La posesión de Gustavo Petro: lo que la televisión no mostró

Poncho Zuleta boquiabierto con el rey de España, los 'nadies' junto a los pocos encopetados, 50 mil personas unidas por el sueño de cambio. Crónica de Iván Gallo

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agosto 07, 2022
La posesión de Gustavo Petro: lo que la televisión no mostró

A las diez de la mañana los vendedores de cerveza ya contaban billetes en la carrera séptima con calle 19. Se disputaban la acera con las familias que habían salido a vender, sobre tapetes rojos, los souvenires alusivos a la posesión de Petro.

En ese punto del centro bogotano se apostaba el primero de los cinco círculos de seguridad que se habían instalado para controlar la afluencia de público que asistiría a la posesión del primer presidente ex guerrillero en Colombia. Dos pasillos para los hombres, dos para las mujeres. Los niños, las armas, la cerveza y la marihuana estaban prohibidos en esa mañana de domingo.

A unos cuantos metros del primer punto se apostaban quince personas, la mayoría de ellos venidas de La Hormiga Putumayo, llevando carteles pidiendo la liberación de Daniel Murcia Guzmán, el joven creador de la pirámide DMG que llevó a mover 4 billones de pesos en unos cuantos meses y que le costó ser condenado a treinta años de cárcel por lavado de dinero.

Uno de los voceros del movimiento que busca la liberación de Murcia afirmó que espera ser cobijado en la paz total de Petro y ser amnistiado. Por eso, los pocos seguidores que aún quedan de DMG le hicieron campaña al líder de la Colombia Humana en Huila y Putumayo, los departamentos en donde mayor influencia tuvo la empresa de captación de dinero.

Faltaban cinco horas para que arrancara la ceremonia de posesión del nuevo presidente y la plaza de Bolívar, al menos en la mitad donde asistiría el pueblo, estaba completamente lleno. Porque la plaza, como el mar de Moisés, se partió en dos. A pesar del sol inclemente que pega con furia por los 2.600 metros bogotanos, la gente aguantó con paciencia un protocolo exhaustivo, que muchos experimentaban por primera vez.

Desde las cinco de la mañana comenzaron a llegar de todas partes del país los entusiastas que gritaron en los meses que duró la campaña presidencial la necesidad de, por fin, vivir sabroso. Susana Ávila sindicalista de Ecopetrol en Barrancabermeja estuvo en carretera durante 12 horas y llegó a las seis de la mañana del 7 de agosto para quedar sobre la valla delantera, justo en la cola del VIP a donde ellos, los Nadie, tampoco, ni en el gobierno del Cambio, podían tener acceso. Lo acompañaba su hijo Gonzalo, pelo negro, ojos verdes, 22 años, estudiante de ingeniería de Petróleos de la Universidad Industrial de Santander. Primera Línea.

Su preocupación más grande es que el nuevo presidente liberara a sus 16 compañeros detenidos por la policía durante las protestas del 2021. Después de una furiosa arenga se puso rojo y la voz se le rasgó. Igual su voz fue reemplazada por trabajadores veteranos, exintegrantes del M-19 que llevaron sus banderas, asociaciones afro e indígenas o gente del común que vinieron del Sur para asistir, por primera vez, a una ceremonia que entronizaría a un presidente con el cual se identificaban.

Los funcionarios de la alcaldía de Bogotá repartían jugos Hit en caja y agua en botella. La gente pedía almuerzos, pero estos sólo estaban destinados a los cerca de cinco mil invitados, entre los que se contaba la Prensa, que tenían derecho a ver sentados la posesión presidencial.

Al frente del Palacio de Liévano estaba la entrada principal para las súper estrellas. Habían de todo, desde el Taita Horacio que vino con su esposa desde Vaupés para rendirle honores al presidente y a su gabinete. Incluso cuando llegó el ministro del Interior, Alfonso Prada, con su impecable traje adornado por la paloma de la paz de Santos en la solapa, el Taita aprovechó para darle un cordón con varios nudos, una pequeña ayuda para que pudiera tomar las mejores decisiones durante los agitados próximos meses.

Prada fue el primero de los ministros en llegar a la Plaza y por eso fue asediado por lagartos de todo tipo entre los que se encontraba el gerente de TeleMedellín, Deninson Mendoza una de las fichas más fieles del alcalde Daniel Quintero y de Dilian Francisca Toro y que no le perdía pisada a MinInterior.

