La pesada cruz de ceniza

Este símbolo, además de representar la fe del cristianismo católico, es la esencia de un eterno sacrificio persuasivo y destructor, determinante de los grandes retrocesos sociales

Por: Iván Antonio Jurado Cortés
marzo 08, 2019
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La pesada cruz de ceniza
Foto: Claude Truong-Ngoc - CC BY-SA 3.0

Como costumbre más que devoción, en esta fecha el mundo cristiano católico celebra el miércoles de ceniza, cuyo significado se traduce en la preparación de las masas para recibir la Semana Santa, comercialmente conocida como Semana Mayor, evento aglutinador de millones de fieles en torno a una fe. Con una elocuente frase, "polvo eres y polvo te has de convertir", los pastores católicos friccionan sus dedos sobre las frentes de sus representados, transmitiéndoles ese fervor eclesiástico y una ilusión por venir.

En algunas iglesias cristianas, la cuaresma es el tiempo litúrgico de preparación de la Pascua de Resurrección desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, caracterizado por ser un período de penitencia. Esta es la época dedicada a la reflexión, meditación y armonización cristiana. Es un tiempo de 40 días, entendiéndose desde la concepción bíblica como el tiempo que Jesús permaneció confundido en el desierto, donde el demonio lo tentó varias veces poniéndolo a prueba.

Relativamente la cruz es una representación en la que aún no se sabe su verdadero origen, y que se ha abierto paso a través de la historia, ungiendo grandes causas y por ende inolvidables acciones con consecuencias infinitas. Alrededor de este símbolo se han generado las más agudas discusiones, todas coinciden con una admiración divina, respeto y temor.

Algunas generaciones desde tiempos inmemorables han visto en la cruz un instrumento espiritual, revestido de grandeza y admiración. Antes de la era cristiana, la cruz ya ocupaba un lugar predilecto en todos los estratos sociales. Según los espacios y creencias, este símbolo significa muerte o también vida.

Para los católicos, la cruz es la tesis más pesada que millones de personas han tenido que cargar por descendencias enteras, defendiendo sin argumento consecuencias catastróficas producto de la mala interpretación bíblica. Ejemplo claro son las cruzadas, que nada tuvieron que ver con la espiritualidad o la fe, simplemente fueron escuadrones conformados por miles de hombres de mentalidad asesina, dirigidos por el papado romano entre los años 1095 y 1291.

Posteriormente y aunque no tomaron el nombre de cruzados, a partir del siglo XV, los mal llamados conquistadores, con la cruz en la mano penetraron el basto continente americano. Hoy, la mala historia llama a este acontecimiento descubrimiento de América, que no fue más que un cruel sometimiento de una raza ancestral a una esclavitud degenerada, que, desde esa fecha hasta la actualidad, se ha sentido el rigor de esa maldición.

La cruz como quiera que se le mire siempre será un homenaje a la muerte y un patrimonio a las malas decisiones y acciones. Es inconcebible que una dirigencia supuestamente espiritual, encabezada por un papa, haya sido la incubadora infernal de millones de crímenes contra la humanidad, solo por abrigar un lecho de poder político y económico.

La fe al convertirse en fanatismo conlleva a actitudes maquiavélicas que inevitablemente trastornan el cerebro de quienes lo padecen, actuando miserablemente en contra de la libertad de sus semejantes. La carnicería humana liderada por el papado de siglos pasados, ha marcado la mentalidad de la actual generación, ensangrentado la historia en torno a una martirizante cruz.

En la actualidad el sometimiento a esta alegoría sigue causando sesgos en la sociedad, aunque de manera sutil y metódica, pero al final el efecto dominador continua imperante en el alma de una multitud soñadora con un cielo irreal. El Vaticano tiene una gran deuda con la historia espiritual del hombre, que en nada difiere de los musulmanes.

La cruz de ceniza, además de representar la fe del cristianismo católico, es la esencia de un eterno sacrificio persuasivo y destructor, determinante de los grandes retrocesos sociales. Hay que entender que todo ser racional conserva por su propia naturaleza una fe adecuada a sus propias circunstancias; eso es respetable por hace parte vital de la complejidad humana. Indiscutible.

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