La apreciación sobre el resultado de la Copa no puede ceñirse al campo deportivo. La hazaña española también es anuncio de nuevos vientos

 - La senda que deja abierta la victoria de España

Terminó la Copa Mundial de Futbol con el juego entre las selecciones de España y Argentina, tras más de un mes de partidos, transmisiones y emociones desbordadas. Un torneo visto por televisión, creo yo, en todos los países del mundo, atrayendo en consecuencia las miradas de casi toda la humanidad. Cinco semanas durante las cuales el tema era siempre el juego siguiente, después de celebrar o padecer el resultado más reciente.

Quizás pueda calificarse al torneo como el más impresionante espectáculo en la historia. Se comenta sobre el negocio fabuloso de la FIFA. Su presidente, Infantino, exageradamente inclinado ante Donald Trump, no vaciló en agradecerle por lo que llamó el campeonato más humano realizado en la historia. Aparte de la adulación que envuelve tal expresión, no existen evidencias que indiquen su veracidad.

A menos que se consideren como virtudes las pasiones y maniobras fraudulentas. Para el recuerdo quedarán las trabas e incomodidades impuestas a la selección iraní por parte del gobierno de los Estados Unidos, así como las decisiones arbitrales que le significaron su eliminación, dejando al descubierto las presiones políticas detrás del escenario. También las hostilidades, abiertamente raciales, contra ciertos equipos y árbitros llegados de África y Asia.

Arribaron a la final las dos mejores selecciones del planeta. Por su récord acumulado y los partidos en que se impusieron a sus rivales, muchos de ellos nada fáciles. Eso podría confirmarse con el ranking de la FIFA. Sin embargo, en el ambiente flotó permanente una mal disimulada predilección por la selección Argentina de parte de los organizadores. Sin negar que el equipo fuera grande y tuviera sus propios méritos.

Esa sospecha de parcialidad terminó despertando una antipatía generalizada contra el equipo de Messi. Por las redes circularon numerosos videos que recopilaban las acciones seriamente polémicas por parte de jugadores argentinos y árbitros. El triunfo de España pareció recompensar todas las inconformidades acumuladas. Argentina no sólo perdió el título mundial, sino el del máximo goleador del torneo y de todos los mundiales.

Sin excluir que el ánimo de gran parte de los espectadores terminó satisfecho con el sentimiento a favor de la causa palestina, que, por encima de las prohibiciones y sanciones anunciadas, afloró incontenible con la victoria española. Con justicia o no, seguramente por la adhesión repetida del presidente argentino a Israel, el triunfo de su selección era visto como un triunfo propagandístico del sionismo y el trumpismo.

El desbordado entusiasmo mediático del campeonato mundial no alcanzó a opacar dos hechos que sacuden la conciencia de la opinión internacional. El genocidio hasta ahora impune practicado por Israel en Gaza, Cisjordania y El Líbano, y la oleada de bombardeos nocturnos lanzados por el gobierno de los Estados Unidos, ya no sólo contra presuntos objetivos militares en Irán, sino contra hospitales, puentes e infraestructura civil de ese país. 

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El lenguaje cada vez más agresivo de Netanyahu y sus ministros de seguridad pública y defensa, abiertamente apologético de sus crímenes contra la humanidad, resulta intolerable para la gran mayoría del planeta. De hecho, la Organización de las Naciones Unidas acaba de expedir una resolución que incrimina sin vacilaciones al estado israelí, abriendo paso a las condenas de las más altas cortes internacionales. 

Todo el mundo sabe que Israel no podría obrar así sin el apoyo financiero, armamentístico, diplomático y del veto ante el Consejo de Seguridad de la ONU por parte del gobierno de los Estados Unidos. La enorme silbatina contra Trump cuando se dirigió al público al final del juego, así como los sucesivos desplantes de los jugadores españoles una vez quiso estrecharles la mano o tomarse la foto a su lado, dan fe de esa certeza universal.

Asimismo, al apartar la mirada de sus televisores, los ojos de la población mundial se posan sobre la inhumana condena del gobierno de Trump contra la isla de Cuba, a cuyos habitantes se somete al más feroz sitio, privándolos cínicamente de la posibilidad de acceder a los mínimos recursos e insumos para vivir. Por eso, lacera los más elementales principios de fraternidad y solidaridad, que el gobierno en ciernes en Colombia avale con orgullo semejantes crímenes.

Producen incluso lástima los miles de hombres y mujeres que presentan los noticieros de televisión desde Medellín, con banderitas de Colombia en sus manos, vivando el discurso del que llaman tigre, entre otras cosas un montaje escénico que raya en la ridiculez, muy bien equiparado en las redes con la oratoria de Cantinflas. Nuestro país no resistirá por mucho tiempo a este personaje histriónico. Los tiempos de Trump, Netanyahu y sus lamebotas agonizan.

España campeona no significa sólo una hazaña deportiva. También da cuenta de que soplan nuevos vientos. Parodiando a Lincoln, no puede engañarse a todo el mundo todo el tiempo.

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Por Gabriel Ángel

Bogotano, bachiller de San Bartolomé y abogado de la Universidad Nacional. Militante de la Unión Patriótica, tras graves amenazas de muerte, decidió unirse a las Farc en 1987. Miembro de la Comisión Temática adjunta a la Mesa de Diálogos en el Caguán, asesor político del Bloque Oriental, participó al lado de Timoleón Jiménez en las negociaciones de paz que culminaron con la firma del Acuerdo Definitivo en noviembre de 2016. Autor de la novela “A quemarropa” (2014) y el libro de cuentos “La luna del forense”. Columnista de opinión en el portal de las Farc, en su espacio llamado “La pluma de Gabriel Ángel”.