En medio del concreto, los edificios modernos y el ritmo acelerado del norte de Bogotá, hay una construcción que parece fuera de lugar y de tiempo. No tiene nada de vidrio ni de líneas minimalistas: es un castillo de piedra, con torres, muros gruesos y ventanas ojivales, como si alguien hubiera arrancado una fortaleza medieval del Viejo Continente para sembrarla al borde de los cerros orientales. El Castillo del Mono Osorio no es una fantasía urbana reciente, sino una obra levantada hace casi cien años por un hombre que decidió convertir su obsesión en arquitectura.
El sueño europeo de Juan Osorio
Detrás de esta edificación singular está Juan Crisóstomo Osorio Morales, un odontólogo bogotano conocido por el apodo de “El Mono Osorio”. Aunque su profesión estaba lejos de los planos y los cálculos estructurales, Osorio tenía una inquietud artística poco común. A comienzos del siglo XX fue nombrado agregado cultural de la Embajada de Colombia en Bruselas, una experiencia que terminó por marcar su destino.

En Bélgica descubrió los castillos medievales del siglo XII y XIII, sus murallas robustas y su aire de fortaleza autosuficiente. Aquellas construcciones lo impresionaron tanto que empezó a dibujar bocetos, casi como un pasatiempo, sin imaginar que años después esos trazos se convertirían en piedra real. Cuando regresó a Bogotá, en 1915, la ciudad aún era pequeña, con barrios que apenas empezaban a crecer hacia el norte. Fue allí donde Osorio encontró el terreno perfecto, en lo que hoy es Rosales, entonces un sector casi rural.
La construcción fue tan particular como su creador. Osorio no era arquitecto, pero dirigía cada detalle y supervisaba personalmente la obra. Mandó traer maestros de obra desde Bucaramanga y Medellín, y levantó el castillo con piedra labrada, muros gruesos, pasadizos y detalles inspirados directamente en la arquitectura europea que había visto años atrás. Él mismo solía bromear diciendo que cada muela que extraía en su consultorio equivalía a una piedra más del castillo, una forma curiosa de explicar cómo financiaba su sueño.

Tras ocho años de trabajo, en 1923, el castillo quedó terminado. No era una réplica exacta de una fortaleza europea, pero sí una interpretación fiel, con espacios pensados para habitarse: habitaciones, salones, patios interiores y rincones que invitaban al misterio. Allí vivió Osorio durante 33 años, hasta su muerte en 1956, haciendo del castillo no solo su casa, sino la obra de su vida.
De fortaleza privada a joya urbana, la nueva vida de este castillo medieval
Tras la muerte del Mono Osorio, el castillo pasó a manos de su hijo, Hernando Osorio Matamoros, quien se encargó de restaurarlo y mantenerlo en pie cuando el crecimiento urbano empezó a rodearlo. Bogotá creció, los edificios se multiplicaron y el castillo, lejos de desaparecer, se convirtió en una rareza arquitectónica cada vez más visible.
Con el paso de los años, la propiedad fue heredada por los descendientes de la familia y dejó de ser exclusivamente una residencia privada. Hoy, el Castillo del Mono Osorio funciona como espacio cultural y social: allí se realizan bodas, eventos empresariales, exposiciones, conciertos y encuentros gastronómicos que aprovechan la atmósfera única del lugar. No es un museo congelado en el tiempo, sino un edificio vivo que dialoga con la ciudad moderna que lo rodea.
Como toda construcción antigua, el castillo también tiene su cuota de mito. Visitantes y trabajadores hablan de un supuesto fantasma llamado Hilario, un personaje que, según la leyenda, aparece vestido con saco largo y se pasea silenciosamente por los pasillos durante la noche. Historias que no están comprobadas, pero que ayudan a reforzar el aura misteriosa del lugar.
Hoy, a casi un siglo de su construcción, el Castillo del Mono Osorio sigue siendo una anomalía fascinante en el paisaje bogotano: un pedazo de Europa plantado en la sabana, el testimonio de un hombre que decidió materializar su obsesión sin pedir permiso y un recordatorio de que, incluso en una ciudad que cambia sin parar, todavía hay espacios donde la imaginación ganó la batalla al tiempo.
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