Con un carisma que nunca se vio en la época en la que fue director del SENA, la cuota santista del gobierno Petro rompió el protocolo e hizo lo que petristas autodenominados políticos del pueblo no hicieron, acercarse a la gente real, compartir con ellos y hasta intentar hacerse una selfie. Prada se quedó veinte minutos conversando con los que estaban al otro lado de la plaza.

Era una posesión presidencial que no se parecía a ninguna otra. Desde chamanes a popes de la Iglesia Ortodoxa de Medellín, se mezclaban en el VIP con arhuacos, pilanderas de Valledupar pertenecientes al grupo Mujeres al poder, tan fieles y atentas a los designios de Francia Márquez, la llamada Reina de los Presidentes, Mercedes Ortiz, una bogotana de 85 años que asiste a ceremonias presidenciales desde que Pastrana se puso la banda en 1970, estrellas de la actuación como Julián Román, Fabio Rubiano y su esposa Marcela Valencia, ídolos del fútbol como Willington Ortiz y si, hasta cantantes de la música vallenata abiertamente de derechas como Poncho Zuleta.

A los invitados especiales se les esperaba hasta las 12 del día, pero el tiempo se fue poniendo laxo y sobre las 2 seguía entrando gente. Uno de ellos brillaba como una perla extraña. Era raro ver a Poncho Zuleta estar ahí, si hasta hace dos meses el lema en sus conciertos era “Con Fico me identifico”. Reconocido hombre de derechas, una de sus canciones está dedicada directamente a defender “La tierra paramilitar” como dice al principio de una de sus canciones.

Reconocido uribista pura sangre, ninguno de los cantantes vallenatos ha estado más politizado que él. Por eso la gente, entre el público, al verlo llegar al ala VIP empezó a entonar con furia el coro de “Paraco, Paraco”. Con sus gafas oscuras y acompañado de su hija, Claudia Margarita, el músico alzó su mano y saludó a un público absolutamente hostil.

Una periodista le preguntó por qué había venido a acompañar a Petro si abiertamente le hizo campaña a Federico Gutiérrez y él se encogió de hombros y sentenció entre risas “Es que se volteó la arepa”.

Poncho quería estar en primera fila y, después de deambular como un zombie entre las cintillas, pudo conseguir su silla, justo al frente del Rey de España, Don Felipe de Borbón, quien fue abucheado por un público que trapeó a Guillermo Lasso, presidente de Ecuador, y quiso borrar a los gritos al expresidente Cesar Gaviria. Poncho se sentía cómodo ahí en primera fila. A veces sentía el impulso de levantarse de la silla, quitarle el micrófono a Roy Barrera y empezar una parranda suya. Pero se contuvo. Sabía que ese no era su público.

Dentro del VIP había secciones. Estaba la tarima donde nos arrumaron a los periodistas que aceptamos el reto de estar cuatro horas de pie, luego había cintas azules para dividir a los 180 invitados de Francia, los 250 de Petro y los 20 de Verónica, los congresistas, los actores, los familiares de los senadores, las víctimas de masacres del Pacífico que por primera vez conocían Bogotá

Sobre las 5:30 de la tarde Gustavo Petro terminó su discurso. Poncho se quedó viendo la espada de Bolívar e hizo cara de no entender porque tanto ruido con una vaina tan pequeña, como si fuera el juguete de un enano. Poncho se sintió incómodo con el Réquiem de Mozart cantado por la soprano de Buenaventura Betty Garcés, y ni se enteró del llanto emocionado de la hija del comandante Pizarro poniéndole la banda presidencial a uno de sus compañeros de lucha, no, cuando todo terminó y vio al rey de España pasar frente a la espada de Bolívar hizo cara de no creer los contrastes, un monarca tan alto, una espada tan pequeña.

La preocupación de cómo salir entre ese mar de gente le borró la mueca de asombro. Lo mejor era salir de ahí rápido y prepararse para entender cómo debe hacer para seguir vigente, él tan metido en política, en un gobierno de izquierda. Si Silvestre fue chavista, ¿él por qué no debería cambiar? La clave estaba en saberse voltear, como hacen las arepas.

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