La tierra donde la vida se desprende y el pánico florece

"Todos miran para sí. De ese tamaño es nuestra empatía, capaz de ver el sufrimiento ajeno, pero incapaz de parar un segundo y buscar ayudar al otro"

Por: anna maria camargo
noviembre 10, 2020
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La tierra donde la vida se desprende y el pánico florece
Foto: Pixabay

La vida al empezar la madrugada

El campo nos da comida, virtudes y valores, nosotros solo damos asco.

El miedo invade el cuerpo de quien camina por la sombra de la luna. En cualquier instante la vida se desprende y el pánico florece. Uniformes verdes acaban con familias enteras y altos mandos gubernamentales hacen trizas los sueños de quienes le temen a la noche.

Andan de pueblo en pueblo buscando estar a salvo y dejan labranza, ganado, besos a medias, hijos abandonados y libros ardiendo, todo esto con la finalidad de no ser asesinados por culpas ajenas, pero tan propias y dolorosas que no queda más remedio que comprender y aceptar que su único delito es no tener el dinero suficiente y el apellido más nombrado como para merecer respeto, para celebrar la vida y para aplaudir con ganas.

Sus nombres titulan en la prensa. Son menospreciados, ultrajados, manipulados, criticados, burlados y estrangulados. El mundo entero los tilda de culpables. "Malditos guerrilleros", dicen. "Se hacen llamar líderes sociales", murmullan. "Que acaben con todos", replican. Todo esto como muestra pura de que escasea la empatía y triunfa el odio. Los desinteresados e inafectados dicen "esas cosas pasan lejos de la ciudad, tranquilos" y sonríen mientras beben whisky. Unos celebran y otros añoran respirando a medias.

Esa es nuestra realidad, unos asisten a la escuela porque desean con sus visceras aprender y crecer, otros asisten porque así lo quiere mamá. Ahí mismo es donde la educación tiene las armas, la lectura tiene la palabra, la tolerancia y el respeto tienen la bandera, la ignorancia y los miedos tienen los muertos, las calles se construyen de conocimiento y piedra, los bares olvidan sus creencias banales y los aeropuertos son invadidos por sueños propuestos.

Mamá busca a su hijo entre los escombros. Las lágrimas inundan las cuencas de sus ojos y el desespero entorpece el movimiento de sus manos magulladas. Encontrarlo con vida sería un milagro, sobrevivir a ello también lo sería. En esos términos andamos, buscando sobrevivir en nuestra propia casa, porque cerrar los ojos significa estar en el limbo de un ataque, estar desarmado y ser sorprendido, sentir en la nuca un fusil y escuchar los gritos del más pequeño de casa. El perro ladra y es intervenido en un fragmento de tiempo irreconocible, conticinio prematuro, seguridad fugaz y todos perdidos.

Algunos hacen fotografías, otros relatan historias y otros pocos escriben canciones. Muchos de ellos han perdido familias enteras en aquellos campos que de verde tienen poco, pero que de sangre tienen hasta raíces. Hay quienes se quedan callados y resguardan sus miedos para luego olvidarlos lejos de casa, pero no proclaman salvación, no piden auxilio, se ahogan —de a poco— en las palabras que hacen nudo e imposibilitan el paso de la saliva. Ese también es un problema, quizás el más grande.

Actualmente, llámenlo aceptación, conformismo o sencillamente debilidad, giramos la cabeza 360 grados y podemos observar todo el daño generado: pequeños que susurran hambrientos, heridos por los que nadie moverá un dedo, cartones y latas que otorgan un pan tieso, multitudes enteras que no recuerdan de dónde provienen pero saben perfecto que no llegaran lejos.

¿Sabe qué pasa luego de terminar el giro? Nada, justamente nada, porque todos miran para sí, respiran para sí, caminan para sí. De ese tamaño es nuestra empatía, capaz de ver el sufrimiento ajeno, pero incapaz de parar un segundo y buscar —aunque diminutamente— ayudar al otro.

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