marco Tulio, entre tanto sin conocer a nadie ni haber visitado antes Bogotá, trató, infructuosamente, de pedir ayuda en la embajada de Venezuela. No obtuvo respuesta oficial pero algún venezolano dio cuenta de su historia por los canales que conducen a Asocvencol, y Pagés y su gente acudieron en su auxilio.

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Marco Tulio Pineda, rodeado por sus compatriotas de la Asociación de Venezolanos en Colombia quienes lo auxiliaron

Encontramos a Marco Tulio en una silla a la entrada de cuidados intensivos. Nos contó que unos taxistas le habían ayudado a conseguir un cuarto cerca a la clínica donde había pasado un par de noches. Estaba desolado, sin dinero, sin saber qué hacer, desorientado, deprimido, en todo ese tiempo no había comido nada más que café y cigarrillos. Nos vio, nos identificamos y rompió a llorar”, recuerda un miembro de Asocvencol. La asociación se ocupó de todos los trámites, le brindó hogar, alimento y lo acompañó. Incluso estuvieron con él cuando, dos días después, los médicos le informaron lo peor: Omaira había fallecido.

Para entonces los gastos hospitalarios sumaban cerca de 30 millones de pesos. Pero el comité jurídico de Asocvencol, sustentado en la ley colombiana que protege a los turistas, logró exonerar a Marco Tulio de esa deuda imposible para él. No sólo eso. Lograron también que, gracias a una alianza, la cremación del cuerpo resultara gratuita. Auxiliaron a Marco Tulio para que pudiera volar a Caracas. “Todo fue muy triste, muy jodido. Me tocó darle la caja de las cenizas de Omaira cuando estaba caliente aún. En el aeropuerto intentaron abrirla para ver qué carajo había ahí. Nos tocó negarnos”, dice un abogado venezolano asilado en Colombia, quien estuvo al frente del caso en nombre de la asociación.

Todas las semanas llegan a Asocvencol casos dramáticos. La organización está tratando de conseguir una sede a través del gobierno colombiano para poder brindar una mejor atención. “Esta semana, por ejemplo, nos acaba de llegar una familia en muy mala situación. Papá, mamá, y tres hijos: desnutridos, deshidratados, sin hogar. Sin papeles y sin nada”, concluye Pagés.

@josemonsal

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